Digger, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu protagonizada por Tom Cruise, puede verse como una comedia negra, una sátira sobre el poder y el dinero o una provocación sobre nuestra relación con el planeta. Probablemente sea las tres cosas. Pero detrás de su deliberada exageración aparece una cuestión mucho más seria: nuestra incapacidad para abandonar la lógica de los combustibles fósiles.
Cruise interpreta a Digger Rockwell, un magnate petrolero convencido de que el dinero, la tecnología y la voluntad pueden dominar cualquier circunstancia. Su imperio perfora allí donde todavía queda petróleo por extraer. Hasta que una explotación en el Ártico provoca una enorme liberación de metano y desencadena una sucesión de acontecimientos que amenaza con convertirse en una catástrofe global. A partir de ahí, Iñárritu construye una historia excesiva, grotesca por momentos, donde el hombre que ha contribuido a provocar el desastre pretende convertirse también en quien salve al mundo.
La película exagera, naturalmente. Estamos ante una sátira, no ante un documental sobre energía. Pero precisamente por eso funciona la metáfora. Sabemos desde hace décadas que debemos reducir drásticamente el consumo de carbón, petróleo y gas y, sin embargo, seguimos buscando nuevos yacimientos. Cuando los recursos fáciles se agotan, la frontera simplemente se desplaza: aguas ultraprofundas, fracturación hidráulica, arenas bituminosas o regiones árticas. Perforamos más lejos, más profundo y en entornos cada vez más frágiles.
Y los riesgos existen. Deepwater Horizon demostró en 2010 que los accidentes considerados altamente improbables también ocurren cuando coinciden enormes presiones geológicas, tecnologías extremadamente complejas y decisiones empresariales condicionadas por costes, plazos y beneficios. Con el metano aparece además otra paradoja: el gas natural fue presentado durante años como combustible de transición, aunque las fugas a lo largo de su cadena de producción pueden reducir considerablemente su ventaja climática frente a otros combustibles fósiles.
Pero quizá lo más interesante de Digger no sea la catástrofe, sino su protagonista. Rockwell representa una idea profundamente arraigada en nuestra cultura industrial: primero explotamos el recurso, después gestionamos sus consecuencias y, finalmente, confiamos en que alguna nueva tecnología arreglará aquello que la tecnología anterior contribuyó a crear. El mismo personaje que participa en la generación del problema reclama entonces el papel de salvador.
Ahí la sátira de Iñárritu deja de ser tan extravagante. La transición energética no consiste simplemente en sustituir unas máquinas por otras. Las renovables, el almacenamiento, la electrificación y las nuevas redes son imprescindibles, pero existe una decisión previa mucho más incómoda: determinar qué recursos fósiles estamos dispuestos a dejar sin extraer.
Durante dos siglos nuestra civilización aprendió a perforar cada vez más profundo para encontrar energía. Quizá ahora tenga que aprender algo tecnológicamente mucho más sencillo, pero política y económicamente bastante más difícil: dejar de perforar.
Hay además una paradoja que hace que Digger resulte particularmente contemporánea. Rockwell presume de su capacidad para influir sobre el Gobierno, y es difícil no pensar en la creciente porosidad entre poder económico y poder político. Durante la campaña de 2024, Donald Trump recibió importantes apoyos de empresarios del petróleo y el gas y defendió abiertamente más perforaciones, nuevos oleoductos, desregulación y fracking. Lo que algunos denominan “capitalismo de amiguetes” aparece cuando esa proximidad permite a los grandes intereses no solo influir sobre las políticas públicas, sino participar directamente en su definición.
Y aquí Digger trasciende incluso al petróleo. Hay un eco lejano de Elon Musk, gran donante de Trump en 2024. Y podríamos imaginar mañana una película semejante protagonizada por los nuevos señores de los datos y la inteligencia artificial. Peter Thiel fundó Palantir y Alex Karp la dirige: una compañía cuyo espectacular crecimiento se apoya, entre otras cosas, en contratos con el Gobierno estadounidense para inteligencia artificial, defensa y sistemas de vigilancia. En 2025-2026 sus contratos en control de inmigrantes provocaron precisamente un debate sobre los límites de la vigilancia estatal. Cambiarían los pozos por algoritmos y el petróleo por datos y la pregunta sería ¿qué ocurre cuando quienes poseen las tecnologías capaces de transformar nuestras sociedades adquieren también una enorme capacidad para influir sobre quienes deben regularlas?
Héctor Santcovsky