EL PODER DE LA PALABRA

nuclear power plant

Toda palabra tiene un gran poder; puede ser vehículo de amor, de odio o de indiferencia. No en vano, el evangelio de San Juan empieza diciendo “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios”.  Y adjudicar nombres a las cosas parece tarea de dioses, como se lee en el versículo 1:5 del libro del Génesis: “Y llamó Dios a la luz día, y  las tinieblas llamó noche”. Hasta los nombres de las calles de un municipio se han de aprobar solemnemente en un Pleno. Y nuestro nombre propio debe inscribirse en el Registro Civil y los creyentes necesitan de todo un sacramento para recibir un nombre.

En consecuencia, cómo se llamen las cosas y las personas no es un tema baladí, aunque últimamente parece que hay una opción abierta a que cada cual se proclame  y se nombre como le parezca, tanto en el campo de la definición de género como en la política. Algunos se contentan con decir “som República” aunque todo siga indicando que son ciudadanos de un reino. Y tan contentos.

¿A qué viene toda esta larga disquisición, a caballo entre la teología y la política?. Pues por lo que parece hay quien en la Comisión Europea está decidido a dar nombre de “energía verde” tanto a las centrales nucleares como a las térmicas que consumen gas natural, basado en el hecho que ambos sistemas productores de energía eléctrica no emiten cantidades significativas de gases de efecto invernadero, causantes del cambio climático.

Para medir la importancia de un simple cambio de nombre, veamos cuál es su trascendencia. Es España, con datos de 2021, al considerar nucleares y centrales de gas como productoras de energía verde, las renovables pasarían de un 47% a casi un 90% de toda la generación eléctrica. Y en Catalunya, que hoy por hoy está lejos de cumplir con los objetivos que nos hemos autoimpuesto, con este sencillo cambio de nombre, llegaría a producir un 97% de energía formalmente renovable.

Es decir, sin ninguna inversión, sin necesidad de alterar el paisaje terrestre o marino, sin desencadenar protestas de plataformas ciudadanas opositoras a determinadas maneras de llevar a cabo la transición energética, se conseguiría  de un plumazo superar con creces los objetivos marcados para 2030 y Catalunya se situaría en el borde de cumplir los marcados para 2050. Y todo solo con considerar renovable lo que por ahora no es.

Además, al ser considerada la energía nuclear como verde, podría optar a los fondos Nex Generation EU, que representan una oportunidad para superar los estragos económicos de la pandemia vírica que estamos padeciendo. Entre varios objetivos, con estos fondos se pretende  una Europa verde, que no produzca más gases de efecto invernadero de los que nuestros ecosistemas puedan absorber de forma natural (la llamada neutralidad climática para 2050). No deja de ser paradójico que una vez decidido el cierre nuclear, se aportaran fondos para potenciar este tipo de energía.

Imaginemos que esta manera de proceder se aplicara a otros ámbitos de la sociedad. Por ejemplo, se considera que en el mundo hay 800 millones de personas por debajo del umbral de pobreza, que según el Banco Mundial se establece en unos ingresos inferiores a 3 euros/día. Si alguien decidiera que la definición de umbral de pobreza cambiara a 1 euro/día, los pobres se reducirían de golpe en unos 600 millones de personas. La modificación de la definición haría que formalmente muchos millones de personas salieran de la pobreza, pero sería absolutamente ficticio ya igual número de personas seguirían padeciendo hambre, miseria y enfermedades más allá de la etiqueta adjudicada.

Pienso que hay un gran paralelismo entre el tema de la pobreza con el de considerar energía verde a la nuclear y la generación por gas natural. Cambiar el nombre de las cosas  no basta para que las cosas cambien realmente. Es solo un espejismo, un malabarismo literario que demuestra claramente el poder de la palabra. Durante muchos años, un quilo de pan pesaba bastante menos de mil gramos. Era una ficción para esconder el encarecimiento de un producto básico durante el franquismo, pero no por llamarle “pan de quilo” satisfacía las necesidades alimentarias  como si lo fuera.

Es preocupante, en plena indefinición de la transición energética, que alguien se preocupe en alterar la calificación de un determinado tipo de energía. Si se aceptara, los países podrían cumplir con los objetivos planteados para las próximas décadas manteniendo simplemente las cosas tal como están.

Es un proceso que no parece razonable, pero que demuestra claramente el poder de la palabra. Sólo desear que la Comisión Europea no lo apruebe…

Ferran Vallespinós Riera

Dr. en Ciències biològiques, Investigador Científic del CSIC

Alcalde de Tiana (1995-2007)

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