Del civismo en política

«Hago lo que quiero, pongo lo que quiero, insulto al que quiera, pido y reclamo lo que me corresponde, me divierto». José Andrés Rojo (El futuro se cuida solo)

Pongámonos en contexto. Final del verano: el calor ha acaparado, casi de forma obsesiva, las conversaciones cotidianas y los incendios han sido el telón de fondo. Para rematar, el enorme drama de la llegada a Ceuta de miles de migrantes.

Conclusiones. Estamos en el escenario ideal para el pesimismo colectivo, para el enfado, para el cabreo, para llamar la atención. Ese es el relato de los tiempos actuales. Y lo peor es que el hooliganismo en estado puro se ha asentado en la política.

El drama ceutí

Uno se pregunta cómo es posible que, ante un drama humano como el de Ceuta, lo que impere sea la lucha por el poder y las estrategias electorales, en lugar de la ayuda y colaboración, que sería lo más natural (y humano). Recuerdo de niño unas riadas en Catalunya que supusieron una enorme movilización en los pueblos de Almería para ayudar a las personas que se habían quedado sin hogar. La solidaridad era lo primero.

Ahora no podemos decir que ese espíritu de ayuda se haya perdido. Ahí está el ejemplo de la DANA. Pero las catástrofes se han convertido en oportunidades únicas en la batalla política, oportunidades que no se pueden desaprovechar. Es jugar con fuego, pero ya sabemos que la política tiene mucho de juego y de sobreactuación, algo propio de esta sociedad del divertimento en la que vivimos.

A la caza de Sánchez

Ahora, más que de crítica, tendríamos que hablar de persecución del presidente Pedro Sánchez, que traspasa todos los límites democráticos. Y lo que preocupante es que a ello se ha sumado una parte importante de ensayistas y politólogos de prestigio. Igualmente, llama la atención el silencio de una parte de la ciudadanía, que prefiere callar y no señalarse. Da la impresión de que todo vale. Se ha perdido la vergüenza, dirían algunos.

La frase que mejor define esta caza al presidente sería la de «Leña al mono hasta que hable inglés». Es decir, no parar hasta acabar con su persona. Por otra parte, también se busca crear un clima político irrespirable, un ambiente de pánico y de histeria que podría resumirse en la idea: «hagan algo por el amor de Dios; así no podemos seguir».

El caso es forzar un cambio político; cuanto antes, mejor.

La deriva autoritaria

Uno de los síntomas más preocupantes es la tendencia a la unanimidad. La avalancha de opiniones e información en una misma dirección es tan avasalladora que no deja lugar a la discrepancia. Es una manera de ocultar otras visiones de la realidad y de convertirnos en una tribu en la que todos pensemos igual.

No es de extrañar que, en este contexto, los extremismos de todo tipo florezcan. Hemos pasado de votantes a hooligans, como diría Mariano Torcal. Y, ante el miedo y la incertidumbre que se construyen a propósito, aparecerán los salvadores de la patria. Los que prometen orden y seguridad, como decía José María Aznar, un discurso que el conservadurismo español ha hecho suyo, aunque algunos nos lleven a la guerra. Finalmente, y como afirman ciertos filósofos, después del apocalipsis llegará la salvación.

Los peligros que nos acechan

Otro tema de fondo, y de vital importancia, es cómo se están alimentando los procesos de radicalización, y más los relacionados con la identidad y la emigración. Uno ve ahora cierto lenguaje despectivo y de exclusión hacia el otro y siente que el resentimiento y la humillación podrían asentarse.

No se puede olvidar que España tiene más de diez millones de migrantes que juegan un papel fundamental en su desarrollo económico. No es momento ahora de sacar a relucir guerras pasadas, odios ni estigmatizaciones cuando hay tantos ejemplos de convivencia digna de resaltar. De nuestros vecinos marroquíes convendría recordar lo que decían los viajeros ilustrados españoles que visitaban este país en siglos pasados: son gente humilde, sencilla y trabajadora.

Un New Deal por la convivencia

«El mundo es una cosa que hacemos y que, fácilmente, la podríamos hacer de otro modo». David Graeber

Es el momento de repensar la política. No tiene ningún sentido cívico seguir alimentando ese relato de animadversión e intolerancia que nos lleva al odio. Eso sí, necesitamos una política verdaderamente transformadora, capaz de cambiar esta realidad. Y el diálogo, desde el optimismo, el acuerdo y el pacto, debería ser una buena bandera. En este sentido, qué mejor que quedarse con la victoria española en el Mundial. Un trabajo en equipo, un proyecto común, unos valores, unas reglas. Eso es también Europa y así debería ser.

José Ramón Martínez

Periodista

One thought on “Del civismo en política”

  1. Que difícil es intentar cambiar las cosas cuando los que se dicen salvadores no paran de descargar toneladas de mentiras y bazofias.

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