Parece que hemos entrado en un período de reparto de los últimos despojos de los recursos de la civilización fósil. La respuesta a los avances de un nuevo modelo energético, renovable y descarbonizado, que amenazan con desplazar definitivamente el poder de algunas potencias económicas y de las grandes energéticas vinculadas con las fuentes energéticas de origen fósil, está enseñando su verdadero rostro. Las agresivas políticas de Rusia y EE.UU. para no perder su posición hegemónica sobre los recursos energéticos y de materias primas estratégicas, a lo que sumamos su intención de desgastar el poder económico y estratégico de China como potencia mundial, empiezan a visualizarse sin disfraces y con un discurso expreso sobre sus intenciones.
Las políticas de conquista de Rusia, con su reivindicación de los territorios de la Gran Rusia o las referencias reiteradas a la doctrina Monroe para justificar las intervenciones de EE.UU. en los países del continente americano, nos hacen retrotraernos a la política internacional anterior a la Segunda Guerra Mundial. Parece que volvemos al siglo XIX y primera parte del XX, con su tóxica política del “destino manifiesto” de algunas potencias que justificaban así sus políticas de conquista territorial y que tanta sangre ha supuesto para el mundo.
Estas políticas de tintes imperialistas van encaminadas a parar el cambio de paradigma energético y a reforzar el negacionismo climático, como si a fuerza de negar la realidad la pudiéramos modificar. Por desgracia, esto solo nos llevará a un escenario más dramático para hoy y, sobre todo, para las próximas generaciones. La inacción climática tiene un precio social y ambiental, pero también económico. Y a ese lenguaje monetario, que parece ser el único baremo que algunos entienden, podemos traducir los costes de los efectos actuales del calentamiento global sobre la economía de los países y del mundo.
¿Qué resulta más eficiente económicamente: asumir año tras año los daños del calentamiento global o invertir en mitigación y adaptación? Uno de los argumentos más repetidos por los países y sectores negacionistas es que la Agenda 2030 y las políticas medioambientales empobrecen el mundo. Según esta visión, cada vez más publicitada y extendida, las inversiones en un nuevo modelo energético, la adaptación climática y la protección ambiental son un lastre económico que frena el crecimiento económico y castiga a la ciudadanía. Veamos qué dicen algunos economistas que, ante la magnitud de los fenómenos extremos, han empezado a realizar análisis.
Un estudio publicado en septiembre de 2025 por la Universidad de Mannheim (Alemania), en colaboración con el Banco Central Europeo (BCE), estima que las olas de calor, las sequías y las inundaciones dejaron, el verano de 2025, una factura de 43.000 millones de euros en la Unión Europea (0,26 % producción total de la UE), cifra que se podría triplicar hasta los 126.000 millones en 2029 si no se adoptan medidas urgentes. España lidera las pérdidas con 12.200 millones, el 28% del total (a los que habría que añadir 1.200-1.500 millones más de pérdidas provocadas por los incendios forestales, no incluidos en el estudio). La AEMA 2024 (Agencia Europea del Medio Ambiente) ha estimado que, desde 1980-2023, España ha acumulado 95.000 millones de pérdidas por la crisis climática. Es el cuarto estado con más pérdidas totales de la UE detrás de Alemania, Francia e Italia.
En 2006, el gobierno del Reino Unido encargó un estudio a Nicholas Stern (“La economía del cambio climático”) que concluyó que destinar alrededor del 1 % del PIB mundial a reducir emisiones era mucho más barato que asumir las pérdidas derivadas del cambio climático, que en escenarios extremos podrían alcanzar hasta el 20 % del PIB. En 2018 la AEMA reforzó esas conclusiones con su informe “Cambio climático: el coste de la inacción y el coste de la adaptación”, aportando nuevas estimaciones por sectores económicos de los diferentes países de la UE. En 2016, otro estudio del Banco Mundial (“Shock waves: managing the impacts of climate change on poverty”) concluyó que la crisis climática podía revertir décadas de avances en la lucha contra la pobreza.
En 2024, un grupo de investigación económica, dirigido por Paul Waidelich de ETHZurich, hacen un cálculo conservador de daños causados por el aumento de la temperatura, que cifran en una disminución de al menos el 10 % del PIB mundial, sin contar los efectos del cambio climático no evaluables económicamente, como la sequía o el aumento del nivel del mar. Y otro estudio, en este caso llevado a cabo por los científicos del Instituto de Potsdam, “La investigación del impacto climático” (PIK abril 2024), alerta de que las pérdidas económicas hasta 2050 por los daños causados hasta la fecha son seis veces mayores que los costes necesarios para mitigar el calentamiento global.
El Informe de Acción Climática 2025 de EcoVadis y Boston Consulting Group (BCG) concluye que pasar por alto las emisiones de la cadena de suministro podría tener un coste anual para las compañías de más de 500.000 millones de dólares (435.254 millones de euros) en obligaciones económicas de aquí a 2030. Además, se estima que el cambio climático llevará una caída de los ingresos mundiales del 19 % hasta 2050, incluso en el escenario más optimista.
En conclusión, el coste económico del calentamiento global ya se puede medir: según los expertos, el daño acumulado tras décadas de inacción se traducirá, en las próximas décadas en un impacto severo sobre la economía mundial equivalente a unos 38 billones de dólares anuales (más de 32,8 billones de euros) hasta mediados de siglo.
Esto si hablamos de cálculos económicos. Pero según algunos estudios hay otros cambios de más difícil cuantificación que harán más imprevisible la evolución económica en un contexto de crisis climática. Según el estudio de Andersson, Baccinati y Morgan (2020) “Crimate change and the macro economy” hay una serie de consecuencias económicas que el cambio climático podría ocasionar:
1. Evolución, turbulencias y aumento de los precios
2. Revisión de la fiscalidad según el impacto en emisiones
3. Mayor propensión a crisis financieras y económicas
4. Alteración de la estructura económica de los países
5. Descenso en la productividad.
Como podemos ver, también el dinero y la economía se verán afectados por la emergencia climática. Aunque queremos recordar que el dinero no se come, ni que tener una óptica únicamente economicista nos salvará de vernos inmersos en la mayor ola de cambios ecosistémicos del planeta que pone a nuestra especie y a la vida en peligro. Y mientras esto no se entienda colectivamente y pasemos a la acción, sin perder más tiempo, seguiremos secuestrando el futuro de nuestros descendientes.
Carmen García Lores