¿Y SI HICIÉRAMOS LA MILI EN LA UME?

Querido Pedro: espero que me perdones la confianza, que no es para nada, una falta de respeto. Esa confianza la tomo para proponerte un punto más en tu propuesta del gran pacto de Estado frente a la emergencia climática, que encuentro absolutamente acertada. La buena argumentación a favor de Antxon Olabe (España ante la Gran Adaptación, El Pais 20-VIII-25) incluye toda la sintomatología de la crisis climática en una península que ya ha llegado a los 1,8 grados de aumento de la temperatura respecto a la época preindustrial. No te voy a insistir en los efectos devastadores que tu tan bien conoces y sufres como presidente del gobierno: danas, incendios de última generación, sequías, graves daños en la producción primaria, disfunciones en nuestro suministro eléctrico, afectaciones a la salud, etc. Todo esto tensiona al máximo nuestros recursos técnicos y humanos, como hemos visto de manera terrible en este verano, a todas luces alarmante (no entraré en la falta de lealtad de la oposición conservadora).

Y entre nuestros recursos como estado (mas allá de los recursos autonómicos de cuerpos de bomberos, de defensa forestal y policías locales) tiene un destacado y reconocido papel la UME. Esta unidad militar de emergencias es también una de nuestras credenciales para liderar la creación de una Unidad Europea de Emergencias, tal como argumenta el profesor Alberto Bueno (Una propuesta española: hacia una Unidad Europea de Emergencias, Agenda Pública, 18-VIII-25). Seguramente habría que redimensionarla, tanto en sus disponibilidades técnicas como humanas.

Aquí te presento la propuesta: retomar la idea de un servicio militar obligatorio ligado a la UME (¿Y si volvemos a hacer la mili?, El Triangle, 16-VI-23). Se trataría de incorporar a los jóvenes en un período de seis meses, formándose y entrenándose en esta unidad. Por un lado rescataríamos algunos de los pocos factores positivos de “la mili” (yo personalmente tengo muy amargos recuerdos): el altruismo implícito en dedicar seis meses de tu vida como joven a un servicio comunitario, la salida de estos jóvenes de su zona de confort, la socialización interclasista e interterritorial. Y evidentemente, si nos coordinamos con Europa, este tiempo puede ser perfectamente deslocalizado en cualquier país. Ganaríamos un mayor contingente para tener “brigadas de despliegue rápido especializadas en incendios forestales, inundaciones, búsqueda y rescate urbano, emergencias tecnológicas o incidentes NBQR” (Aberto Bueno dixit). Tendríamos a toda la sociedad más implicada, dados los lazos familiares y de entorno que eso conlleva. Y, una vez acabada la formación y sus prácticas pertinentes, ese grupo de jóvenes (chicos y chicas, por supuesto) quedarían en reserva, con lo que al cabo de los años nos encontraríamos una parte importante de la sociedad formada en los peligros de la crisis climática (y por supuesto concienciada ecológicamente), con capacidad de acción, y preparada para colaborar en situaciones de desborde, y ya no como voluntarios “voluntariosos” como ocurrió en Valencia.

Soy consciente, presidente, que una medida como esta va ser mal recibida y mal interpretada. Pero es más necesario que nunca hacer pedagogía, poner a la ciudadania enfrente del espejo de una realidad que no permite tibiezas ni dudas, si queremos que nuestros hijos y nuestros nietos no tengan sus vidas absolutamente pendientes de un clima desbocado y de una supervivencia al límite (como advierten desde la Universidad Politécnica de Cataluña, hacia el 2050 la península abandonará su estatus de clima mediterráneo para pasar al de clima estepario).

Jesús-Àngel Prieto

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