El cambio —político, social, laboral y económico—ha sido un deseo constante en la historia de la humanidad. Cambiar para mejorar y, a veces, para empeorar. Todo depende de la correlación de fuerzas entre amos y esclavos, vasallos, siervos u obreros. De Espartaco a Jesús de Nazaret. Desde la Revolución francesa a la bolchevique. Del neoliberalismo a…
Durante la transición se produjo un cambio importante: dejaron de despedirnos, detener, torturar, encarcelar y matar por ejercer derechos fundamentales y libertades públicas que asumió la Constitución. Fue un logro impulsado por la movilización obrera, en y desde los centros de trabajo.
La victoria electoral del PSOE en 1982 marcó otra etapa. Con Maravall y Lluch mejoraron los sistemas educativo y sanitario. Con Serra se remodeló el estamento militar. Sin embargo, con Felipe González y sus ministros económicos, el sistema financiero, productivo, energético, tecnológico, judicial, policial y administrativo, quedó en las manos de los de siempre.
La caída del muro de Berlín en 1989 fortaleció el sistema capitalista y expandió el neoliberalismo propugnado por Reagan y Thatcher. En 1996, Aznar impulsó la involución y las privatizaciones, mientras reverdecía la corrupción. La burbuja inmobiliaria privada iniciada en 1997 estalló en 2007 y la pagamos con dinero público. Continuó el declive del movimiento obrero y se afianzaron medidas empresariales que propician la desunión y la sumisión.
La indignación social provocó la irrupción de Podemos y Ciudadanos, así como el auge del iluso movimiento independentista en Cataluña. En su origen está la gran desafección ciudadana: el franquismo sociológico que perdura, la desconfianza en el sistema que genera desigualdad y el neoliberalismo que asfixia.
Hoy el capitalismo se transforma: de productivo, bajo el enunciado de la libre competencia, a rentista y oligárquico. Precariza el empleo, impide el progreso profesional, limita la movilidad social ascendente, dificulta la prosperidad compartida e incrementa la desigualdad. Se enriquecen con el alquiler de espacios —en centros de trabajo, comerciales, en la nube o en la vivienda—, con franquicias y con el uso de sistemas informáticos y bases de datos. El 1% posee ya más riqueza que el 99% restante de la población mundial.
La desconfianza en la representación política crece. Se mantienen formalmente las elecciones y los tribunales, pero son las grandes corporaciones financieras, tecnológicas y energéticas las que ejercen el poder real. Controlan los mercados, eluden regulaciones que nos protege y toman las decisiones estratégicas en su propio beneficio. La fuerza es su principal argumento.
La crisis moral, cultural y política genera una sensación de pérdida de control sobre el propio destino personal y colectivo. La vinculación acrítica a las redes sociales sin control, sin política laboral ni social capaz de reconstruir expectativas de futuro, induce al individualismo excluyente. La mezcla de verdades y mentiras —como si la falsedad dolosa fuera libertad de expresión— devalúa las instituciones democráticas. Se desbaratan los servicios públicos para fomento de los privados. Se vislumbra incluso la tentación de un “canciller de hierro”, con mano dura para los más vulnerables, que imponga el orden que la ultraderecha contribuye a desbaratar.
La sociedad —y la propia universidad— tiene dificultades para seguir el ritmo vertiginoso y la velocidad que se imprime a los sistemas informáticos, las redes de control social, la disrupción tecnológica y la transformación del sistema productivo.
Perdemos poder adquisitivo, persiste la pobreza infantil y la vivienda se encarece, mientras las grandes empresas financieras, energéticas y tecnológicas obtienen beneficios extraordinarios sin que impuestos eficaces moderen la acumulación exorbitante de riqueza de directivos y accionistas.
No obstante, existen posibilidades. En los últimos ocho años ha aumentado el empleo en España, sin el endeudamiento que provocó la burbuja inmobiliaria, y ello ha sido compatible con un incremento del salario mínimo del 61% y con el mantenimiento del poder adquisitivo de las pensiones. Mejoran la productividad y el PIB per cápita. Se avanza en energías renovables y en digitalización. El pleno empleo se vislumbra. La posición del país en el contexto europeo y mundial es favorable.
Debemos impedir que la vigilancia, la automatización y la robótica nos cieguen. Los resultados siempre son consecuencia directa de la acción humana: las personas aseguran el funcionamiento regular de los sistemas, sea cual sea el grado de mecanización existente.
Por eso, los fines que se propongan deben ser conocidos y aceptados por los trabajadores. Solo así estarán motivados y emplearán toda su energía y su inteligencia para alcanzarlos. Lo harán en la medida en que sus aspiraciones personales y profesionales encuentren identificación y acomodo en la actividad laboral. Porque no son un simple apéndice prescindible del sistema, sino portadores de deseos, necesidades, intereses, valores, aptitudes, actitudes, que se encuentran en un medio social determinado y que buscan realizarse en el entorno laboral, familiar y social.
Sea cual sea la evolución del capitalismo y del neoliberalismo en declive, será necesario impulsar instituciones que infundan confianza, que creen las condiciones para el aprendizaje permanente y activen el compromiso social. Habrá que generar actividades laborales adecuadas a las condiciones evolutivas de los trabajadores, con garantías de permanencia, promoción y seguridad.
En estos tiempos aciagos se observa que la falta de satisfacción y de bienestar laboral adopta formas distintas según la situación de los trabajadores.
El descontento abierto, el conflicto colectivo y la huelga solo son factibles para quienes conservan una profesión y un lugar de trabajo difícilmente sustituible —como los maquinistas y las vías del ferrocarril, los jueces u otros empleados públicos, como médicos y docentes—, a veces con una insolidaria deriva corporativista.
Los trabajadores que pueden ser fácilmente sustituibles o pueden ver deslocalizado su centro de trabajo, la insatisfacción y la falta de bienestar laboral se expresa mediante el absentismo, los abandonos o traslados frecuentes y el descenso en la cantidad y calidad del trabajo. Son manifestaciones de problemas no resueltos, entre los que destacan la desconsideración profesional y la labilidad.
La precariedad, la temporalidad y la desregulación de las relaciones laborales limita el empleo de calidad, la formación de los trabajadores y el cumplimiento efectivo de la Ley y de los convenios colectivos.
Los gurús promovidos por los poderes económicos y tecnológicos, amplificados por los medios de comunicación y las redes, inducen actitudes sociales y culturales que alimentan la crispación actual. A ello se suma un preocupante entorno geopolítico, con criminales al mando.
Ante el avance de la Inteligencia artificial en manos de intereses privados codiciosos, irresponsables e insolidarios, resulta imprescindible que los sindicatos y los poderes públicos intervengan en la organización del trabajo futuro y en el diseño de los algoritmos. Deben hacerlo para que se adapte el trabajo a la evolución de las cualidades y competencias de los trabajadores y se evite la subordinación permanente a la máquina y al artilugio electrónico. Para que el trabajo que se proyecte esté subordinado a las personas y no las personas al trabajo.
Cambiar para que, a través del trabajo, podamos seguir satisfaciendo nuestras necesidades y expectativas, construyamos una vida digna y tengamos una sensación de identidad, pertenencia y propósito. Vislumbrar un futuro optimista, con conexiones e interacciones humanas que forjan la cohesión social. Para confiar en nuestras posibilidades y evitar que el puesto de trabajo nos haga sentir, física y emocionalmente, atrapados.
Pedro López Provencio