No se sorprendan por el titular, doy las claves a continuación.
Todo empezó con los primeros buscadores de internet, Terra y Google, un 18 de diciembre de 2001. Se cumplían 30 años de la experiencia traumática que marcó para siempre mi vida. No sé si fue curiosidad morbosa o la necesidad de enfrentarme con mi pasado.
Escribí tres palabras en el buscador: Genuino Navales policía. Cuál fue mi sorpresa ante el resultado de la búsqueda:
“Genuino Navales García ejerció como comisario de segunda clase y llegó a ser el segundo jefe de la 6ª Brigada Regional de Investigación Social en la Jefatura Superior de Policía de Barcelona. Estuvo a cargo de la persecución de militantes comunistas, sindicalistas clandestinos (como en la factoría SEAT). Tras la llegada de la democracia, asumió el cargo de Comisario General de Seguridad Ciudadana y fue el responsable de coordinar el dispositivo de seguridad durante la primera visita del Papa Juan Pablo II a España, así como durante el Mundial de Fútbol de ese mismo año. Después de su cese como comisario general pasó a ocupar el puesto de director general de Protección Civil, cargo que ocupó hasta su fallecimiento accidental en 1995. A los 67 años, su cuerpo fue localizado sin vida en el interior de un pozo séptico ubicado en una finca de su propiedad en la provincia de Zamora. Distinciones en democracia: la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica.”
Nunca olvidaré su cara. Me torturó durante 20 días en el centro de la topografía del terror de Barcelona, la Prefectura de Policía de Vía Layetana, sede de la Brigada Político Social en Cataluña.
Genuino Navales dirigió mi detención y los interrogatorios posteriores, torturándome directamente junto con su equipo de jóvenes cachorros de la Brigada Político Social. Apodado entre nosotros como “el manillas” por su sádica afición a apretar las esposas hasta causar un dolor insoportable. Me doblaba en edad. Mientras me torturaba me hizo saber que él “era policía profesional con Franco, que lo sería con la democracia y también cuando gobernasen los míos”. La verdad es que entonces ofuscado por el de dolor y el aislamiento no computé la trascendencia de esas palabras.
Posteriormente, revisando y reflexionando sobre los pasados traumáticos de las victimas y las motivaciones de los victimarios, puse cara al concepto de la Banalidad del Mal desarrollado por Hannha Arendt en su libro Eichmann en Jerusalem.
Para mí esa cara es la de Genuino Navales. No he podido olvidarla. Forma parte de mis pesadillas por la experiencia traumática de la tortura que me infringió. La banalidad del mal me lleva a un profesional de la tortura, buen vecino y padre fuera de horas de trabajo y seguramente redimido de sus pecados tras la confesión dominical.
Ingenuo de mí, finalmente pude constatar que su vaticinio se hizo realidad en vista de los resultados de la búsqueda que hice en internet. Fue responsable de la seguridad del primer viaje papal a España y del mundial de futbol de 1982. La visita del Papa León XIV y el mundial de 2026 me han devuelto los fantasmas del pasado.
No pretendo con esto hacer una crítica retrospectiva de una transición que hicimos a trompicones como resultado de la correlación de fuerzas nacional e internacional, a pesar de que algunos, no tantos, hicimos todo lo que pudimos por lograr la ruptura democrática con el franquismo.
Se trata de que pongamos cara a los victimarios, a los perpetradores, de sacarles de su impune anonimato, no tanto para que les juzgue la historia (ya que la justicia terrenal no lo está haciendo) si no para humanizarlos. Porque no eran monstruos sanguinarios (aunque lo fueran), si no personas que normalizaron su trabajo de torturadores como un oficio al servicio del estado, sin importarles que tipo de estado era. Fue aquel estado franquista el que deshumanizó a las víctimas, a los demócratas y todos los “istas”: sindicalistas, comunistas, anarquistas…
Cuando se abre el camino del odio al otro, al diferente, al disidente, se le deshumaniza y los profesionales obedientes ¿Podrán seguir haciendo su trabajo?
Genuino Navales, no te odio, como dijo Primo Levi eso es cosa de fascistas, pero no te perdono, porque eso es algo íntimo.
Carles Vallejo