Una crónica sobre una crónica francesa

Con toda la resaca de la gala de los Oscar encima -de la cual casi nadie sabe nada más allá de la intensidad con la que un señor confundiendo la no aceptación de la ofensa con la violencia abofeteo a otro señor, que confundía el humor con la ofensa- hoy quiero hablar de cine.

“Cine, cine, cine… más cine porfavor. Que todo en la vida es cine, que todo en la vida es cine, y los sueños, cine son” cantaba Aute parafraseando a Calderon de la Barca. No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor pero, aunque me niegue a sonar como la señora mayor en la que me estoy convirtiendo, me temo que ya no se hacen películas como las de antes. Genios de la creatividad como Spielberg nos brindan remakes que nunca podrán superar a los originales por mejor hechos e hilvanados estén. Anita solo hay una, aunque se luzca en un personaje metido quizás un poquito con calzador para hablar de las relaciones interraciales. Admito que soy carne de claqué de Geen Kelly en la increíble, excelsa y maravillosa “Cantando bajo la lluvia”, que de pequeña ensayaba cómo quitarme un guante al ritmo de Rita Hayworth, nacida Margarita Carmen Cansino y que soñaba con poder ser de mayor tan soberanamente mala y tan encantadoramente buena como Scarlett. Mis pinitos he logrado a este respecto, porque “nadie es perfecto” y sino vean ustedes “Con faldas y a lo loco”, con lo mal que suena en castellano en esa costumbre escabrosa de inventarnos los títulos de las películas que traducimos.

Si bien puedo alardear de haber visto Ben Hur, como tradición familiar hasta saberme los nombres de Mésala y la centuria de romanos que le acompañaba. También se veía en mi casa pelis de Steven Seagal y todo tipo de cintas sobre artes marciales orientales con luchadores mancos acabando con el imperio. Verídico.

He crecido aprendiéndome de memoria el guión de La Princesa Prometida y del “Jovencito Frankenstein”, otro ejemplo de traducción extraña.  Soy pasto y hierba del “no permitiré que nadie te arrincone” y trilogías a mi, casi siempre escojo la tres ya sea Indiana, Star Wars (las buenas, claro), Regreso al Futuro… o.. no Matrix jamás.

Nunca digo que no a una buena peli de súper héroes y puedo volver a llorar una y mil veces con La vida es bella.

Entre mis muy favoritas encontraréis Vertigo, sin duda y sin discusión, y para banda sonora siempre vuelvo a la inigualable Reservoir Dogs.

Pero es que últimamente… de un tiempo a esta parte, entre los biopics, los remakes, los spin off, y todos los términos anglosajones posibles, estamos perdiendo una pequeña premisa que parecía básica e imprescindible.

El arte ha de emocionar, ha de ser “bonito”. No bello, elegante, proporcionado o hermoso. Bonito. Aquello que te deja un suspiro interno que te remueve las entrañas y eriza las puntas de los pelos. Precioso incluso, como para quedarte unos días en shock por hacer sido testigo de algo tan único y especial siendo compartido.

Origen, la Gran Belleza, Heath Ledger en el caballero oscuro, Coco, La juventud (van dos, Sorrentino). Para bonita, bonita “Eternal Sunshine of the spotless mind”, casi perfecta con una traducción de título espantosa (Olvídate de mi…, mejor olvidar el título castellano)…

Doy por supuesto que me falta cultura cinematográfica, bagaje y experiencia. Pero, contando estas excepciones que nombro y las que olvido, ya no es lo mismo.

Y cuando digo todo esto entones llega Wes, mi Wes, mi adorado Wes Andersson y me invita a recordar que todo lo que uno piensa, dice o asevera como verdad absoluta es susceptible de ser falso.

Así que borren de su imaginario el 80% de lo aquí mencionado, háganse un favor y vean “The French Dispatch”.  Siento pura admiración por la cabeza de este hombre capaz de acompasar planos, colores, actuaciones, músicas, frases, movimientos y sentimientos de semejante forma. Bonita, sí, de inteligencia exquisita. Tan perfecta. Tan milimétrica y ajustadamente caótica. Me equivocaba, que alegría no tener razón, aún se hacen películas bonitas. Emocionantes en su sencillez y simpleza. Llena de mensajes relevantes ocultos en pequeños detalles intrascendentes. Una oda al periodismo de verdad, el que crees que vas a estudiar cuándo empiezas la carrera, el que soñabas viendo Días de Radio. Qué película tan, pero qué tan, tan y tan, simple, llanamente bonita. Siendo eso tanto. The French Dispatch no llena salas ni gana Oscars pero marca diferencias, como solo el arte lo sabe hacer.

Ah, lo olvidaba, tengan esto en cuenta: Just try to make it sound like you wrote it that way on purpose.

Irene Jezabel Sánchez

Periodista i escriptora

@unigluenmarte

@ijezabel

http://www.jezabel.es/

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