EL LOCO DE DIOS EN EL FIN DEL MUNDO 

(RANDOM HOUSE) DE JAVIER CERCAS

Se acercan las vacaciones, esos días de ritmo lento y tardes tranquilas en las que leer se convierte en un placer veraniego. Y no hay nada mejor que dejarse absorber por un buen libro desde la primera página. No es fácil encontrar uno así, pero el último título de Javier Cercas cumple con creces esa premisa: atrapa, conmueve y hace pensar.

Acostumbrada a otro estilo narrativo del autor, esta obra sorprende desde el inicio por su mezcla entre crónica y ensayo,  le da un ritmo envolvente y una riqueza de matices que engancha al lector.

La historia pivota sobre el misterio de la resurrección y la gran pregunta ¿Hay vida después de la muerte? , una pregunta que es resuelta afirmativamente por los creyentes y que es la base del cristianismo, pero Javier Cercas como buen ateo deambula incrédulo a lo largo de la historia, preguntando a todo creyente sobre la pregunta en cuestión, hasta llegar al mismísimo Papa, qué le responderá …….??

Pero esta obra va mucho más allá de su eje principal. Es también un relato de descubrimiento: del paisaje humano y espiritual de un país como Mongolia, de religiones diferentes como el budismo, y del  lazo entre religión y política. Todo ello hilado con maestría, sin dogmatismos, dejando siempre espacio a la duda y a la reflexión.

Abarca un punto reflexivo importante que  hace del lector un personaje más de la historia, no dejan de asaltarte cuestiones y reflexiones sobre las diferentes historias de los personas que intervienen.

Y entre tanta búsqueda intelectual, Cercas introduce una dimensión íntima y entrañable: la figura de su madre, verdadero corazón de esta historia. Ella, empeñada en saber si tras la muerte volverá a reunirse con su marido, encarna la ternura, la fe y la esperanza.

En definitiva, El loco de Dios en el fin del mundo es una lectura reflexiva, provocadora y profundamente humana. Una invitación a pensar, a sentir y a creer, o al menos a preguntarse si hacerlo vale la pena. Como todo en esta vida, es cuestión de fe.

Piedad Vílchez Plaza

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