Moderación o barbarie 

«Las palabras generan acciones, modelan conductas y mueven, desde lejos, los brazos de los ejecutantes de cataclismos». Vargas Llosa 

Entramos en un tiempo electoral y, si hay que subrayar un tema especialmente preocupante, sería el lenguaje hostil, agresivo y barriobajero que se ha instalado en la conversación política. Lo peor es que ya parece algo normal: se verbaliza sin ningún pudor y se ha extendido a la ciudadanía de a pie.  

Eso es lo que nos llega a través de las pantallas, nuestra escuela de formación actual. Es el nuevo ciudadano Netflix que se ha impuesto en el relato político donde impera, por encima de todo, el lenguaje publicitario, que cuenta con recursos narrativos más poderosos.  

¡Todo es ya propaganda!  

Recuerdo, en pleno horror de Gaza, un anuncio protagonizado por jóvenes mujeres israelíes que paseaban por las calles con sus fusiles y andares seductores. También el último comercial de KFC, en el que un cliente pide al camarero «una salvajada» y la respuesta consiste en destrozar a golpes la pantalla de la caja. O el vídeo de Lula —la IA ya en acción—, arrojando al suelo una bandera de Brasil después de votar.  

El caso es hacerse viral y conseguir portada. No extraña el descontrol de las redes sociales, donde no hay límites y todo parece valer. Se han perdido el respeto, la educación y las buenas maneras. Nunca habíamos llegado a este punto. Y ello debería llevarnos a una reflexión ética.  

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Otro aspecto de suma importancia es la construcción de un discurso cargado de catastrofismo y miedo, que pretende asustarnos, y de un pesimismo que lo inunda todo. La inmigración es el tema estrella y se nos presenta como la mayor amenaza para nuestra identidad. Se trata de un asunto muy delicado, que exige una enorme racionalidad para afrontarlo, pero en este discurso radical se impone la emocionalidad más irracional.  

Sin ánimo de señalar a un malo o a un culpable, algo tan de moda en la dialéctica política actual, sí hay que decir con claridad y sin callar que una parte muy importante de esa retórica visceral y de odio procede de la derecha española. Es el estilo político del PP desde hace treinta años, estén o no estén en el poder.  Y ni una autocrítica se ha hecho en todo este tiempo. ¡Si Fraga levantara la cabeza!

Escuchar los insultos, que rozan la crueldad, dirigidos al presidente Sánchez, y que se opongan a un minuto de silencio por la muerte de Mari Carmen son muestras casi de inhumanidad. Si a ello añadimos el discurso desde la derecha catalana contra la inmigración islámica en un país que cuenta con más de un millón de inmigrantes musulmanes, hay motivos para preocuparse.  

¡Los peligros son enormes! 

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Ante esta situación, el filósofo Manuel Cruz hace un llamamiento a «pensar a lo grande o esto se va al garete». Pues bien, ante todo ello, solo cabe un cambio de rumbo: algo hay que hacer para que ese discurso rabioso, maleducado y agresivo pierda fuerza. No creo que nadie quiera llevarnos a la guerra, pero no deberíamos jugar con fuego.  

Las dificultades, sin embargo, son enormes. Hoy parece casi imposible un pacto de Estado entre las derechas, las izquierdas y los nacionalismos periféricos. Pero otra política es necesaria. Ampliar los consensos y hacer del diálogo nuestra bandera fortalecería, sin duda, nuestra democracia.  

Hay que hacer todo lo posible por conectar con los miedos, las inquietudes y las preocupaciones de la sociedad actual si deseamos de verdad un cambio político que nos implica a todos.  

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En estas circunstancias, me vienen a la memoria los momentos más preocupantes del procés catalán, cuando se rompieron todos los puentes de la concordia. Pasamos de rivales y adversarios a convertirnos en enemigos. Habíamos dejado de mirarnos a la cara, de hablar y de decirnos lo que pensábamos, pese a ser amigos y personas que nos queremos por encima de todo.  

Por todo ello, creo que una mirada introspectiva y un cambio que empiece por uno mismo serían lo más importante. Una vuelta al espíritu Ortìnez, lo llamarían algunos. Manel Ortìnez era un burgués ilustrado catalán que, en los peores momentos, una vez acabada la Guerra Civil, pensaba que la solución empezaba por cada uno: hacer las cosas lo mejor posible con la familia, en el trabajo y en el espacio público. Al final, todos nos beneficiaríamos de ello.  

Lo dicho: moderación o barbarie. Y que el humor y el optimismo no nos abandonen.  

José Ramón Martínez 

Periodista  

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