Miente, que algo queda

Parece que nos estamos acostumbrando peligrosamente a aceptar informaciones que luego se desmienten, a relatos poco fundamentados y cargados de intención de parte, a noticias que se subrayan en los medios mientras se minimizan otras.

La parcialidad está servida y no sólo como estrategia de venta del producto mediático, que busca a su público e intenta empatizar con él, sino para generar guerras sociológicas que siempre actúan de parte.   Empezamos a confundir información con opinión y ésta, la segunda, con realidad cierta.

Si vivimos tiempos convulsos, inmersos en sucesivas crisis, somos caldo de cultivo para los que quieren ofrecernos certezas a bajo coste: las compramos a la primera, sólo por sentir cierta estabilidad externa que nos permita seguir con nuestras vidas.  Que estamos enfadados con el mundo y nos sentimos infravalorados?  Pues una oportuna arenga contra el «estado» los «gobernantes» o cualquier abstracción que lleve la culpa a lo más alejado de nuestra responsabilidad personal vale.  

Que nos sentimos aislados en el magma social y nos interesa formar parte de algún colectivo que parezca vivo y reivindicativo, adalid de alguna causa más o menos noble, pués allá vamos, con convicción y sin cuestionar los fundamentos, los intereses, los liderazgos.. La cuestión es ir juntos a algún lugar… durante un tiempo….para conseguir algo?

Nada de ésto es nuevo, claro.  Socializarnos no sólo significa aprender a compartir la muñeca o el puzzle con otro de pequeños; va siendo un reto a lo largo de la vida, en la adolescencia y juventud, cuando hemos de romper (tal vez) con las amistades de la infancia ara abrirnos a un mundo más grande.  Con qué motivo?  Para algunos, volver a encontrar un grupo reducido que nos proporcione confort; para otros, abrirse a contradicciones internas, contrastar y ampliar horizontes.  Y desde ahí, crecemos.. o no.

El valor de la mentira como estrategia ya casi instituída en la sociedad actual nos obliga a contrastar contínuamente, a dudar y poner en cuestión, a estar solos/as ante la incerteza. Cual de los dos perfiles anteriormente señalados estará en mejor disposición para enfrentarse a este nuevo mundo mediático?   Los segundos, claro está, però son minoría. Cuesta más esfuerzo, pierdes amigos y tu fé siempre está al filo del precipicio.

Una realidad personal y colectiva que las tecnologías de la comunicación están multiplicando de forma exponencial.  Nos avisan expertos, como Juan Soto Ivars, con su «Arden las redes», en las que ya nos avisa de que esa polarización mental está siendo potenciada de forma peligrosa por Twitter e Instagram, sobretodo.  La tendencia «democratizadora» de las redes sociales, según la cual todos y todas somos iguales, con las mismas oportunidades para expresarnos y dirigirnos a cualquiera ha roto la censura clásica, siempre vertical y ajustada a las jerarquías, de la lógica  analógica.  Según ésta, la comunicación pasa por unos filtros y siempre hay cauces para condicionarla; hacerla fluir o retenerla. 

Con las redes sociales, el poder de la expresión es inmenso. Y la bondad que representa para algunos ámbitos (generación de conocimiento en red, comunicación horizontal creativa, mayor connexión social entre las personas, prevención del aislamiento, avances técnicos y científicos… ) quedan claramente ocultos ante la montaña de escombros creciente que vemos ante nuestros ojos cada día compuesta de insultos, descalificaciones, armas verbales arrojadizas y, por supuesto, bulos y mentiras. Los linchamientos virtuales han incrementado y no siempre de forma natural, es decir, a un ritmo e intensidad espontáneos.  No, también se utilizan por lobbies, bajo contrato y supongo que con una selección de personal de lo más curiosa: cuanto más agresivo, amargo, borde y despectivo sea el candidato, mayor puntuación para obtener el puesto.

Hay que poner algún límite entre la «crítica» individual, elaborada, constructiva si es posible, y el «linchamiento» colectivo, organizado, interesado, focalizado en personas y basado en lo más bajo de nuestro espectro emocional.  No se trata de libertad de expresión, si no hay respeto a la dignidad. Los sectores más extremistas del espectro social – algunas veces utilizados por partidos politicos o segmentos ideológicos- no se avergüenzan de utilizar estas estrategias para combatir con el contrario, de forma que toda comunicación se convierte en una guerra entre partes, con una de ellas dispuesta a jugar el juego más sucio y la otra obligada a callar (aunque no otorgar) o denunciar.

Este  espectáculo mediático – que lo és porque es público y utilizado por medios instituídos cuando conviene – no sólo envenena el discurso social, sino que lo tergiversa profundamente. El amarillismo mediático potenciado por las redes en las que se destaca sólo lo polarizado, lo extremo, lo sucio, está siendo profundamente injusto con la buena expresión y experiencia en las redes por parte de un gran segmento social. 

Multiplicando así, reproduciendo, dando importancia a ciertos mensajes, se está haciendo apología del odio, se está maximizando una parte de la sociedad que no es la mayoritaria, se está reduciendo al ser humano a su expresión más soez y malintencionada. Me niego a creer que no haya nada más que exponer en los medios escritos y audiovisuales que la opinión interesada de algunos.  El pensamiento colectivo está en serio peligro de caer en una desesperanza y falta de confianza que ya apunta y sólo puede conducirnos a la depresión o la rebelión, cualquiera de las dos nefasta.

Una voz es sólo una voz, no representa nada más que eso, a una persona. Por qué debe ser tomada como hegemónica, aunque sea minoritaria? Cómo gestionamos ahora las mayorías?  Dónde queda la deliberación, la argumentación y el consenso?  Quién puede hablar en «representación» de varios, de un grupo, con nombre y apellidos, si se esconde bajo seudónimos o anónimos?  Ya no es «moderno» tratar y debatir los temas con ponderación, valorando pros y contras, adecuándolos a la realidad en la que se vive, ajustados a la ley y las normas de convivencia y cortesía mínimas? 

Les invito a escuchar esta despedida del querido Iñaki Gabilondo, en la que expresa su íntima extrañeza con los tiempos informativos actuales, su profunda decepción y escasa confianza en la legitimidad informativa.  (https://www.youtube.com/watch?v=P_t2QgpLcI4)

Lo escuché como si fuese el pistoletazo de salida de un cambio de era; no empieza ahora, es cierto, la desinformación y la mentira como ejes claves del posmodernismo lleva ya unos años cabalgando, en Estados Unidos primero y luego en Europa. Neoliberalismo interesado en desmontar los avances en derechos humanos alcanzados, desprecio profundo a las tesis progresistas que se basan en la confianza en los seres humanos y su capacidad de mejora. Trump estaba ahí, lo recogió y lo elevó a través de las ondas…. Vamos a ser tan estúpidos en la vieja Europa para seguirle los pasos?

Isabel Sierra

@IsabelSierraNav

Psicòloga

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