La economía, con un Gobierno progresista, dicen que va bien. Aumenta la electricidad procedente de energías renovables. Ya hay 22 millones de personas empleadas. Crece la contratación laboral indefinida, pero también la precariedad laboral. Mejora el salario mínimo interprofesional, aunque disminuye el poder adquisitivo de los trabajadores, lastrado por la vivienda, los precios, la estanflación.
A pesar de los avances en la reforma laboral, el escudo social y la equiparación de género, la desigualdad se incrementa. Los más ricos son cada vez más ricos, y los más pobres no salen del pozo, ni siquiera cuando consiguen empleo. El sistema laboral resulta tan insatisfactorio que el absentismo y la rescisión de contratos se convierten en válvulas de escape. La guerra favorece la recesión.
Los beneficios de bancos y de empresas financieras, energéticas y tecnológicas siguen siendo extraordinarios. Aumentan gracias a las plusvalías, a la subida de los precios de préstamos e hipotecas, al alquiler de viviendas y otros inmuebles, a los servicios en la nube, los datos, las franquicias y los bienes de consumo, así como al petróleo, el gas, los fertilizantes y las materias primas. La bolsa fluctúa con su ritmo especulativo. La guerra intensifica el expolio.
La ampliación de propiedades y el aumento de beneficios en la cuenta de resultados son objetivos vitales del capitalismo anónimo, ya sean particulares o fondos de inversión y de pensiones privadas. Los problemas que ocasionan los acaparadores para la ciudadanía en general, y a los trabajadores en particular, se agravan cuando esos capitalistas acceden directamente al poder político, sin intermediarios sociales que limiten su voracidad ni moderen su codicia.
Desaparece el disimulo —perseguir el beneficio privado para lograr el bien común— que ahora se lo traen al pairo, igual que la legalidad nacional e internacional, de la que prescinden con impunidad. Por desgracia, no se atisba un proyecto capaz de frenar su avance en la lucha de clases, debilitada por inanidad de quienes debieran sostenerla.
En un reciente artículo sobre el control de la jornada laboral, el compañero Coscu concluía: «No hay nada que erosione más la confianza de la ciudadanía en las instituciones que las personas tenga la convicción, fruto de sus traumáticas experiencias, que las leyes se aprueban, pero no se cumplen y no se hace nada para hacerlas cumplir».
Tiene razón. Esa desconfianza viene de lejos, y la de los trabajadores, de más lejos aún, especialmente cuando la correlación de fuerzas, sin una resultante progresista, facilita que los depredadores mercantiles campen a sus anchas. Pueden ignorar la legalidad y los acuerdos cuando la dirección sindical, la organización, la participación, la unión y la movilización de los trabajadores se debilita en el centro de trabajo. La llamada organización científica del trabajo contribuye, además, a restringir el conflicto.
La acción sindical actual es muy distinta de la de los años setenta. Hoy, en este país, no suelen despedir, detener, torturar, encarcelar y matar por ejercer el sindicalismo. Cuando el miedo a la dictadura disminuyó se empezó a vivir mucho mejor con sindicatos libres. Pero falta unidad y flaquean la solidaridad, la cohesión y la participación que deberían impulsarse en los centros de trabajo. ¿Vuelve otra vez el miedo? Entonces, la CNS, el sindicato de la dictadura, era un aparato burocrático contrario a los intereses de los trabajadores, pero los problemas laborales que nos acuciaban se debatían colectivamente, y se formaban comisiones obreras para negociar con un patrón que era identificable.
La disrupción tecnológica —la inteligencia artificial generativa, la automatización y la robótica— introduce cambios y turbulencias que transforman el trabajo, afectan a toda la sociedad y destruyen empleo. No se vislumbra, en esta ocasión, una creación significativa de nuevos puestos con mejores competencias. Los nuevos empleos son de una simplicidad alarmante, y los que requieren cualificación pueden volverse rápidamente obsoletos o ampliar la brecha territorial y de género.
Es necesaria una transición que respete el planeta, contribuya a frenar el cambio climático, aborde el desempleo juvenil y atienda al envejecimiento de la población. El enfrentamiento inducido no pretende arrebatar la pensión pública de jubilación actual, sino impedir que los jóvenes la tengan en el futuro. Es cambio de foco, como con la inmigración.
Nuestra subsistencia se ha basado en el trabajo, que nos ha permitido satisfacer necesidades, evitar la pobreza y construir una vida digna. El oficio y la profesión han proporcionado identidad, pertenencia y propósito; han ampliado horizontes y permitido imaginar un futuro optimista. Las relaciones que se forjan en el trabajo han sido clave para la cohesión social. La organización del trabajo y de los mercados laborales determina el grado de igualdad de la sociedad.
Desde principios del siglo pasado, la segmentación del trabajo ha avanzado, incluso en funciones técnicas muy cualificadas. Queda lejos lo pactado en el artículo 45 del VIII convenio de la SEAT en 1978. Se continúa individualizando y desprofesionalizando a los trabajadores, con tareas fragmentadas y simplificadas hasta el absurdo, en un proceso acelerado de sustitución del trabajo humano —manual e intelectual— ahora reforzado por la inteligencia artificial generativa. Sustituir trabajadores resulta cada vez más fácil. Incluso en ámbitos como la composición musical, la pintura y la escritura empezamos a ser considerados prescindibles.
El ninguneo alcanza el punto de que el salario ya no depende de los conocimientos y experiencia, sino del valor que asignan al puesto de trabajo. Otra parte del salario evoluciona con el paso del tiempo: la antigüedad. Lo que facilita por una parte el despido y, a la vez, dificulta el cambio voluntario de empresa.
Se exigen esfuerzos equivalentes a caminar unos 35 Km en cada jornada de 8 horas para alcanzar la actividad considerada normal, o de 45 Km para la óptima, que suele ser la exigida. Esto erosiona la confianza y hace que los trabajadores se sientan física y emocionalmente atrapados, sin posibilidades reales de promoción por méritos propios.
Los grandes centros de trabajo se ubican lejos de las ciudades. Plazos de amortización muy reducidos que actúan como mecanismo disuasorio frente al conflicto o la disconformidad, bajo la amenaza de deslocalización y pérdida de empleos. Se desvincula a los trabajadores de su entorno social, cuyo arraigo —memoria, territorio y oficio— es tratado como residuos del pasado, sin proyecto de futuro.
La diferencia entre comunidad de vida y contrato de trabajo es la misma que entre pueblo y mercado. La comunidad comparte recuerdos, duelo, destino y existe con las personas. El mercado es un conjunto de reglas que posibilitan el intercambio para desaparecer cuando deja de ser útil.
El control de los trabajadores se ejerce mediante tabletas electrónicas y cámaras de vigilancia de última generación, con una dureza que recuerda a un campo de concentración. El sistema domina la vida laboral y reduce la libertad humana en un entorno artificial que subordina la persona a la máquina.
En un mismo centro de trabajo, industrial o comercial, dividen a los trabajadores en grupos vinculados a distintas empresas, lo que impide la interrelación y la acción sindical conjunta. Se les denigra mediante impagos de horas extraordinarias o ampliaciones encubiertas de jornadas reducidas, y se eluden los contratos indefinidos con los periodos de prueba y previsiones de indemnización para despido improcedente.
La autonomía creciente de los artilugios técnicos, dotados de inteligencia artificial generativa, les hace perder su función original como herramientas para mejorar el trabajo y la supervivencia. Se convierten en fines en sí mismos, dominan la vida moderna y reducen la libertad humana. Se desplazan elementos esenciales como la duda, el juicio crítico o la reflexión moral, sustituidos por la acción unidireccional y la inercia tecnificada.
Si esta dinámica mecanicista, que conlleva la disrupción tecnológica actual, se establece como motor de la sociedad, de la política y de la milicia, acabará dirigiendo nuestras vidas, absorbiendo las decisiones humanas y remplazando los elementos culturales y sociales que sostienen la convivencia. La preocupación por los hijos puede ser sustituida primero por vínculos artificiales, y no está lejos el momento en que robots simulen satisfacer deseos seleccionados en catálogos digitales.
Y cuando creemos actuar libremente, cuando pensamos que elegimos con autonomía, quizá no hacemos más que obedecer instrucciones invisibles de una propaganda subliminal constante. Conviene prestar atención a lo que se acuerda en los convenios colectivos que, en ocasiones, invita al desaliento. Es necesario impulsar la reflexión colectiva, la dirección, la organización y la acción coordinada de los trabajadores y demás personas de buena voluntad, más en los centros de trabajo que en la calle.
Pedro López Provencio