El debate sobre la democracia estadounidense tras Donald Trump suele formularse en términos de retorno a la normalidad o de restauración institucional. Sin embargo, como advierte Mordecai Kurz, el problema es más profundo: Trump no fue una anomalía histórica, más allá de los dislates y los enormes riesgos de sus actuaciones que lindan con tendencias autoritarias, para algunos opinadores verdaderamente fascistas. Lo que pasa en EEUU es la expresión visible de una transformación estructural del capitalismo y del equilibrio político. El riesgo no reside solo en el personaje, sino en las condiciones que hicieron posible su ascenso y que siguen vigentes.
Desde esta perspectiva, el trumpismo aparece menos como una desviación que como un síntoma. Décadas de estancamiento salarial, desindustrialización, precarización del empleo y aumento de la desigualdad han erosionado el contrato social implícito que sostuvo la estabilidad democrática durante buena parte del siglo XX. La promesa de movilidad ascendente, prosperidad compartida y representación política efectiva ha perdido credibilidad para amplios sectores sociales. El resultado es una ciudadanía crecientemente desconfiada, polarizada y receptiva a discursos antiestablishment, incluso cuando estos debilitan las propias instituciones democráticas.
Kurz sitúa el núcleo del problema en la deriva hacia un capitalismo rentista y oligárquico. La economía estadounidense ha transitado desde un modelo centrado en la producción y la innovación hacia otro dominado por la captura de rentas, el poder monopolístico y la financiarización. Grandes corporaciones concentran beneficios extraordinarios no tanto por crear valor social como por controlar mercados, influir en la regulación y condicionar la política pública. En este contexto, la democracia se vacía de contenido material: formalmente se mantienen elecciones, tribunales y libertades, pero las decisiones estratégicas responden cada vez más a intereses económicos concentrados.
El efecto político es corrosivo. Cuando la ciudadanía percibe que el sistema ya no actúa en su beneficio, la legitimidad democrática se debilita. Se normaliza el cuestionamiento de los resultados electorales, se intensifica la guerra cultural, se degrada el debate público y se amplifica la lógica amigo-enemigo. El conflicto deja de girar en torno a programas y políticas para transformarse en una batalla identitaria, donde la derrota del adversario importa más que la calidad de las instituciones.
Aquí resuena con fuerza la intuición de Karl Polanyi: cuando el mercado se desancla del tejido social y desborda los límites políticos, las sociedades reaccionan, a veces en clave democrática, otras en clave autoritaria. La crisis no es solo económica; es moral, cultural y política. La sensación de desposesión, de pérdida de control sobre el propio destino colectivo, alimenta la búsqueda de líderes fuertes, soluciones simples y relatos que prometen restaurar un orden imaginado.
Desde una lectura gramsciana, podríamos afirmar que Estados Unidos atraviesa una crisis de hegemonía. Las élites tradicionales ya no logran articular un proyecto creíble que combine crecimiento, cohesión social y legitimidad política. Al mismo tiempo, las fuerzas emergentes que capitalizan el malestar no ofrecen una alternativa capaz de reconstruir un bloque histórico estable. En ese interregno proliferan los “fenómenos morbosos”: polarización extrema, desinformación masiva, autoritarismo blando (aunque cada vez parece más duro y altamente peligroso) y una política cada vez más performativa y menos transformadora.
La pregunta de fondo es si la democracia estadounidense y todos los casos de políticas ilibierales puede regenerarse sin una reforma profunda de su base económica y social. Kurz sugiere que la restauración puramente institucional es insuficiente. Sin una reducción significativa de la desigualdad, sin límites efectivos al poder corporativo, sin una política industrial y social capaz de reconstruir expectativas de futuro para las clases medias y trabajadoras, la fragilidad persistirá. El riesgo es que la era post-Trump no sea una etapa de normalización, sino un paréntesis antes de crisis más agudas.
En última instancia, la experiencia estadounidense interpela al conjunto de las democracias liberales. La erosión de la representación, la captura de la política por intereses concentrados y la disociación entre crecimiento económico y bienestar social no son fenómenos exclusivos de EE. UU. Trump fue un catalizador, no la causa. La cuestión central es si las democracias occidentales serán capaces de recomponer un pacto social inclusivo o si avanzarán hacia formas cada vez más iliberales de gobierno, donde el voto subsiste, pero el poder real se desplaza lejos del control ciudadano.
Héctor Santcovsky