Como ecólogo reconozco que me resulta difícil poder explicar, en lenguaje entendedor, la realidad de que los recursos naturales no son infinitos y que es imposible un crecimiento continuado e infinito del PIB, que es lo que se utiliza para medir (equivocadamente) nuestro estado de bienestar. Dando vueltas al tema se me ha ocurrido un símil que muy probablemente en términos económicos sea una tontería (ecó-logo no es lo mismo que eco-nomista) pero que no me resisto a compartir con mis lectores, a los que solicitado de entrada su benevolencia.
Supongamos, en una sociedad muy poco compleja, que alguien tiene leche, huevos y harina, en unas condiciones de extrema pobreza. Para subsistir se alimenta de leche, huevos y harina, con lo que su PIB se mantiene constante y supongo que cercano al cero. Un día se le ocurre mezclar los tres componentes, ponerlos junto al fuego, y hete aquí que descubre las magdalenas. Tienen un agradable sabor y se lo comenta al vecino, que le pide le venda una magdalena con lo que el PIB de nuestro personaje aumenta.
Las magdalenas tienen éxito en el poblado y cada vez son más vecinos que las solicitan a cambio de otros productos (ya que aún no se ha inventado el dinero). La ambición de nuestro hombre hace que cada día fabrique más y más magdalenas; es un hombre feliz, cada vez es más rico: leña, pollos, fruta, etc. a cambio de las magdalenas. No lo sabe, pero ha incrementado muy significativamente su PIB. Otro vecino le imita y entonces para mantener el nivel de riqueza, debe producir más y más magdalenas. Se siente feliz y piensa que su riqueza aumentará constantemente.
En realidad nuestro hombre transforma recursos naturales en un producto manufacturado, para lo que necesita energía. Un proceso que muchos siglos después se generalizará y toda la humanidad se dedicará a lo mismo. Pero las reservas de huevos, harina y leche disminuyen de modo significativo; también empieza a escasear la leña y nuestro hombre cada vez necesita más magdalenas para recibir a cambio del mismo hatillo de madera. Supongamos (todo el artículo es una metáfora) que por las razones que sea, nadie en la zona se dedica a producir leche, huevos o harina, por lo que evidentemente llegará un momento que sus reservas, por grandes que sean, se agotarán. Sin los recursos y sin la energía, se acaba la fabricación de magdalenas y, por tanto, su PIB sufre primero un frenazo y después un retroceso permanente.
Pues precisamente en esto estamos instalados en pleno siglo XXI: vamos detrás de un crecimiento continuo del PIB y cuando entramos en recesión o una pandemia inesperada nos lo hunde, no hay otro objetivo que volver a recuperar sus niveles y seguir avanzando. Y a esta finalidad lo movilizamos todo, incluidos los Planes de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Y puesto que la energía que tradicionalmente hemos consumido (carbón, petróleo, gas, etc) no solo empieza a escasear sino que además provoca el cambio climático, nos dedicamos a generar energía sostenible (a base de sol y viento, que también es sol) sin darnos cuenta que los inmensos artilugios para la transformación en electricidad requieren unos recursos (algunos muy raros) que también son finitos y cada vez serán más caros.
Es un error basar el desarrollo humano en el crecimiento del PIB y en un uso cada vez más intensivo de la energía, aunque sea renovable. El ejemplo del hombre primitivo y sus magdalenas quizás haya hecho reír a mis lectores, por simple; me gustaría también que ayudará a hacer reflexionar.

Ferran Vallespinós
Doctor en Biologia i Investigador del CSIC
Alcalde de Tiana (1995’2007)

Molt entenedor el símil; però, si a la vida no podem convèncer de vegades de coses importants ni als amics, que per sort no compiteixen entre sí, com podrem fer canviar d’opinió i de mirada els governs dels països (que de per se, rivalitzen) i a la pròpia HUMANITAT que en general el seu horitzó es aconseguir poseir el màxim, com els que mes despilfarren?