No, propiamente no os hablaré de la pandemia, pero, sí, en el fondo os hablaré de ella, de la pandemia, de la responsabilidad, de la solidaridad y del egoísmo.
Tal vez esta pandemia nos haga mirar como europeos un poco menos por encima del hombro, tal vez nos haga reducir la marcha y mirar el paisaje, a lo mejor, con suerte, no sólo oímos, sino que también escuchamos. Y me gustaría que de ella saliera un aprendizaje, porque dentro de todo este temor, e inseguridad aprendiéramos algo: el valor de la solidaridad. Tal vez salgamos de esta pandemia no mirándonos tanto el ombligo y siendo menos egoístas. Y, puede, que la palabra solidaridad acabe siendo algo más que una palabra. Al final, espero sinceramente, recuperemos las pequeñas cosas, los pequeños detalles, el día a día, dejemos de soñar (ilusamente) que la felicidad se consigue con pura y dura materialidad, que nuestro único objetivo sea ir donde otros han ido así emulándolos, porque somos más si en nuestro pasaporte material hay más sellos.
A lo mejor salimos de la pandemia con un pasaporte vital, que no marque fronteras, que valore los esfuerzos diarios. Que valore la sinceridad y la honestidad antes que los halagos y lisonjas; que valore ese café tomado a medias en cualquier pequeño bar.
De los conflictos, y de las crisis, hemos de aprender mirarlos como algo que nos enseña, y que su carga negativa (que la tiene) la podamos positivizar destruyendo murallas y construyendo puentes.
Desde mi confinamiento, haciendo una rutina diaria compruebo que este parón puede al final ser positivo, y podamos construir un mundo donde nos miremos menos a nosotros mismos y a nuestros caprichos meramente egoístas, y seamos capaces de mirar a los otros con los ojos de la sinceridad.
De esta, seguro, saldremos.
Mientras tanto, yo me quedo en casa confinada.
