No suelo escribir sobre literatura aunque continúo siendo un lector razonablemente constante. También veo con frecuencia series británicas, francesas y, sobre todo, nórdicas, además de las numerosas adaptaciones de Harlan Coben que ofrecen las plataformas.
En muchas de ellas aparece una coincidencia llamativa: las víctimas son niños, adolescentes o jóvenes. Desaparece una muchacha, asesinan a un estudiante o resurge un delito cometido décadas atrás contra un menor, bajo una trama de secretos familiares, abusos, silencios y traumas heredados.
No afirmo que esos delitos no existan. Expresan problemas reales como el acoso, la violencia sexual, la desprotección institucional o la vida digital que los adultos desconocen. Pero su enorme presencia en la ficción no se corresponde con su peso estadístico. Se eligen porque proporcionan el máximo impacto emocional. La pregunta es si todo eso continúa siendo propiamente novela negra.
El noir clásico miraba hacia otra parte. Dashiell Hammett, Raymond Chandler, Chester Himes o Ross Macdonald escribían sobre asesinatos, pero el cadáver rara vez agotaba el sentido de la historia. Al tirar del hilo aparecían la corrupción política, la connivencia policial, el chantaje, la prostitución, las bandas, el dinero y las relaciones entre delincuencia y poder.
Chandler, como ejemplo más clásico, describía una sociedad en la cual las fortunas compraban silencios y la respetabilidad servía como fachada del delito. Hammett conocía el mundo de los detectives privados y mostraba una violencia inseparable del dinero.
La novela negra era entretenimiento, pero contenía una mirada material sobre la sociedad. No necesitaba pronunciar discursos sociológicos: la trama revelaba quién tenía poder, quién podía comprar la impunidad y quién pagaba las consecuencias.
Buena parte del policial contemporáneo ha realizado el movimiento contrario. Conserva la oscuridad visual, los cadáveres y el investigador atormentado, pero traslada el conflicto desde las estructuras sociales hacia el trauma personal.
Quizá sería más adecuado hablar de gótico social. Hay casas llenas de secretos, pasados que regresan, niños ausentes y familias aparentemente normales perseguidas por culpas enterradas. El paisaje nórdico sustituye al castillo; el sótano familiar reemplaza a la cripta.
Este modelo ha producido obras excelentes. El problema surge cuando se convierte en fórmula. Cuanto más joven es la víctima, menos esfuerzo parece necesario para provocar nuestra emoción. La oscuridad se confunde entonces con la profundidad y el sufrimiento con la crítica social.
Algo parecido sucede con los investigadores. El detective privado o el periodista de la novela clásica han sido sustituidos frecuentemente por policías. Pero, pese al cambio de profesión, el personaje parece obligado a reunir siempre las mismas desgracias: está separado, no entiende a sus hijos, bebe demasiado, incumple las órdenes y arrastra una muerte de la que se considera culpable.
La reiteración termina siendo paradójica. Para que un funcionario policial resulte interesante se lo convierte en un ser casi disfuncional. El malestar social se transforma en daño psicológico.
Y, sin embargo, pocas épocas han ofrecido tanto material para recuperar la ambición original de la novela negra. Los casos reales de corrupción contienen comisionistas, empresarios, intermediarios, policías, dirigentes políticos, redes de prostitución, chantajes, grabaciones clandestinas y paraísos fiscales. Si elimináramos de algunas investigaciones reales la cantidad de cadáveres que exige la ficción, obtendríamos argumentos más complejos que los de muchas series.
No se trata de volver nostálgicamente a Chandler ni de convertir la novela criminal en un tratado sobre el capitalismo. Una novela debe crear personajes, mantener la tensión y entretener. Su virtud: mostrar el funcionamiento de una sociedad mientras cuenta una buena historia.
Esa tradición no ha desaparecido. Muchos autores continúan utilizando la investigación criminal para hablar de corrupción, desigualdad, racismo, especulación urbana o degradación institucional. Pero el género debería recuperar con mayor decisión su mirada hacia el exterior: salir de la habitación del adolescente desaparecido, abandonar de vez en cuando el sótano familiar y volver a recorrer los despachos, los bancos, las comisarías y las empresas donde se organiza el poder.
La novela negra no tiene que ayudarnos explícitamente a pensar. Basta con que nos entretenga en relación con una realidad reconocible. Esa podría ser la diferencia decisiva: el gótico social nos muestra familias perseguidas por su pasado; la auténtica novela negra, sociedades perseguidas por su presente.
Héctor Santcovsky