Alegoría de una persona progre de economía media.
Este sábado iré a la playa por la mañana. Al medio día comeré pizza en una terraza a la sombra, porque ya hace calor. Por la tarde a pasear en un centro comercial donde compraré algo superfluo. Antes habré dado like a algunas frases ingeniosas en redes sociales denunciando injusticias.
También mostraré mi rechazo a guerras y genocidios. Firmaré desde el móvil alguna petición y exigiré que los israelitas dejen de matar palestinos, si es que aún queda alguno vivo. Haré constar, además, que me repugna especialmente el asesinato de niños. Todo eso, antes de viajar en avión a Tardarquistán y recorrer en crucero unas islas paradisiacas. No puedo perderme experiencias tan interesantes, sobre todo con ofertas tan atractivas.
Los like’s, denuncias y exigencias los haré desde el móvil mientras se carga la batería, porque he de estar permanentemente conectado para seguir las novedades que me manden, los que mandan, mientras me preocupo por el estado del mundo que, además, se va calentando también desde el punto de vista climático.
Los nuevos señores feudales.
La última década del siglo XX estuvo marcada por la caída del muro de Berlín y el triunfo mundial del capitalismo neoliberal. Con el inicio del nuevo milenio, en Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y sus áreas de influencia, los poderes económicos comenzaron a apoderarse del Estado, y a considerar incluso al liberalismo democrático como un obstáculo para sus intereses. En China y Rusia quizá sea el Estado quien los coordine, pero el resultado es semejante: las decisiones se subordinan a los beneficios pecuniarios.
Gestores, financieros y tecnólogos determinan la dirección de los sistemas sociales, productivos, tecnológicos y militares. La automatización electro-mecánica y digital desprecia el valor del trabajo humano, tanto físico como intelectual. Las “puertas giratorias” entre política y grandes corporaciones facilitan esa situación.
George W. Bush, tras invadir Afganistán e Irak, proclamó que Estados Unidos tenía la misión de instaurar la democracia en el planeta. Conceptos como “terrorismo” y “fundamentalismo” sirvieron de justificación ideológica para sus guerras.
Donald Trump, por su parte, prescinde de cualquier disimulo: busca más poder, dinero y territorio para los suyos, en especial para Israel, verdugo de Oriente Medio y actor central del espionaje global. Cuentan, además, con la subordinación política y servil de la mayor parte de la derecha europea —Rutte, Abascal, Ayuso, Feijoo— y latinoamericana: Miley, Bukele—.
La Unión Europea, incapaz hasta ahora de una reflexión filosófica sobre la ética de la guerra, de la economía y de la libre circulación de personas, no avanza hacia el federalismo. Permanece subordinada al complejo militar-industrial y tecnológico estadounidense bajo el pretexto de la amenaza de una improbable invasión rusa. Mientras se destinan recursos crecientes a la fabricación de armas más mortíferas, que emplean en el genocidio y la devastación de Gaza y Líbano, la usurpación en Venezuela, las amenazas y el bloqueo a Cuba y la apropiación de Groenlandia por la vía de ocuparla con bases militares.
Pero el neoliberalismo es más que guerra, privatizaciones, desregulación o recortes en el Estado social. Es una operación antropológica y cultural destinada a transformar la manera de pensar, sentir y vivir de las personas. Pretende adaptarlas por completo a la lógica del mercado, convertirlas en individuos aislados y someterlas tecnológicamente.
La ofensiva neoliberal, no se dirige únicamente contra las políticas redistributivas o el Estado de bienestar, sino contra las propias bases materiales y culturales del contrapoder democrático. Se fragmentan las empresas y centros de producción y de comercio para impedir la organización colectiva con una patronal identificable; se individualizan las relaciones laborales y se precariza el empleo con una organización del trabajo que hace prescindible a cualquier trabajador.
No solo se individualiza el trabajo: también se precariza la vida. Se destruyen espacios comunitarios, se mercantilizan las relaciones humanas y los ciudadanos pasan a competir entre sí como consumidores aislados. Relacionados por pantalla.
A quienes no quieren o no pueden adaptarse a esta dependencia sumisa se les induce a convertirse en “empresarios de sí mismos”: autónomos obligados a competir constantemente y a asumir individualmente riesgos que antes eran compartidos socialmente.
Al mismo tiempo, se ataca política y culturalmente a los sindicatos y se debilitan los espacios que sostienen vínculos comunitarios: bibliotecas, centros cívicos, ateneos vecinales, plazas públicas, mercados municipales, huertos urbanos, clubes de barrio, cooperativas, escuelas abiertas a la comunidad, cafés o asociaciones vecinales.
Se impone así una moral social según la cual la libertad individual es el valor supremo; el éxito, un mérito personal; el fracaso, una responsabilidad individual; y lo público, algo ineficiente frente a la supuesta superioridad del mercado.
Su gran victoria no es solo económica, sino cultural: fabricar individuos incapaces de reconocerse como parte de un sujeto colectivo -la clase social-con capacidad de resistencia y transformación. El objetivo es conseguir individuos aislados. Personas que interpreten sus problemas como fracasos personales y no como consecuencia del sistema económico y político. Para que en vez de revolucionarios se conviertan en depresivos.
La derecha usa la política para conservar y consolidar el poder que ya tiene. No necesita cambiar ni transformar nada porque, en sus estructuras fundamentales, ya controla la sociedad. El poder económico, mediático, financiero, las grandes corporaciones, los fondos de inversión y de pensiones que deciden qué se produce y cómo, los medios que propagan lo qué hay que pensar y decir… todo eso es suyo antes de que empiece cualquier proceso electoral. Las estructuras permanecen intactas y lo esencial no cambia. Y mientras eso ocurra, cualquier cambio que no hayan consentido podrá ser revertido sin problema por otro gobierno.
Recuperar espacios de poder.
Parecía que el neoliberalismo -y su continuidad en el tecno-feudalismo- había triunfado definitivamente al destruir el tejido social, atomizar a los individuos y reducirlos a consumidores profesionalmente frustrados. Habría conseguido liquidar las bases sobre las que se avanzó durante el siglo XX.
Sin embargo, la angustia, la precariedad y la injusticia pueden generar rebeldía. Un sistema basado exclusivamente en el máximo beneficio para una minoría, a costa de una mayoría precarizada, no puede sostenerse indefinidamente.
Existen otras formas de organizar la vida con dignidad. No hace falta inventarlas desde cero. Hay que reconocerlas, conectarlas, fortalecerlas y defenderlas. Por ejemplo: a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus posibilidades -como en la salud pública- y sustituir a los accionistas por los trabajadores en la toma de decisiones -como en las empresas cooperativas-.
La hora decisiva pueden llegar cuando millones de personas, hartos del sistema impuesto, “recurran a las guillotinas, las horcas y las antorchas” como dice John Carlin. Para entonces hará falta organización, proyecto y dirección capaces de evitar que desvíen la rebelión o la neutralicen mediante desinformación, individualismo y resignación. Urge activar a trabajadores y ciudadanos de buena voluntad -con sus dirigentes naturales- sin esperar recompensas personales inmediatas.
Para la izquierda, el poder institucional es insuficiente si antes no se han recuperado otros espacios de poder: sindicatos, cooperativas, redes vecinales, medios de comunicación y prensa propia, espacios culturales, estructuras de apoyo mutuo y experiencias de vida colectiva capaces de crear conciencia, solidaridad y autonomía frente al mercado y frente a un Estado dominado por las élites económicas.
La libertad, la democracia, los derechos humanos, la soberanía y la seguridad son valores especialmente importantes para las mayorías sociales más vulnerables. Quien logra apropiarse de ese discurso controla el sentido común. La extrema derecha ha intuido un vacío: manipula miedos reales o imaginarios y los dirige conta enemigos equivocados e indefensos.
La izquierda no puede limitarse a gestionar mejor el sistema existente: debe proponer otro modelo de sociedad. Su razón de ser consiste en movilizar las energías sociales capaces de construir mayorías transformadoras. Tienen votantes suficientes para gobernar, pero eso no basta. Falta una implicación activa de la sociedad y una identificación colectiva con un proyecto común. Para eso hay que construir experiencias concretas que anticipen un mundo distinto y permitan percibirlo como real y posible
Ese mundo alternativo existe. Pero está bastante alejado de los partidos y éstos tampoco se asientan en él y cuando lo hacen es con ánimo de control. Se precisan partidos dirigentes, no dominantes. No como la actual inteligencia artificial.
Todos los cambios profundos han necesitado una palanca de poder. Un contrapoder de naturaleza distinta al del capital. El poder que se enfrenta al que se quiere combatir no puede construirse con sus mismas herramientas ni los mismos valores. No puede ser imperativo si el otro se sostiene en el autoritarismo. No puede ser individualista si el individualismo es el instrumento de dominación. No puede basarse en la acumulación, si es lo que hay que combatir.
Ha de ser cooperativo en vez de competitivo. Comunitario en vez de individualista. Cuidar de las personas y de la vida en vez de perseguir el lucro. Democrático y no oligárquico. Construir mayorías con respeto a las minorías. Que se aprecie que el modelo dominante actual es insostenible y existe algo mejor, que otro modo de vivir es posible y que tenemos la voluntad de construirlo. Hay que transformar la sociedad para cambiar la política, al revés no funciona. Sin embargo, no hay que renunciar a la política institucional y utilizar todas las posibilidades legales.
Y conectar las experiencias porque, al reconocerse, aprenden las unas de las otras y al actuar con la conciencia de que forman un frente común, su fuerza se multiplica de forma exponencial. Hay que explicar lo que se hace, hacerlo visible y comprensible. Como parte de un horizonte, de un futuro donde se active la vida diaria de la gente corriente. Una parte de un mañana común que se forja con la experiencia cotidiana de quienes sufren el sistema actual. Y proclamar: esto que ves, funcionando, produciendo bienestar, cuidando la vida, es el mundo que podemos construir. No en un futuro lejano, ahora.
La expresión política de la energía social acumulada ha de servir para transformar las instituciones y las reglas del juego. No es preciso otro partido que se añada a los que ya hay, sino una política nueva que salga desde la base, que dote de legitimidad y de programa a las experiencias alternativas, y cree un contrapoder social para aguantar las presiones del poder asentado ahora en las instituciones
Pedro López Provencio
Em sembla molt interessant i verídica la reflexió, no em queda clar que més podem fer-hi ….