Salir de la burbuja

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Mucha gente tiene la sensación de que cada vez más se están perdiendo otrora pilares de la sociedad como son el debate, la sana discusión con quien piensa distinto y el intercambio de opiniones sustentadas en hechos. Pero este es un proceso que nos encontramos repetido a lo largo de la historia una y otra vez: épocas o momentos de discusión, debate y enfrentamiento de posturas que acaban volviéndose meros intercambios de posiciones en los que no se pretende convencer a quien piensa distinto, sino convencer todavía más a quien piensa de igual forma.

Este proceso de pérdida de debate y consensos parece ser inherente a toda organización que se alargue en el tiempo (véase casos tan dispares como las repúblicas clásicas o las renacentistas italianas, la Unión Soviética u organizaciones políticas e institucionales actuales) en las que vemos este proceso de devaluación del debate, la búsqueda del consenso y el aprendizaje mediante la contraposición de diversas posturas. Son innumerables los procesos constituyentes como el que vemos actualmente en Chile para la formulación de una nueva constitución de consenso y ampliamente debatida que terminan en choques frontales de trenes al cabo de un tiempo. Esto no nos tiene que desalentar de realizar proyectos semejantes, sino reafirmarnos en la defensa de estos a lo largo del tiempo y no meramente en su fase inicial, escapando de la comodidad de mantener una opinión sin someterla a debate alguno. Un debate permanente, por poner un símil al concepto de revolución permanente de Trotsky, que combata este proceso de decaimiento de todo debate y ponga fin a la mera exposición de diversos puntos de vista enfrentados que sólo buscan reafirmarse en su posición atacando al contrario, más que convencer mediante argumentos y comprensión de la opinión contraria.

El debate es uno de los conceptos más democráticos que hay, y una sociedad no puede considerarse plenamente democrática si realiza únicamente votaciones obviando este concepto que es y debería ser intrínseco a la democracia. El debate debe sustentarse en el respeto, intentando comprender de dónde sale la motivación de la otra parte para tener la opinión que tiene, sin la necesidad de acabar compartiendo esta motivación y su argumento, pero esto tampoco debe asustar. No hay ningún problema en cambiar de opinión siempre que este proceso se argumente ni en expresar que uno ha cambiado de opinión, cosa que parece espantar a la mayor parte no solo de representantes políticos, sino de personas. Una persona no es menos por cambiar de opinión, sino que podríamos decir que es más persona, ya que está realizando un proceso de aprendizaje constante, uno de los procesos más necesarios y loables a nivel social e individual.

Este proceso también ayuda a salir de una burbuja ideológica. Es decir, evita envolvernos del mismo pensamiento a nuestro alrededor que nos lleva a pensar que una opinión es un hecho por el simple hecho de que toda persona a nuestro alrededor piensa igual y que se estanquen las ideas al no haber contraposición ni debate. Por lo tanto, se acaba viendo como algo normal o natural una opinión sin importar si es correcta o adecuada, sobreestimando el alcance que realmente tiene este ideal y empobreciendo no solo el debate general, si no la propia idea, ya que si se ve esa posición como algo natural y no se ve o no se tienen en cuenta otras, no es necesario reforzarla o seguir trabajando en ella.

Ahora bien, no es suficiente con tener la voluntad de realizar este proceso constante de debate de ideas e ideales, sino que se ha de dotar de las herramientas necesarias para su realización. ¿Cuáles son estas herramientas? Eso queda a debate (valga la redundancia), pero lo que sí está claro es la necesidad de un exhaustivo proceso de democratización de las distintas capas de la sociedad y organizaciones que no se base en simples votaciones sin debate. Así se conseguirá una sociedad que tenga más en cuenta las distintas opiniones, visiones y perfiles que la componen, aprenda constantemente y acabe formulando soluciones verdaderamente democráticas, consensuadas, más aceptadas socialmente, efectivas y eficientes. Por una democratización radical de, por y para la sociedad.

David Fernández Cerezales

@RedHiawatha

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