Netanyahu y el método del matón

Un líder en ejercicio acusado de genocidio ante los principales tribunales internacionales ha convertido la amenaza en instrumento de gobierno. No es una salida de tono. Es un sistema.

Las recientes declaraciones de Benjamín Netanyahu hacia España —“no permitiré que ningún país libre una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato”— no son una salida de tono. Son coherentes con una forma de ejercer el poder basada en la amenaza permanente.

La comparación con Donald Trump es inevitable, pero incompleta. Trump amenaza como táctica de negociación. Netanyahu amenaza como antesala de la acción. Y esa diferencia es clave en un contexto internacional extremadamente volátil.

A diferencia de otros líderes que operan en la hipérbole, Netanyahu ha demostrado reiteradamente que está dispuesto a llevar sus palabras a la práctica, incluso contra el criterio de su propio aparato militar o de inteligencia.

El caso más evidente es la ofensiva sobre Gaza tras los actos terroristas y criminales de Hamás en octubre de 2023. Según datos de Naciones Unidas y diversas agencias humanitarias, el número de víctimas palestinas supera ampliamente las decenas de miles, con una destrucción masiva de infraestructuras civiles y un impacto humanitario sin precedentes recientes en la región. La apelación a una respuesta proporcional obtuvo oídos sordos en el gobierno presidido por él. Y ni una sola autocrítica por errores que habían detectado movimientos sospechosos.

Este contexto ha llevado a que la Corte Internacional de Justicia haya considerado plausibles las acusaciones de genocidio y haya dictado medidas cautelares contra Israel en el marco del caso iniciado por Sudáfrica. Paralelamente, la Corte Penal Internacional ha avanzado en investigaciones que podrían derivar en órdenes de arresto por crímenes de guerra. Netanyahu es, por tanto, un líder en ejercicio acusado abiertamente de genocidio ante los organismos judiciales internacionales más relevantes del mundo. Pocos líderes en la historia reciente han gobernado bajo ese peso jurídico y moral.

No estamos, por tanto, ante una discusión retórica, sino ante un escenario con implicaciones jurídicas internacionales de primer orden. No obstante, reducir la actuación de Netanyahu a una reacción emocional sería un error. Su trayectoria apunta a una estrategia consistente, articulada en varios ejes: consolidación de la hegemonía regional, control de corredores energéticos hacia el Mediterráneo, ambigüedad en los grandes conflictos globales y fortalecimiento de alianzas con sectores conservadores internacionales, especialmente en Estados Unidos.

Para colmo, se ha rodeado de un núcleo duro de extrema derecha con componentes de mesianismo político y religioso, con figuras como Itamar Ben-Gvir o Bezalel Smotrich, y en general una corte de aliados con intereses concretos, junto a sectores ultrarreligiosos profundamente segregacionistas —cuando no abiertamente racistas— que evocan dinámicas propias de los regímenes de apartheid.

En este último punto, conviene añadir un elemento estructural de enorme relevancia: la profunda interdependencia entre las fuerzas armadas y los servicios de inteligencia israelíes y sus homólogos estadounidenses. Esta alianza —histórica, operativa y tecnológica— ha sido uno de los pilares de la seguridad de Israel durante décadas. Sin embargo, la deriva política actual introduce tensiones crecientes incluso en ese vínculo estratégico, erosionando la confianza mutua y complicando la coordinación en escenarios críticos.

Pero junto a esta lógica geopolítica hay un elemento determinante: su propia supervivencia política. Acorralado por procesos judiciales internos, Netanyahu ha convertido la escalada permanente en un instrumento de cohesión interna y de desvío de la atención.

España en el punto de mira

Las amenazas dirigidas a Pedro Sánchez deben interpretarse en este marco. No es evidente qué medidas concretas puede adoptar Israel contra España, pero sí es evidente que forman parte de una estrategia de presión dirigida a cualquier actor que cuestione su actuación.

El problema es que esta dinámica introduce un factor adicional de inestabilidad en un sistema internacional ya tensionado por conflictos múltiples: Ucrania, Oriente Medio, rivalidad entre potencias y crisis energética global.

Más allá de sus objetivos inmediatos, la política de Netanyahu está teniendo un efecto cada vez más visible: el deterioro acelerado de la posición internacional de Israel.

El país que durante décadas proyectó una imagen de democracia dinámica y de innovación social —desde los kibutz hasta la institucionalidad de sus primeras décadas— aparece hoy crecientemente aislado, cuestionado y con un capital diplomático en erosión. También hay que recordar que la construcción del moderno Estado de Israel se hizo a costa de la expulsión de muchos palestinos de sus hogares y tierras, dato que se omitía en los discursos sobre la región hasta épocas recientes.

Lejos de reforzar su seguridad, esta estrategia multiplica sus adversarios y debilita sus alianzas. La acumulación de víctimas civiles, la expansión del conflicto a escenarios como Líbano y la negativa sistemática a abrir vías políticas con los palestinos están generando una animadversión creciente no solo en el mundo árabe, sino también en amplios sectores de la comunidad internacional.

Y aquí aparece el punto más delicado: con esta política, Netanyahu no solo deteriora la posición internacional de Israel, sino que compromete su seguridad futura. Al tensionar sus alianzas estratégicas, desgastar su legitimidad y ampliar el número de actores hostiles, está debilitando precisamente los pilares que han garantizado la supervivencia del Estado israelí durante décadas.

En un contexto global marcado por la incertidumbre, Netanyahu no es un factor de estabilización, sino todo lo contrario: un vector de riesgo añadido.

La amenaza, convertida en método, puede ofrecer rendimientos tácticos a corto plazo. Pero a medio y largo plazo tiene un coste evidente: erosiona la legitimidad, amplía el aislamiento y entierra la imagen de un país que, en otro tiempo, aspiró a ser algo muy diferente.

Héctor Santcovsky

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