En la puerta de los juzgados se centra hoy el sensacionalismo televisivo en estado puro, ese que juzga y sentencia con una alegría que raya la frivolidad. Cómo no recordar a la gente haciéndole palmas al juez que llevaba el caso Urdagarín que parecía más un espectáculo de circo que un acto de justicia. Y cómo no pensar que se reproduzca la situación italiana con aquellos jueces de Manos Limpias que liquidaron el sistema y abrieron las puertas de par en par al populismo berlusconiano. Esclarecer una causa delictiva sin impunidad y con rigor es el deseo de cualquier demócrata, pero cuando en una instrucción aparecen intereses partidistas o asociaciones ultras la inquietud está como mínimo justificada.
J. Ramón Martínez
Periodista