«Europa está viviendo una fractura, y la última vez que ocurrió algo así fue en los años treinta». Philippe Sands
Nada mejor que un simposio sobre el franquismo —como el organizado recientemente por el Instituto de Historia Social Valentín Foronda, en Vitoria—, para tomar conciencia de la importancia de conocer nuestra historia y comprender lo que supuso la guerra civil. Un tema que, más que nunca, sintoniza con los tiempos actuales, donde los ardores guerreros parecen emerger de nuevo.
Se suponía que el franquismo —o las corrientes políticas derivadas de los totalitarismos de la época—, habían quedado atrás con la llegada de la democracia. Sin embargo, la realidad muestra que estos movimientos ideológicos, capaces de conducirnos al conflicto, siguen presentes en el mundo civilizado.
En nuestro país se da, además, la paradoja de que el franquismo forma parte de un relato político utilizado de manera instrumental, partidaria, cuando no frívola, para denominar al oponente político. Y es que calificar a una persona o grupo de ellas de franquista es suficiente para estigmatizarla y excluirla del diálogo político. Algunos ya no recuerdan aquella pancarta del PSUC: «Sí a la Constitució, queden derogades las lleis franquistes».
El caso es que fue esa dialéctica política, donde los antagonismos viscerales y los fanatismos sobresalían por encima de cualquier racionalidad, la que hizo inevitable nuestra guerra civil, impidiendo cualquier forma de negociación. Aunque entonces no éramos demócratas, ni la cultura democrática estaba consolidada. Y España no era una excepción.
Siempre recordaré que mi primer conocimiento sobre nuestra guerra civil fue el de una división irreconciliable entre buenos y malos, sin matices. Fue la persecución al escritor Pío Baroja, tanto por un bando como por el otro, la que me permitió comprender una realidad más compleja y plural, y no en blanco o negro como tenía. Y es que no se puede olvidar que en las trincheras de enfrente había familiares, amigos y vecinos.
Luego llegaría la lectura del manifiesto del 1 de abril de 1956, firmado por un grupo de universitarios —nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos—, en el que, por primera vez, figuraban personas de ambos lados. Entre los firmantes estaba Javier Pradera, hijo y nieto de «mártires de la Cruzada». Derribar la barrera divisoria entre vencedores y vencidos, y cerrar el abismo de odios y rencores que la había hecho posible, estaba ya presente como propósito en aquel grupo de jóvenes.
Del mismo modo, el «Nunca más» de la posguerra europea, que sirvió para pactar y acordar los grandes compromisos entre la democracia cristiana y la socialdemocracia, marcaba el objetivo de no volver a las andadas, como sucedió aquí con nuestra Transición. El «No a la guerra», años después, resurgiría con fuerza en millones de personas ante la invasión de Irak y hoy cobra sentido frente al genocidio en Gaza. El caso es no volver a hacernos daño, ese puede ser el mensaje que a una inmensa mayoría nos une.
La pregunta, claro está, es cómo darle forma política a esa determinación común, en un mundo tan complejo y polarizado como el actual, con los extremos y radicalismos en alza.
Aunque el lenguaje de amigos y enemigos que emergió con tanta fuerza en nuestra guerra civil y en la europea sigue vigente, aquellas sociedades poco o nada tienen que ver con las actuales, más ricas y diversas. Ahora todo tiene una apariencia de juego y espectáculo, pero con consecuencias igual de peligrosas. Y, detrás de todo, persisten las mismas ideas, los mismos dogmas de siempre: patria, religión o poder.
La clave de estas retóricas, como escribiría el científico del lenguaje Umberto Eco, reside en el empeño por construir y definir un enemigo, práctica habitual de las ideologías totalitarias. Sin embargo, en palabras del prestigioso historiador Timothy Snyder, «una democracia solo existe si existe un pueblo, y un pueblo solo existe cuando los individuos son conscientes unos de otros y de su necesidad de actuar mancomunadamente».
Y ahora, ¿qué hacemos o debemos hacer para evitar las situaciones límites que alimenten los peligros? Es la pregunta que muchos nos planteamos y donde las respuestas parecen escasear.
Pues bien, el momento o el mundo no está para bromas partidistas, cuando la barbarie nos apela. Sin ese espíritu de transformación de la cultura política desde el enfrentamiento no violento hacia el diálogo tolerante, sin la voluntad de acuerdo, sin la negativa a transformar al adversario en enemigo, sin la capacidad por abstraer del presente las ofensas recibidas del pasado, en forma de cárcel, de torturas o de pérdida de seres queridos, sin el estudio de la historia para no repetir los errores, las guerras siempre seguirán acechándonos.
José Ramón Martínez
Periodista