El envejecimiento de la población es uno de los grandes retos que deberá afrontar Europa en las próximas décadas. En el mundo desarrollado la proporción de mayores de 65 años crece de forma imparable. La generación del “baby bomm” ya se está jubilando y esa situación proyecta un panorama en el que los costos asociados a la atención de una población mayor se incrementarán notablemente. Entre los sectores más afectados estarán el mercado laboral y los sistemas de salud, que deberán adaptarse a una población cada vez más envejecida.
El modelo económico del siglo XX estaba basado en una abundante población trabajadora que mantenía a una proporción menor de dependientes. Esta ecuación se invierte ahora y la tasa de dependencia (número de trabajadores por cada pensionista) no solo presiona nuestro sistema de pensiones sino que reduce nuestra capacidad productiva per cápita, socavando el crecimiento potencial de la economía; o eso es lo piensan algunos cerebros grises estadounidenses. Pero la verdadera bomba de relojería es el envejecimiento que ralentiza significativamente el crecimiento de la productividad. No es solo que tengamos menos trabajadores; es que la innovación disminuye, la creación de empresas se contrae y la transferencia de conocimiento entre generaciones se interrumpe; apostillan esos mismos genios,
Desconozco cuánto hay de cierto y cuanto de falso en esos supuestos estudios que plantean el edadismo como origen de todos los males que nos acechan. Ahora bien, ante esa situación me pregunto: ¿qué clase de sociedad hemos construido para que un logro histórico, como es el incremento de la esperanza de vida, que debería llenarnos de gozo y júbilo, se esté convirtiendo en una pesada carga hasta el punto que puede poner en jaque el bienestar de las generaciones futuras a medio y largo plazo?
En nuestro país no se destina ni el 1% del PIB a cuidados de larga duración (incluida la asistencia sanitaria y social), mientras que en otros países de la OCDE, ese gasto representa el 1,5%. Estas cifras ponen de manifiesto que no estamos a la altura en inversión que nos correspondería por ser uno de los países con una de las esperanzas de vida más longevas. Los Estados que más aportan son Países Bajos, donde esta partida alcanza el 4,1% del PIB, y Noruega, donde supone el 3,7%. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el gasto en cuidados se duplicará e incluso triplicará en 2050, impulsado por el envejecimiento de la ciudadanía. La cuestión es: como encontrar el equilibrio para ofrecer acceso a una atención de buena calidad con un sistema económicamente sostenible.
La mayoría de expertos consultados opinan que hasta 2050 el gasto público en nuestro país en cuidados debería crecer más del 2% del PIB, ya que el número de mayores de 65 años beneficiarios de ayudas a la dependencia podría duplicarse, hasta llegar a 1,6 millones de personas. Por otra parte, el gasto público en pensiones podría incrementarse hasta cinco puntos de PIB (ahora supone el 12% de ese índice) y el gasto sanitario podría aumentar en más de un punto. Una factura que, de un modo u otro, tendremos que pagar. Por lo tanto, conviene ir buscando soluciones: incrementar las cotizaciones y prolongar la vida laboral, al menos en determinados sectores, reduciría el gasto en pensiones y no tendría por qué ir en detrimento del empleo de los jóvenes si se hace con la suficiente destreza.
Uno de los segmentos de negocio que más está creciendo son las distintas fórmulas para convertir la vivienda en dinero y seguir viviendo en ella hasta el final. No olvidemos que la casa es considerada por los mayores de 65 años como su mejor plan de pensiones. Es el lugar en el que quieren residir. El colectivo de edades más avanzadas no tiene acceso a financiación bancaria; y, ante una dependencia severa, lo más probable es que el flujo de renta sea insuficiente. Según un estudio de Seguros Santalucía, el coste económico de los cuidados de la dependencia de grado III representa 1,6 veces el importe medio de la pensión pública por jubilación entre las personas de 80 y 84 años, aumentando hasta 1,8 veces entre la población de 85 y más años. Ese déficit es mayor en el caso de las mujeres, ya que el importe medio de las pensiones contributivas por jubilación es menor que el que reciben los hombres.
Debemos tener muy presente que nuestras estructuras sociales van a experimentar cambios muy profundos en los próximos años. Así por ejemplo, el mercado laboral vivirá una auténtica transformación. Para 2040, habrá más trabajadores entre los 65 y 74 años que menores de 24 años, debido a carreras laborales más largas y una menor incorporación de jóvenes al empleo. La educación pasará a representar una porción más pequeña del gasto público, reflejando un país en el que los jóvenes serán una minoría en el mercado laboral.
La humanidad entera se enfrenta a unos retos impensables hace unos pocos años. El edadismo es uno de ellos y no de los menores. Dar respuestas adecuadas a esos retos va a requerir de grandes esfuerzos, tanto a nivel individual como colectivo. Pero ese es el único camino si queremos un mundo justo y equilibrado donde la razón y la ética marquen el ritmo silenciando los egoísmos particulares y los intereses espurios.
Bernardo Fernández