Lucy Stone

“’Nosotros, el pueblo de los Estados Unidos’. ¿Qué ‘Nosotros, el pueblo’? Las mujeres no estaban incluidas”.

Es muy difícil en ocasiones aceptar tu entorno, darte cuenta que, aunque seas inteligente y capaz, hay un hecho biológico que te convierte en inferior a los ojos de la sociedad: ser mujer. Es en este luchar y conseguir porque la mujer llegue a un estatus “normal de ciudadana” con toda su plenitud, en el que encontramos a Lucy, y así nos lo expresa: “en la educación, en el matrimonio, en la religión, en todo, la decepción está reservada a las mujeres. Tarea de mi vida será ahondar en esta decepción dentro del corazón de cada mujer hasta que ya no se postre”.

Lucy Stone fue una mujer peculiar y destacada, sufragista y abolicionista, pero también la primera mujer en Massachusetts en conseguir un título universitario, una mujer que desafió, y escandalizó, a la sociedad de su época, ya que fue la primera que se negó a cambiar su apellido por el del marido.  Sin lugar a dudas, una mujer excepcional y única.  Perteneciente a una saga de mujeres y hombres destacados.

Su vida se desarrollo entre 1818 y 1893, un momento fundamental en la historia americana, un país nuevo que nace, con vicios del viejo continente, pero también con vicios y prejuicios propios.  Sus padres eran Francis y Hannah Matthews Stone, y era una familia que había llegado el año 1635 huyendo de las persecuciones religiosas, sus antepasados habían participado en la Revolución Americana, y por su matrimonio se vinculó a otra familia que también participó mucho en la creación del país.  Del matrimonio de Francis y Hanna nacieron nueve hijos, ella era la octava. De todos los hijos ella era la que más destacaba.

El padre de Lucy bebía mucho, y el dinero era escaso. La familia vivía de la tierra, pero no llegaba el dinero, los chicos pescaban y cazaban para ayudar a la economía; las chicas tejían, hacían conservas, y otros trabajos para ayudar.  A pesar de todo ello el dinero no era suficiente, y su madre, Hannah, se tenía que espabilar para tirar adelante, sisarle dinero al marido con artimañas, o incluso pedir a su familia para tirar adelante.  Lucy creció con este espíritu de una madre para todo y capaz de salir adelante en las situaciones más complejas.

Le costó poder acceder a los estudios, y finalmente lo pudo hacer en 1839 después de ahorrar suficiente para poder pagárselo, no obstante, una enfermedad inesperada de una hermana la forzó a abandonarlos.  Finalmente, en 1843, comenzó al asistir a Oberlin College en Ohio, la primera universidad que permitió que hombres y mujeres estudiaran juntos, era una escuela progresista, pero no tanto, ya que siendo la mejor de la escuela no pudo leer el discurso de graduación, le ofrecieron que lo escribiera y lo leyera otro en su nombre, curioso honor que rechazó.  El mundo y la sociedad le enseñaron nuevamente que no valía ser la mejor, ya que era mujer, y por ello inferior sin remedio.

Como explicó más tarde la hija de Lucy, Alice Stone Blackwell: “con los bajos salarios que se pagaban a las mujeres, Lucy tardó nueve años en ahorrar el dinero suficiente para ingresar a la universidad. No hubo dificultad en la elección de un alma mater. Solo había una universidad que admitía mujeres “

Al final, con casi treinta años, acabó su formación, pero nuevamente como mujer no se le presentaba un futuro profesional fácil. En un momento determinado el abolicionista William Lloyd Garrison la contrató para su American Anti-Slavery Society.  Este hecho le abrió las puertas, escribió y pronunció discursos en favor del abolicionismo, y también a favor del derecho a voto de las mujeres. Cuando se le preguntó cómo se atrevía a hablar de los derechos de la mujer en una reunión contra la esclavitud, respondió: “yo era mujer antes de ser abolicionista”.

Los acontecimientos se precipitan, y aunque no llegó a formar parte de Convención de los Derechos de la Mujer de Seneca Falls en 1848, este acontecimiento fue crucial para que, en 1950, y le permitió organizar la primera Convención Nacional de los Derechos de la Mujer en Worcester, Massachusetts, aquí expuso un discurso memorable y llegó a la prensa internacional y fue el inicio de una serie de conferencia que, durante cinco años, la llevó a recorrer Estados Unidos y Canadá.  En palabras de su hija Alice, “sus aventuras durante los próximos años llenarían un volumen. No se formó ninguna asociación de sufragio hasta mucho después de este tiempo. No tuvo cooperación ni respaldo, y comenzó absolutamente sola”.

Las convenciones anuales continuaron, y ella su asistencia fue fiel a las mismas, llegando a presidirla en su séptima edición. Estas reuniones le permitieron conocer a personas que serán fundamentales en su vida como Henry Blackwell, con el que se acabará casando, y hermano de Elisabeth y Emily Blackwell, a las que conocía hace tiempo.

Fue un matrimonio especial para su tiempo, partía de un principio que incluso hoy no siempre se aplica, el principio de igualdad, un matrimonio igualitario.  Pero lo más destacable del matrimonio fue que cuando se hicieron públicos en 1855 los votos en los mismos se omitió toda referencia a la obediencia debida de la esposa a su marido, lo cual supuso que una serie de protestas y reclamaciones. En sus propias palabras, “creemos que la independencia personal y la igualdad de derechos humanos nunca pueden perderse, excepto en caso de delito; que el matrimonio debe ser una pareja igualitaria y permanente, y así reconocido por la ley; que hasta que sea reconocido, los cónyuges deben prever contra la injusticia radical de las leyes actuales, por todos los medios a su alcance … “, y remarcó, “una esposa no debe tomar el nombre de su esposo más de lo que él debe tomar el de ella. Mi nombre es mi identidad y no debe perderse”.

Pero Lucy tenía las ideas muy claras y nada ni nadie la pararía, no solamente se negó a jurarle obediencia a su marido, sino que mantuvo su apellido de soltera después del matrimonio. A partir de entonces, otras mujeres que mantuvieron sus nombres fueron denominadas “Lucy Stoners”.

De esta unión nacieron dos hijos, aunque uno de ellos falleció; no obstante, su hija Alice Stone Blackwell continuó el trabajo de sus padres, siendo una destacable feminista y abolicionista.

En 1858 realizó otra acción que marcó otro hito en la lucha por los derechos de las mujeres, se negó a pagar impuestos bajo el lema “no impuestos sin representación”.  La reacción del estado fue castigarla con la incautación y venta de los enseres domésticos de los Stones.

Continuó activa durante la Guerra Civil al lado de la Unión y luchando contra la esclavitud, al terminar la misma era presidenta de la Asociación de Sufragio de Mujeres de Nueva Jersey, y a la vez formaba parte del comité ejecutivo de Americal Equal Asociación de Derechos.

Cuando terminó la guerra, el Congreso aprobó la Decimocuarta Enmienda, ésta garantizaba la igualdad ante la ley de los ex esclavos varones.  Este hecho, mencionar solamente a los varones, supusieron un golpe bajo en el movimiento sufragista, suponiendo diferencias dentro de dicho movimiento.  Al final de la tercera convención anual de la Asociación Estadounidense por la Igualdad de Derechos, el movimiento unitario sufragista estaba tocado, y Lucy Stone fundó la Asociación Estadounidense por el Sufragio Femenino y comenzaron a publicar el Woman’s Journal desde sus oficinas en 5 Park Street con Mary Rice Livermore como primera editora. En 1879, Stone se registró para votar en Massachusetts, ya que el estado permitió el sufragio femenino en algunas elecciones locales, pero fue eliminada de las listas porque no usó el apellido de su esposo. No fue hasta 20 años después, gracias a Alice Stone Blackwell, que las dos partes se unieron como la Asociación Nacional de Sufragio de la Mujer Estadounidense.

Fue la primera persona en Massachusetts en ser incinerada, pero, como en muchas ocasiones sus deseos no fueron respetados, y el cementerio de Forest Hills, donde fue enterrada, escribieron el apellido “Blackwell” en la lápida.

Lucy Stone marcó la diferencia desde el principio, no siempre consiguió todo lo que quiso, pero si que en cierto modo hizo lo que quiso, aunque muchos intentaron evitarlo. Siendo consciente de que su formación era superior a muchos hombres, que sus capacidades eran mayores, pero su destino estaba marcado por un hecho biológico del que no renegaba.

Unió su vida al destino de las mujeres, y de las mujeres esclavas, buscando su reconocimiento como ciudadanas plenas.  Pasará tiempo para que todos sus sueños se cumplan realmente, su hija tomó el testigo de sus padres, y continuó incansable su labor.

Lucy Stone puede que fuera una soñadora, una soñadora con los ojos abiertos, pero ella tenía muy claro lo que quería “hacer el mundo mejor”, y sin duda hay un antes y un después, un antes y después de Lucy Stone.

Marisa Escuer

Professora de la UOC i Docent de Secundària

@marisaescuer

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