La guerra de gobiernos de desalmados

«No sé con qué armas se librará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta se librará con palos y piedras». La advertencia de Albert Einstein no ha perdido vigencia; más bien al contrario. Hoy resuena con inquietante actualidad mientras el mundo observa, casi impasible, cómo crecen los conflictos y se normaliza la violencia política. Ante sátrapas como Netanyahu o Trump, las reacciones internacionales se reducen a tímidas declaraciones de disconformidad.

A lo largo de la historia, las poblaciones humanas han ideado diversas formas de gobierno. En la práctica, ninguna ha sido pura. Las más antagonistas son la tiranía y la democracia en sus distintas versiones.

En la tiranía, una persona ejerce el poder de forma absoluta y abusiva; se impone sin más límites legales que los dictados por el propio tirano. Se suprimen libertades, se extiende el miedo, se reprime a los indefensos, se eliminan los controles y se obvia la jurisdicción. Todo en beneficio del dictador, sus familiares, amigos, aduladores, financieros y tecnólogos.

En la democracia, se presume que los gobernantes ejercen el poder de acuerdo con las leyes promulgadas por asambleas representativas de las distintas clases sociales. Están sometidos a diversos controles, especialmente al parlamentario y al jurisdiccional. Deben fomentar la participación y actuar en función del interés general, el respeto a las minorías y el cuidado de las personas más necesitadas.

Sin embargo, a través de elecciones influenciadas por aportaciones dinerarias de los más ricos, hoy gobiernan algunas de las personas más detestables, con causas pendientes en los tribunales relativas a genocidio, corrupción, nepotismo, fraude, cohecho, abuso de confianza y sobornos. Personajillos desaprensivos de una bajeza infame han conseguido enormes parcelas de poder en Occidente: Trump, Putin, Netanyahu, Milei, Ayuso, etc.

A Trump se le imputan cargos por falsificación de registros comerciales relacionados con el pago de 130.000 dólares a Stormy Daniels durante la campaña de 2016. Se le acusa de conspiración para defraudar al gobierno y de obstrucción de un procedimiento oficial, así como de su implicación en el asalto al Capitolio y en la interferencia electoral. Junto con 18 aliados, fue acusado de asociación delictiva para revertir los resultados electorales de 2020. También se le atribuye la retención de documentos clasificados en su residencia de Florida en noviembre de 2024, además de demandas por fraude en la valoración de activos y por difamación (caso de la escritora E. Jean Carroll), entre otros asuntos. A la espera de cómo evolucione el caso Epstein, un fallo del Tribunal Supremo sobre inmunidad presidencial ha aplazado los procedimientos.

Netanyahu y su esposa están acusados de recibir regalos valorados en unos 300.000 dólares (puros, champán, joyas) de empresarios como Arnon Milchan y James Packer. La fiscalía sostiene que Netanyahu intervino para favorecer a Milchan en asuntos fiscales y de visado. También se investigan negociaciones con Arnon Mozes, editor del diario Yediot Aharonot, para obtener una cobertura favorable a cambio de impulsar legislación que perjudicara a su competidor Israel Hayom. Como ministro de Comunicaciones, habría favorecido a la empresa Bezeq en decisiones regulatorias; a cambio, el portal de noticias Walla (propiedad del grupo) habría ofrecido cobertura positiva como soborno para él y su familia. Sigue enfrentando tres procesos penales activos, que avanzan lentamente sin haber sido suspendidos ni anulados. No existe aún una fecha estimada de sentencia, y el desarrollo del juicio continúa condicionado por la situación política y de seguridad en Israel, así como por la guerra en Gaza, Líbano e Irán, lo que le permite obtener aplazamientos continuos en los tribunales israelíes.

Pero todo eso es peccata minuta en relación con las muertes y asesinatos de civiles, incluidos miles de niños, así como la destrucción de escuelas y hospitales. Organizaciones como Human Rights Watch afirman la existencia de crímenes de guerra y contra la humanidad, con uso del hambre, desplazamientos forzados y destrucción masiva contra la población civil. La Corte Penal Internacional mantiene investigaciones abiertas.

La guerra de EE. UU., inducida por Israel y el grupo de presión sionista contra Irán y Libia, así como la intervención en Venezuela y la amenaza sobre Groenlandia, la guerra entre Afganistán y Pakistán, además de otros conflictos latentes, recuerdan los inicios de la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Estas comenzaron por causas que parecían limitadas, pero fueron involucrando a tantos actores que derivaron en un desastre mundial con millones de muertos y enormes destrucciones que nadie previó al inicio. En esa senda parece que estamos, agravándose la guerra.

Por muchas razones que se puedan esgrimir, solo hay una actitud urgente y necesaria: el «no a la guerra», que, con dignidad y valentía, sostiene el Gobierno progresista de Pedro Sánchez, seguido por la mayoría de los Estados europeos y otros países del mundo.

Aunque se personalicen las decisiones en los jefes de gobierno, la realidad es que a su alrededor hay muchas personas que deberían actuar con determinación para poner fin a esta locura que amenaza con acabar con la civilización humana.

Para gobernar en cualquier ámbito deberíamos elegir a los mejores y vigilarlos como si fuesen los peores; de lo contrario, nos encontraremos con lo que tenemos. La organización de los trabajadores y de las personas de buena voluntad para la acción pacifista es imprescindible.

Pedro López Provencio

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