Vivimos una época de carreras armamentísticas, guerras, migraciones y crisis climáticas. Pero no acabamos de ser conscientes de que todos estos fenómenos están relacionados.
Los genocidios retransmitidos en directo, la inacción de los grandes poderes y la redistribución acelerada de la riqueza en favor de la clase multimillonaria nos advierten de que el fin del orden mundial establecido hace ahora casi ochenta años, llega acompañado de una sensación de fin del mundo por la catástrofe del cambio climático.
El desmoronamiento de la arquitectura política internacional de posguerra —visible en el deterioro de las instituciones multilaterales, el retroceso de las normas de cooperación y el ascenso de Los populismos— coincide con otro desastre evidente: el debilitamiento de la base ecológica del planeta. Son dos tendencias que se retroalimentan. La descomposición de las estructuras políticas ha desencadenado una carrera armamentística para controlar la seguridad, el poder y la tecnología que agrava la crisis climática y hace más que posible la desaparición del mundo, al menos como lo conocemos hasta ahora.
A lo largo de la historia, la humanidad ha pasado por toda clase de procesos; desde periodos de claro expansionismo imperial, hasta etapas de evidente cerrazón sobre la propia sociedad. Con esa experiencia acumulada sería deseable que no abandonásemos la idea del mundo como un proyecto abierto, un lugar compartido por encima de las diferencias. Cada vez más, la afirmación revolucionaria de que “otro mundo es posible” parece mutar en: “el mundo, tal y como es, es imposible”. La descomposición actual es devastadora porque dificulta mucho la posibilidad de imaginar un futuro plausible.
El síntoma más evidente de que cada vez hay más riesgos es la nueva carrera armamentística, que incluye, junto con las armas tradicionales, la inteligencia artificial, la vigilancia espacial y la guerra cibernética. La diplomacia está en franco retroceso, la seguridad se entiende como herramienta preventiva y el planeta Tierra, que ya sufre una crisis ecológica, está siendo víctima del mayor resurgimiento militar.
Desde Washington hasta Pekín y desde Moscú hasta Delhi, los gobiernos están dedicando unos recursos sin precedentes al presupuesto de defensa. La OTAN ha elevado su objetivo de gasto del 2 al 5% del PIB. España ha sido el único país que se ha negado a asumir ese aumento; aunque Madrid recibe cada vez más presiones para que incremente el gasto armamentístico.
A diferencia de algunos de nuestros vecinos europeos, los motivos del presidente del Gobierno para resistirse no son meramente económicos, sino también éticos e históricos. Los españoles, que todavía tenemos en la memoria cicatrices de la dictadura, nos sentimos incómodos ante la perspectiva de insertar la lógica militar en la vida civil. Para gran parte de las nuevas generaciones, los peligros que nos acechan son otros como, por ejemplo, la sequía, la inseguridad alimentaria, las desigualdades y la industria extractiva.
La carrera no es solo militar e industrial, sino que también se desarrolla en los ámbitos de la inteligencia artificial, las armas autónomas y la militarización de la órbita espacial. Estamos entrando en una era en la que la inteligencia, que es artificial, no rinde cuentas a nadie, por lo que la responsabilidad se evapora. Los gobiernos están haciendo inversiones inmensas en sistemas diseñados para predecir, anticiparse y castigar; es decir, para gobernar utilizando la amenaza. Las armas desarrolladas con IA desestabilizan ecosistemas enteros y combinan el genocidio y el ecocidio. Las granjas de servidores consumen enormes cantidades de electricidad, agua y tierras raras. La extracción de litio ya ha arrasado regiones enteras de Bolivia, Chile o la República Democrática del Congo. El objetivo de garantizar la seguridad nacional hace que el planeta sea cada vez más inseguro. El gasto militar en logística, pruebas de armas y flotas navales que se alimentan de combustibles fósiles sigue en aumento, pese a que hay que descarbonizar nuestras vidas para afrontar la crisis climática.
A pesar de las evidencias, las guerras, el clima, la IA y las migraciones no se abordan nunca como elementos relacionados, sino de forma aislada. En consecuencia, se olvida lo obvio: que estos no son problemas paralelos y el rastro que dejan no es de un posible nuevo orden mundial, sino de la precariedad del planeta.
De forma generalizada, nos hacen promesas que luego se olvidan. Sin un orden mundial que medie entre la interdependencia ecológica y la rivalidad geopolítica, los países vuelven al extractivismo. Está desapareciendo el mundo propiamente dicho, no solo como idea, sino como ámbito en el que los seres se relacionan y nacen los significados. Las ruinas del mundo son recintos aislados: fortalezas nacionales, cajas de resonancia digitales, zonas militarizadas.
Si hay una salida, no es a través de la nostalgia. El orden mundial que se derrumba participaba en la dominación y la explotación. Lo que necesitamos es algo más profundo: refundar el mundo como un espacio de relaciones y cuidados. Resistirse a militarizar la imaginación es también negarse a ver la Tierra como una reserva de recursos o un campo de batalla. Reconstruir el mundo no significa restaurar lo perdido, es dejar claro que, incluso en medio del colapso, hay un mínimo de sentido. Todavía existen formas de relación y actuación que mantienen abierta la posibilidad de algo que no sea la guerra. Es posible que la carrera armamentística acapare los titulares, pero, si aún existe un futuro, no será de quienes gobiernan por la fuerza, sino de quienes se atrevan a vivir —con cuidado, con respeto y con los demás—, mientras quede algo de un planeta más acogedor.
Bernardo Fernández