Paradojas de la guerra

El mundo no entra en guerra: se desliza hacia ella acumulando contradicciones. Lo que estamos viendo hoy en Oriente Medio —y, por extensión, en el tablero global— no es un conflicto clásico entre bloques definidos, sino una constelación de paradojas que desbordan cualquier lógica estratégica coherente. No hay equilibrio, ni siquiera desorden estable: hay superposición de intereses, miedos y cálculos de corto plazo.

Primera paradoja: el liderazgo. Un presidente errático en Estados Unidos, sometido a pulsiones internas y a una agenda electoral permanente, convive con un Pentágono que, aun desconcertado, sigue ejecutando con disciplina. La maquinaria estratégica funciona, pero sin relato claro. Se actúa porque hay que actuar, no porque exista un horizonte definido.

Segunda: los servicios de inteligencia comprenden mejor que nadie los riesgos, pero no necesariamente tienen capacidad de frenarlos. La CIA o el Mossad pueden anticipar escenarios, incluso advertir de las consecuencias, pero el poder político —cada vez más condicionado por urgencias internas— impone dinámicas que desbordan el cálculo racional.

Tercera: el caso de Netanyahu. Su supervivencia política personal parece haberse convertido en una variable estratégica global. Israel, potencia tecnológica y militar, actúa con una lógica que mezcla seguridad legítima y deriva política interna. El resultado es una expansión del conflicto que arrastra a actores que, en condiciones normales, intentarían evitar la escalada.

Cuarta: los actores periféricos. Los hutíes, en Yemen, aparecen como fuerza de choque indirecta en un conflicto que no controlan. Son, en gran medida, carne de cañón en una lógica de proxy war que multiplica la violencia sin resolver ninguna de las causas estructurales. Lo mismo ocurre en Líbano, donde el equilibrio precario puede romperse en cualquier momento.

Quinta: la geopolítica regional. Israel mantiene una vocación de hegemonía en Oriente Medio, pero aspira simultáneamente a normalizar relaciones con Arabia Saudí. Los saudíes, por su parte, comparten la preocupación por Irán con el resto del mundo suní, pero no logran articular una respuesta estratégica coherente. Todos perciben la amenaza, pero nadie consigue ordenar el tablero.

Sexta: la banalización de la violencia. Se legitiman asesinatos selectivos mediante declaraciones públicas que los normalizan. El lenguaje político se ha desplazado peligrosamente: lo excepcional se convierte en rutina, y lo que antes exigía justificación ahora se presenta como inevitable.

Séptima: la economía del conflicto. El precio del petróleo y del gas se dispara, pero no como consecuencia colateral, sino como parte de la lógica misma del sistema. Los productores —y también algunos intermediarios— obtienen beneficios extraordinarios. La guerra no solo destruye: también redistribuye rentas de forma masiva.

Octava: la posición de las grandes potencias. Europa observa, atrapada entre su dependencia energética y su debilidad estratégica. China, por su parte, mantiene un perfil bajo, esperando que el desgaste de otros le permita reforzar su posición sin implicarse directamente. Ambos actores parecen más preocupados por gestionar las consecuencias que por influir en las causas.

En conjunto, lo que emerge no es un nuevo orden internacional, sino la evidencia de su ausencia. La guerra ya no responde a una lógica de bloques ni a objetivos claramente definidos. Es, más bien, el resultado de múltiples incoherencias acumuladas: liderazgos frágiles, intereses cruzados, economías dependientes y sociedades cada vez más polarizadas.

La paradoja final es quizá la más inquietante: todos los actores conocen los riesgos de la escalada, pero ninguno parece capaz de detenerla. No porque falte información, sino porque sobran condicionantes. Y en ese espacio —entre lo que se sabe y lo que se hace— es donde hoy se decide el futuro del sistema internacional.

Héctor Santcovsky

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