Hay personajes políticos que nunca llegan a ser presidentes y, sin embargo, terminan formando parte inseparable de una presidencia. No ocupan necesariamente el centro del escenario, pero están siempre demasiado cerca de quien lo ocupa. Son hermanos, esposas, secretarios, jefes de inteligencia, ministros o consejeros cuya verdadera función resulta difícil de explicar en un organigrama.
Podríamos llamarlos, con todas las precauciones históricas, los Rasputines del poder. Giuliano da Empoli ha explorado literariamente algo parecido en El mago del Kremlin: esos personajes que no necesitan ocupar formalmente la cúspide porque su poder procede de interpretar el mundo para quien manda.
Personajes actuales como Stephen Miller alrededor de Trump o Miguel Ángel Rodríguez junto a Isabel Díaz Ayuso responden, con enormes diferencias entre ellos, a esa figura híbrida de estratega, confidente, guardián y asesor áulico. Otros añaden incluso componentes esotéricos.
La creciente importancia de Karina Milei en el gobierno de su hermano Javier invita a recordar este fenómeno. Secretaria general de la Presidencia y llamada significativamente “El Jefe” por el propio presidente, su peso supera el habitual papel de un familiar de confianza. Interviene en la construcción del partido, los nombramientos y la articulación política del mileísmo. Sus antecedentes vinculados al tarot añaden, además, ese componente esotérico que tantas veces ha acompañado históricamente a las cortes del poder.
Naturalmente, comparar no significa equiparar. Karina Milei no es Beria ni Montesinos. Lo interesante es preguntarse por qué sistemas políticos completamente diferentes producen una y otra vez esa peculiar figura situada junto al líder.
Stalin tuvo a Lavrenti Beria, aunque este era mucho más que un confidente: llegó a controlar buena parte del formidable aparato represivo soviético. Argentina produjo un ejemplar particularmente pintoresco y siniestro, José López Rega: policía, secretario privado, ministro, aficionado al ocultismo y finalmente uno de los personajes más poderosos del gobierno de Isabel Perón, ligado además a la violencia de la Triple A.
Alberto Fujimori encontró en Vladimiro Montesinos una versión más moderna. Ya no hacía falta astrología: bastaban los servicios de inteligencia, dinero, vídeos y expedientes. Montesinos construyó una estructura que penetraba la política, las fuerzas armadas y los medios de comunicación. Rosario Murillo representa otra variante: el poder inicialmente informal de la esposa de Daniel Ortega fue institucionalizándose hasta convertirse en poder formal.
Los casos son muy diferentes, pero comparten algo. El Rasputín político aparece allí donde la confianza personal comienza a sustituir a la confianza institucional.
Un presidente dispone de ministros, funcionarios, asesores, parlamento, partido y mecanismos de control. Todos tienen un inconveniente: contradicen, negocian, retrasan, preguntan y algunas veces dicen que no. El Rasputín, normalmente, no.
Y aquí aparece su función más importante. El poder personalista necesita un entorno que confirme la interpretación que el líder hace del mundo. Sus integrantes seleccionan información, identifican enemigos, convierten sospechas en certezas y explican las resistencias como conspiraciones. Cuando el gobernante desarrolla tendencias paranoicas, ese círculo puede actuar como cámara de resonancia: el líder sospecha, su entorno confirma sus sospechas y esa confirmación refuerza todavía más su convicción de estar rodeado de adversarios.
El Rasputín no necesita inventar la paranoia del líder. Le basta con alimentarla, ordenarla y proporcionarle enemigos.
Su principal capital tampoco consiste necesariamente en saber más que los demás. Posee algo mucho más escaso en los sistemas altamente personalizados: acceso ilimitado al líder y confianza ilimitada del líder. Pero esa privilegiada posición contiene una paradoja: cuanto más cerca se encuentra del poder, más fácilmente puede ser sacrificado para protegerlo.
Cumple así dos funciones sucesivas. Primero es pararrayos: recibe ataques, críticas y responsabilidades evitando que alcancen directamente al gobernante. Después, si las cosas se complican, puede convertirse en fusible. Se le aparta, se le responsabiliza de los excesos y el sistema puede continuar proclamando que el líder simplemente estuvo mal aconsejado.
El zar era bueno; el problema era Rasputín. El gobernante permanece y los pecados se depositan sobre quien estaba a su lado. También en las democracias personalizadas veremos cómo asesores, jefes de gabinete y colaboradores pueden terminar pagando la factura política de decisiones que difícilmente habrían podido adoptar sin el consentimiento de quien gobernaba.
Pero esta explicación tiene un inconveniente: los Rasputines no llegan al palacio por generación espontánea. Alguien les abre la puerta y, sobre todo, alguien decide no cerrársela.
Por eso quizá deberíamos mirar menos al personaje oscuro que susurra al oído del gobernante y más al sistema político que permite su existencia. Los Rasputines proliferan cuando disminuyen los contrapesos, los partidos se convierten en extensiones de una persona, la lealtad pesa más que la competencia y las relaciones personales sustituyen los procedimientos institucionales.
No son necesariamente quienes crean el problema. Son amplificadores de un poder que empieza a desconfiar de todo aquello que no controla y, al mismo tiempo, piezas sacrificables cuando ese poder necesita protegerse.
Cambian los nombres, los países y las extravagancias. Unos consultaban espíritus, otros controlaban policías secretas, otros coleccionaban vídeos comprometedores y algunos simplemente administran la puerta que conduce al despacho presidencial.
La tecnología cambia. La corte, bastante menos.
Héctor Santcovsky