Barcelona, el paisaje de los sentimientos

Qué mejor para empezar estas crónicas catalanas que la canción de Peret que se hizo famosa en los Juegos Olímpicos del 92: Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder. Un gitano cantando flamenco y en castellano. ¡El mundo al revés!, dirían algunos. Sin embargo, no debe olvidarse que en aquel mismo escenario estaba Montserrat Caballé, una de las más grandes cantantes líricas catalanas del siglo XX.

Para un servidor, esta es la gran seducción catalana y, también, la gran suerte y riqueza de Catalunya.

Volviendo al presente, esta Barcelona no deja de sorprenderme. Desde la primera vez que la pisé, con dieciséis años, camino del monasterio de Montserrat, hasta muchos años después, cuando regresé para hacer las prácticas en el diario El País. Esta ciudad tiene duende y deja huella. Y, como diría Àngels Barceló, «uno es de donde están sus miedos, sus esperanzas, sus complicidades, su gente, su vida de mil maneras».

Ahora vuelvo de nuevo a Barcelona, aunque, en realidad, nunca me he ido, ni me iré. El motivo es la cita que tengo con la escritora Milena Busquets. Milena es hija de Esther Tusquets, una institución de las letras catalanas, una voz de esa Catalunya de la que todos formamos parte. Y es que yo siempre digo que somos lo que leemos y, en este sentido, lo que leemos se fabrica en Cat, con sus editores, traductores y escritores.

Incluso podría decirse que una parte del ADN cultural de los españoles se ha construido en tierras catalanas.

Antes de nada, debo confesarles que, cuando vi que la reunión con Milena tendría lugar en el carrer Melilla, lo percibí como una premonición, una señal de alerta, de cambios, tan propios de los tiempos que vivimos y que ahora les explicaré. El caso es que sentí un momento de entusiasmo. Venía, además, de leer casi todas las biografías de la contracultura catalana y de la llamada gauche divine, y estaba imbuido de un tiempo y una época que para muchos fue una forma de vida.

Para situarnos: Melilla no es para mí una ciudad cualquiera. Es una ciudad frente a la mía, Almería; entre ambas, el mar, casi podemos vernos los habitantes de uno y otro lado. Melilla representa la conexión del Mediterráneo con el sur: un espacio de vecindad, de almas parecidas, una geografía fronteriza y de paso; muy similar, en cierto modo, a la de Catalunya. Un territorio multilinguistico y multicultural, de bereberes, sefardíes y españoles.

Por otro lado, el carrer Melilla en Barcelona se encuentra en la parte norte de la ciudad. La zona de los ricos, se dice, asociada a la tan nombrada e histórica burguesía catalana. Al principio pensé que lo lógico habría sido que estuviera en la Barceloneta, el barrio humilde de pescadores.

Sin embargo, el libro de Esther Tusquets, Habíamos ganado la guerra, me recordó quién mandaba entonces en la ciudad. Su lectura me evocó también el libro de Julio Caro  Los Baroja y aquella España guerracivilista de unos y de otros. Tusquets crea una atmósfera política que se plasmaría con claridad en el manifiesto de «los hijos de los vencedores y los vencidos», impulsado por Javier Pradera, ya en pleno franquismo.

Por fin, un «nosotros» donde estábamos todos.

Pues bien, aquí estoy, en Barcelona, donde creo empezar otra nueva aventura, de las muchas que he tenido en estas tierras, donde —todo hay que decirlo— me lo he pasado a lo grande y he sido la persona más feliz del mundo.

En el carrer Melilla me esperaba Milena Busquets, con su amplia sonrisa y su enorme carcajada. Milena transmite una fuerza y una personalidad que, de alguna manera, nos conecta con el espíritu de esta ciudad: la ciudad de los libros, la ciudad que siempre ha atraído a quienes buscan aires de libertad, tolerancia y oportunidades.

Aunque hoy no sean tiempos de idealismos, ni la atmósfera política sea muy agradable, como pasa en tantos lugares de aquí y de allá.

J.Ramón Martínez

Periodista

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