ALERTA CON LAS ALERTAS

Estos últimos días, y debido a una sucesión de fenómenos meteorológicos extremos, he recibido varias alertas al móvil. Que si viento, que si lluvias, que si oleaje… parece una herramienta muy fácil. Los meteorólogos detectan una situación atmosférica preocupante, la comunican a quien corresponda y éste emite un aviso por el móvil que nos llega al momento, con un sonido que no pasa desapercibido. Es evidente que el procedimiento genera interesantes preguntas sobre el nivel de control que al que estamos sometidos y si tanto uso acabará como el cuento del lobo, pero hoy no voy por aquí.

Lo que no logro comprender es que si estas alertas se han emitido sin problemas (en Catalunya y Andalucía), qué pasó en Valencia en octubre de 2024, donde la amenaza no era la caída de unos árboles sino la muerte de muchas personas (al final, 229) para que se lograra emitir un aviso a tiempo. ¿Por qué se tardaron tantas horas en redactar un texto que en buena lógica debía tenerse preparado, a la espera de solo algún retoque? ¿Qué peso tuvo la desconexión de Mazón, por farra en El Ventorro, para que la alerta saliera cuando ya se habían producido 156 muertos? ¿Cómo se explica que ahora se emitan con tanta facilidad los avisos y en Valencia fue casi cuestión divina producir tan solo uno y a destiempo?

Es evidente que a partir de ya vamos a vivir fenómenos meteorológicos extremos, cada vez más frecuentes e intensos. La causa está en el cambio climático, que la ultra derecha niega, pero que la verdad es tozuda y persistente. Y ante la grave alteración del clima, sólo caben dos posibilidades: revertir las causas o adaptarnos a las consecuencias.

En relación a evitar el cambio climático vamos por muy mal camino, tanto en España como en el conjunto de la Tierra: ni reducimos las emisiones al nivel que nos comprometimos ni somos capaz de generar una transición energética, segura y justa. Es decir, mientras tengamos una grieta abierta, el depósito de agua no parará de vaciarse. Y para taponar el problema, el compromiso político y social es demasiado débil para que sea eficaz,

Si vamos a vivir irremediablemente en unas condiciones climáticas distintas, no queda otra que prepararse. El coste económico de esta adaptación es brutal: obras hidráulicas, abandono de un urbanismo equivocado en zonas inundables, adaptación de las infraestructuras (desde los diques de los puertos a los emisarios submarinos), pérdidas de jornadas de trabajo  para evitar desplazamientos en días de clima extremo, mayor inversión en personal y equipos de emergencia, limpieza de bosques, etc. No hay presupuesto que resista tanto gasto preventivo, cuando además parece que también hemos de prevenirnos ante no sé qué guerra, armándonos hasta los dientes por exigencia del negacionista del Trump.

Lo más probable es que nos toque convivir con situaciones catastróficas que se repiten una y otra vez. Una atmósfera y un océano más cálidos supone una cantidad inmensa de energía adicional que ha de descargar en forma de lluvia o de viento. Si en Valencia vuelve a caer la misma cantidad de lluvia en la misma cabecera de la cuenca, se repetirán las inundaciones: las aguas volverán a invadir las edificaciones, los coches acabarán destruidos y los campos de cultivo gravemente dañados. Lo único evitable son las víctimas mortales.

Evitar víctimas humanas pasa, en primer lugar, por una predicción del tiempo precisa y en España disponemos de un buen servicio meteorológico, con modelos de previsiones cada vez más ajustadas a la realidad. A continuación, la Administración ha de ser capaz de transmitir a tiempo y con eficacia la alerta. Y, finalmente, la sociedad ha de responder a las limitaciones y consejos, sin temerarios cruzando rieras o contemplando oleaje de cerca. Así de sencillo: aceptar la catástrofe económica (quizás con algunos paliativos) y actuar  para evitar pérdida de vidas.

¿Por qué las alertas han funcionado en Catalunya y Andalucía y por qué en Valencia se tardó más de siete horas en emitirla, después de la primera víctima mortal?

Ferran Vallespinós

Dr. en Biología e Investigador del CSIC. Escritor

Alcalde de Tiana (1995-2007)

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