Las sociedades actuales -en plena transformación familiar, cultural, económica y política- exigen para afrontarlas otro espíritu y otras herramientas, sin dogmas ni retóricas vacías. Un servidor siempre ha reivindicado la figura de Manel Ortínez, aquel joven ilustrado catalán que, al terminar la guerra y en la peor de las situaciones humanas, defendía que el primer cambio y el más importante, empezaba por uno mismo. La tesis era sencilla: que cada cual, en su casa, con su familia, en su trabajo y en los espacios públicos, lo hiciera lo mejor posible y todos nos beneficiaríamos de ello. Eso – ni más ni menos- es construir una nueva ciudadanía donde el diálogo, la colaboración y la empatía, serían nuestra gran revolución.
J. Ramón Martínez
Periodista