LOS RECURSOS ECONÓMICOS NO SON INFINITOS

Hace unos días, los medios de comunicación dieron una amplia cobertura al hecho de que la Instalación Nacional de Ignición del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore había conseguido a fusión nuclear. Según reconocidos expertos, es un avance científico no menor pero tampoco extraordinario. Debe saberse que el laboratorio del experimento está dedicado a la investigación para la fabricación de bombas atómicas y no a la producción de energía. Con todo, han conseguido que durante unas décimas de milésima de segundo se haya tenido un balance energético positivo (siempre que no se tenga en cuenta el coste de la energía para la puesta en marcha de los láseres, en cuyo caso han sido necesarios 300 MJ de electricidad para producir 3 MJ; una ruina).

No voy a dedicar el átomo a comentar las limitaciones en el resultado del experimento; ni tampoco a combatir la evidente exageración que de esto puede ser decisivo para la lucha contra el cambio climático, puesto que hacen faltan muchas décadas para que este experimento pueda suponer una producción industrial de energía (si llega a darse) y la transición energética es urgente (de hecho los deberes han de estar hechos para 2050). Voy a centrarme en analizar el ingente coste económico del experimento, con miles de millones de dólares invertidos en los últimos sesenta años y con la participación de diez mil científicos.

Mi reflexión discurre por otro sendero: los recursos económicos  dedicados a la ciencia son siempre escasos pero también limitados. Es decir, si dedicamos grandes cantidades a determinadas investigaciones, otras necesidades de los presupuestos de un país sufrirán tensiones. Y lo mismo sucederá con las inversiones privadas de las grandes compañías: lo que vaya a parar a A, se dejará de poner en B.

Lo hemos visto en los momentos más duros de la pandemia: con los hospitales desbordados, se abandonaron otras tareas y se atendió a lo urgente. Para poder tratar a los enfermos de la COVID se han postergado operaciones, han aumentado las listas de espera, se ha desmantelado la atención primaria e incluso seguimientos y tratamientos contra el cáncer se han desatendido. Es decir, vencer al COVID ha significado desviar recursos de otras luchas y muy probablemente ello ha tenido y tendrá un impacto sobre la salud global. Es un modelo de vasos comunicantes: si el líquido sube de nivel en uno de los brazos, necesariamente desciende en el otro.

Lo mismo sucede con las gigantescas inversiones para abordar la transición energética, sin saber aún cuál es el modelo y si dispondremos de suficientes materiales y a un precio asumible, para abandonar los combustibles fósiles, no solo en la generación de electricidad sino también en la combustión. Como ejemplo el gasoducto H2Med que debe transportar, por el mar,  doce millones de toneladas anuales  de hidrógeno desde Barcelona  hasta Marsella cuando ni se sabe exactamente como producir en masa este gas ni tampoco es posible disponer para 2030 la ingente cantidad de energía renovable para que el hidrógeno sea verde. Los más de 2.500 millones de euros que se van a invertir en este proyecto quizás tendrían un mayor rendimiento si se aplicaran sobre tecnologías ya probadas.

A mi entender, lo que resulta obsceno al dedicar grandes cantidades de dinero en determinados experimentos o artefactos para la transición energética no radica tanto en la pobreza de los resultados si no, sobre todo, a que estas inversiones se hacen a costa de otras menos espectaculares pero probablemente más eficaces.

Ferran Vallespinós

Doctor en Biologia i Investigador del CSIC

Alcalde de Tiana (1995’2007)

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