Nos han engañado: no sólo era cambio climático

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Al menos desde 1990, con el primer informe del Grupo Intergubernamental de Expertos (IPCC), nos han amenazado con un cambio climático que cada vez tiene mayores certezas. Se calienta el planeta, los fenómenos meteorológicos extremos son cada vez  más frecuentes, asciende el nivel del mar, los océanos disminuyen su capacidad de retener CO2, algunas islas del Pacífico desaparecen, etc. Un verdadero apocalipsis en el que todos (administraciones y ciudadanos) hemos reaccionado tarde y mal.

Se habla de emergencia climática, de los límites del planeta para resistir incrementos medios de temperatura superiores a 1,8ºC, que tenemos cerca en el tiempo si se cumplen los escenarios de los expertos, incluso de los más optimistas.  Y nos ponemos metas para horizontes temporales relativamente cercanos (2030 o 2050) con nuevos planes de energía y de lucha contra el cambio climático. En Catalunya ya vamos por el tercero desde 2005, a pesar de que no se ha cumplido ninguno de los anteriores. Es la clásica jugada del mal futbol: patada y pelota arriba.  ¿Qué fracasamos en nuestros planes de energía? ¡Pues hacemos otro nuevo, con otros objetivos y otros tiempos!

Y en esto estábamos entretenidos cuando a principios de 2021 nos asoló una pandemia inesperada, que no figuraba en nuestras previsiones ya que estábamos convencidos que las pestes eran cosas oscuras de la Edad Media. El impacto sobre el sistema sanitario, debilitado por los recortes de los años de crisis, fue incapaz de responder: falta de mascarillas, de equipos de protección, de respiradores, de UCIs, etc. Y la mortalidad en la primavera de aquel año fue terrible, especialmente en la población mayor, acaso víctima de una selección negativa jamás reconocida. Tuvimos que aprender a aislarnos en casa, a tele-trabajar, a no compartir navidades, a descartar los besos y abrazos, a no acudir a funerales… Fue un duro golpe, en parte superado gracias a la ciencia (si, la ciencia a la que los gobiernos son reacios a dotar adecuadamente) que consiguió “vacunas” en tiempo récord y que ha logrado inmunizar, con bastante eficacia, a una parte muy elevada de la población…de los países ricos.

Nuestra seguridad como sociedad del bienestar se tambaleó con una pandemia que se sumó a las amenazas del cambio climático, cambio que  la población percibe aún lejana y que la mayoría de los políticos sitúa sus consecuencias más allá de su horizonte temporal de persistencia (a lo sumo 4-8 años). Pero es que el cambio climático y la pandemia son dos avisos a nuestro bienestar, al que se ha sumado el tercero.

El tercer aviso lleva años anunciándose. Thomas Malthus, en el siglo XVIII, en  su libro “Ensayo sobre el principio de la población” sostuvo que la población crecía en una progresión geométrica, mientras que la producción y el suministro de alimentos tenían su menor crecimiento, sólo por una progresión aritmética; predijo que este diferencial  generaría pobreza a gran escala. Por su parte, el Club de Roma, en su informe ”Los límites del crecimiento” (publicado en 1972) concluyó que si  el incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantiene sin variación, alcanzará los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años.

El caso más evidente en relación al agotamiento de los recursos es el acierto de la predicción de Kings Hubbert (en 1956) de  que la producción de petróleo de una reserva experimenta una evolución descrita por una campana de Gauss, alcanzando su máximo cuando la mitad del petróleo ha sido extraído y a continuación va decayendo.  Según los expertos, este punto a nivel global se alcanzó hace ya unos años.

La causa del cambio climático está en el uso masivo de los combustibles fósiles. Se ha decidido su abandono paulatino y su sustitución por energías renovables. Esta transición, absolutamente necesaria, no es económicamente inocua. Las compañías petroleras, que ven cercano el fin de su negocio, han desinvertido en la búsqueda de nuevos yacimientos (en EUA la reducción ha sido a más de la mitad). Por tanto, se ha acentuado el “peak” tanto de petróleo a nivel mundial como de gas en Europa (Rusia y Argelia han alcanzado, por ahora,  el pico en sus producciones). En esto reside la verdadera causa del aumento descomunal en el precio del gas, bastante anterior a que Putin declarara la guerra. La situación de Ucrania lo empeora todo pero no el principal desencadenante.

Ocupamos un  planeta que pone límites al crecimiento: los recursos naturales no renovables, la tierra cultivable  y la capacidad del ecosistema para absorber la contaminación que generamos son finitos.  Las dinámicas se crecimiento continuado (en términos de población y producto per cápita) no son sostenibles y probablemente estemos muy cerca del límites absoluto de crecimiento en la Tierra previsto hace cincuenta años en el informe del Club de Roma. Es imposible un crecimiento infinito en un entorno finito, aunque sea base de energía verde.

Nos habían dicho que nos amenazaba un cambio climático. Se quedaron cortos: probablemente sea muchísimo más, que sea también un cambio de civilización ligado al climático,  que requiera un decrecimiento que nadie sabe cómo se articula.  En todo caso, el plan de diez puntos que propone la Agencia Internacional de la Energía (domingos sin coches, acceso alternativo a las grandes ciudades, evitar los viajes aéreos, trabajo desde casa tres días a la semana, aumentar el y uso compartido del automóvil,  abaratar el transporte público, etc) así como otras medidas que se han planteado (rebajar la temperatura de confort en los hogares o reducir el consumo de carne en nuestra dieta) nos abocan a unos nuevos estándares de vida, profundamente distintos  a los que habíamos vivido alegremente instalados hasta la crisis de 2008.

Y no soy un catastrofista. Intento ser tan solo un observador informado de la realidad.

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