La isla ibérica

Cuando yo era pequeño, hace de esto muchísimos años, y estudiaba geografía en la escuela (durante  la oscura época franquista, por supuesto), aprendí que España y Portugal formaban  la llamada Península Ibérica, con un pequeño trocito que la pérfida Albión nos había robado hace muchos años y que se negaban a devolver. Desde hace unos pocos días, oigo hablar de la “isla Ibérica” y mi primera reacción es o que en la escuela me engañaron también con la geografía (como hicieron con la formación del espíritu nacional) o que el aumento del nivel del mar, a causa del cambio climático, nos ha separado del continente europeo.

Pero no es eso. Cuando se habla de que España y Portugal forman una isla, no es en términos geográficos si no energéticos. Y como que de este tema tengo una pequeña competencia, voy a intentar explicar de modo concreto de qué va nuestro aislamiento. Lo haré en términos de electricidad y gas natural.

El mundo es muy desigual, y resulta que no coinciden las zonas de producción de gas natural y las de consumo por lo que hay que transportarlo de un punto a otro mediante gasoductos. Europa, en 2020, consumió 532 Km3 de gas natural (una cifra astronómica).  ¿De dónde lo obtuvo?. Aparte de pequeñas producciones internas en el mar del Norte, fundamentalmente de dos fuentes: de Rusia y de Argelia.

Los países de Europa Central,  por razones de proximidad, son clientes de Rusia mientras España e Italia, son clientes de los argelinos  mediante tuberías submarinas. España (en realidad, las empresas gasísticas españolas pero ya nos entendemos), en los años noventa del pasado siglo, construyó una primera conexión a través del Estrecho de Gibraltar por lo que el gas argelino debía atravesar Marruecos. Dadas las malas relaciones entre estos dos países del Magreb, de modo prudente se construyeron otros dos gasoductos, directamente entre Argelia y Almería.  Y suerte que tuvimos ya que hace unos meses que ha cerrado el grifo del gasoducto que discurre por Marruecos

Puede sorprender pero España (en realidad, las empresas gasísticas españolas) ha hecho, en los últimos 30 años, una inteligente  política en cuanto al gas: una red amplia de gasoductos que distribuye el gas a todo el país (también a Portugal) y unas  plantas de regasificación de gas licuado (siete en la “Isla Ibérica”) que nos permite una tercera fuente: buques metaneros que trasportan gas licuado (principalmente de EUA) y nos independizan de los riesgos de unos tubos que pasan por países inestables. El problema está que para licuar el gas hay que someterlo a temperaturas de -160ºC y luego devolverlo a la temperatura ambiente una vez llegado a destino. Este proceso de licuación- regasificación consume mucha energía y el gas transportado por buques (aparte de la escasez operativa) es más caro pero si no hay otra solución, al menos no nos quedamos sin gas.

Por tanto, España ha duplicado la red de gasoductos con Argelia  (por si acaso) y dispone de una alta capacidad para obtener gas por vía marítima, cosa de la que sorprendentemente carecen otros países (como Alemania).  Por lo tanto, estamos en unas buenas condiciones para garantizarnos el suministro de gas, aunque por supuesto estamos al vaivén de los precios. Y también se han cometido errores, como la “Plataforma Castor”, que debía servir para almacenar este preciso gas en oquedades submarinas, frente a la costa  Castellón, para garantizar suministros en momentos extremos. Pero algo falló, se generaron terremotos y el error (con una Declaración de Impacto Ambiental positiva) solo nos ha costado a todos los españoles 1.500 millones de euros.

Pero esta magnífica red de distribución choca con los Pirineos. La conexión con Francia es a través de dos gasoductos de pequeña capacidad (por País Vasco y Navarra) y se estaba construyendo un gran gasoducto (el MIDCAT) que lleva tres años muerto en Hostalric, a unos 100 m en línea recta de la frontera. Por tanto, no hay una interconexión potente con Francia (ni con el resto de Europa) ya que la tubería no está acabada. Las razones son tres: escasa rentabilidad económica del Proyecto (con los precios de hace  cinco años), el poco o nulo interés de Francia por esta conexión (no olvidemos que en Francia la generación eléctrica es un 75% nuclear y le tiene bastante al pairo el gas) y también por posicionamientos ecologistas mal entendidos (atendidos por determinadas administraciones) que consideraron poco sostenible invertir en energías fósiles cuando todo lo confían a las  renovables.

Por lo tanto, la antigua “Península Ibérica” tiene una situación muy distinta al resto de Europa: escasísima dependencia del gas ruso, una garantía de suministro con Argelia (independientemente de sus relaciones con Marruecos) y una elevada capacidad de conseguir suministro de gas por vía marítima. Si además se tiene en cuenta que los intercambios energéticos (gas y electricidad) entre España y Francia apenas llegan a un 3% del consumo total, podemos decir que  en  España y Portugal estamos aislados del resto de Europa desde el punto de vista energético y que, por tanto, somos una “Isla Ibérica”.

Esto es lo que ha defendido el presidente Sánchez en Europa: que se reconozca esta singularidad aunque sea a costa de romper el sacrosanto mercado único. Y la primera consecuencia tendría que ser desacoplar el precio de la electricidad del precio del gas. Que el gas marque el precio de la energía puede tener sentido en Alemania pero no en España y Portugal, dónde tiene una participación pequeña.

Y por último, una paradoja. Se dice que con la compra del gas ruso, Europa está financiando la guerra contra Ucrania. Pues bien, con la compra del gas norte-americano (la mayoría procedente de cracking,  el denominado “shale gas”), estamos financiando la destrucción del planeta. Resulta que lo que el Ministerio ha prohibido en España (la prospección y extracción de hidrocarburos por cracking), lo estamos obteniendo del exterior. El planeta es único y la huella de carbono es la misma, lo hagamos en Asturias o en los Apalaches. El compromiso con la lucha contra el cambio climático debiera ser el mismo aunque sean otros quienes se encarguen de generar los impactos  “lejos de mi patio trasero”. Paradojas de la vida, que no he podido dejar de manifestar y que nos debieran hacer reflexionar.

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