El laberinto israelí

Netanyahu ya no tiene mayoría. Israel sigue sin encontrar la salida. Las elecciones del 27 de octubre dejaron un Parlamento bloqueado. El Likud y sus aliados suman 53 escaños. El bloque de Gadi Eisenkot tiene 48. Los partidos árabes, 19. Nadie puede gobernar sin negociar. Aun así, buena parte de la oposición se niega a pactar con quienes representan a la ciudadanía árabe. Esto pasa justo cuando esos votos podrían hacer posible una alternativa. Ahí empieza el laberinto. Se quiere derrotar a Netanyahu sin asumir las consecuencias políticas de construir una mayoría. Benjamin Netanyahu es el principal responsable de haber llevado al país hasta este punto. Es un dirigente políticamente corrupto. Está sometido a un proceso por soborno, fraude y abuso de confianza, cargos que niega y que aún debe resolver la justicia. Pero su responsabilidad no termina en los tribunales. Ha impulsado una reforma judicial para debilitar los contrapesos institucionales. Su Gobierno incluso ha llegado a amenazar con desobedecer al Tribunal Supremo. Ese es el perfil de un autoritarismo iliberal. Se conservan las formas electorales mientras se reduce la capacidad de las instituciones para limitar el poder.

También es un político sin escrúpulos, dispuesto a convertir cualquier temor en una herramienta para sobrevivir. Tras los resultados, acusó a los partidos árabes de haber «robado» las elecciones, sin mostrar pruebas. Su partido habló de una supuesta «islamización» de Israel. No es un comentario aislado. Es una forma racista de poner en duda la legitimidad de los ciudadanos árabes cuando votan y pueden cambiar el resultado. Netanyahu miente cuando convierte una derrota política en una conspiración. Al hacerlo, no solo desacredita a sus adversarios. También pone en duda la democracia que dice defender.

La palabra genocidio tampoco puede descartarse como una exageración retórica. Una Comisión de Investigación independiente de Naciones Unidas concluyó que Israel había cometido genocidio en Gaza y acusó a Netanyahu, junto con otros líderes, de incitar a cometerlo. La Corte Penal Internacional, por su parte, emitió órdenes de detención contra él y contra Yoav Gallant, ministro de Defensa, por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad. No lo hizo por genocidio. Son procesos y conclusiones diferentes, pero ambos señalan una responsabilidad política y legal de una gravedad extraordinaria.

Ahora bien, derrotar a Netanyahu no es suficiente. Eisenkot enfrenta un problema que no es solo de números. Para formar gobierno, necesita el apoyo de los partidos árabes, pero tres de las cuatro fuerzas de su bloque han rechazado hacer acuerdos con ellos. El propio Eisenkot ha prometido que bajo su mandato no habrá un Estado palestino. Así, la oposición puede ofrecer una alternativa a Netanyahu en el estilo, en la relación con las instituciones o en la gestión de la guerra. Sin embargo, todavía no propone una ruptura clara con la política que mantiene a los palestinos bajo ocupación y sin un horizonte político.

Los aliados de Eisenkot también le reducen el margen. Bennett y Liberman rechazan depender de los partidos árabes. Los partidos ultraortodoxos podrían ofrecer otra opción, pero pedirían conservar privilegios que la oposición ha prometido revisar. El resultado es una paradoja. Se presenta como alternativa un bloque que tal vez no pueda gobernar sin romper sus promesas o sin excluir a millones de ciudadanos árabes israelíes.

Y, mientras tanto, los palestinos seguirán exigiendo una solución. No desaparecerán porque Israel cierre la puerta a la negociación. Tampoco puede construirse una seguridad duradera sobre la dominación permanente de otro pueblo. El desafío de Israel no es solo reemplazar a Netanyahu. Es decidir si quiere seguir atrapado en una política de guerra, exclusión y miedo o si está dispuesto a reconocer derechos políticos y un futuro viable para los palestinos.

Ese es el laberinto. Hay un primer ministro corrupto, racista y autoritario. La oposición puede derrotarlo, pero aún no se atreve a romper con la lógica que él ha llevado al extremo. Cambiar de gobierno sería necesario. Repensar el proyecto político de Israel es imprescindible.

Héctor Santcovsky 

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