¿La historia se repite? Pienso que ni las circunstancias ni los personajes que la mueven pueden llegar a ser plenamente coincidentes. Quizás por esto la humanidad nunca aprende y suele caer, una y otra vez, en los mismos errores. No obstante, algunas pautas aparecen de modo cíclico: la identificación (acertada o no) de un enemigo y la llamada a las armas, casi siempre justificada con fines disuasorios y nunca agresivos, se vivió en la Europa de los imperios de 1914 o en la de los totalitarismos de 1939.
A finales de la década de los treinta del siglo pasado, la disuasión pasó por la construcción de una inútil línea Maginot en uno de los bandos o en ineficaces acorazados en el otro, por poner solo dos ejemplos. Y siempre con alguien poniendo exigencias encima de una mesa, al que se hacían concesiones. Pero ni las armas ni los favores condujeron a la paz. Y para la resolución de los conflictos europeos, siempre acababa interviniendo el gigante norteamericano.
Acabada la guerra fría, quedamos instalados en un conformismo que parecía permanente. La guerra de los Balcanes fue un primer aviso de que determinados errores no se habían superado y la de Ucrania ha sido la demostración contundente de que permanecemos en un equilibrio inestable.
No obstante, durante estos años Europa ha ensayado la construcción de una Unión, incompleta y parcial, que se ha demostrado eficaz en la resolución de algunas problemáticas (como el caso reciente de la Covid-19) y que sin duda ha sido motor de un desarrollo económico. Se ha avanzado también en la implantación de derechos: laborales, de mercado, de género, de igualdad, de libertad, etc. Las políticas ambientales y energéticas se han situado en el núcleo central de las acciones nacionales de gobierno, impulsadas por directivas claramente enfocadas a la sostenibilidad. Otras políticas (como por ejemplo las de inmigración o defensa común) han quedado claramente rezagadas.
La mayoría de estos avances ha sido a impulso de la izquierda, sobre todo de la socialdemocracia, aunque la aparición primero de partidos “verdes” y después de “izquierda en teoría más a la izquierda”, necesarios para la gobernabilidad en algunos casos, han dado sin duda impulso a determinadas políticas progresistas, demasiados años encalladas. En todo este proceso, una derecha en teoría moderada ha aceptado cambios (aunque sea a regañadientes, como en el caso de la Agenda Verde) o al menos hasta ahora, al gobernar, no ha modificado leyes básicas para retornar a posiciones del pasado.
Cuando este panorama parecía definitivamente instalado, se ha producido un cambio rapidísimo de paradigma con avances significativos de la derecha más extrema, que ha llegado al poder en algunos casos y en otros ha condicionado gobiernos por mor de la aritmética parlamentaria. La llegada de Trump al gobierno de los EUA añade un factor de inestabilidad, con políticas que no atienden a los postulados imperantes hasta el momento y con modos y maneras de ejercerlos muy distintas y amenazantes. En pocos días se implantan aranceles como arma de presión, se deportan inmigrantes sin papeles de manera ignominiosa, se amenaza con un infierno en Gaza (como si ahora estuvieran en el paraíso) y suenan tambores de guerra que desatan una carrera a invertir recursos en armarse.
Y de repente nos damos cuenta de que la extrema derecha ha construido un discurso amenazante y sin vergüenzas: hablan del dogmatismo climático, rechazan todo tipo de inmigración, hay quien sostienen que la Tierra es plana y que las vacunas son un peligro en lugar de la solución, proponen todo tipo de recortes a derechos sociales e individuales, etc. Y un ejemplo reciente: Mazón se ha echado en manos de VOX para aprobar unos presupuestos que le ayuden a mantenerse en el cargo, aunque además de todo lo anterior, deba olvidarse de la memoria histórica y de ayudas económicas para la lengua propia. El PP de Feijó se ha apresurado a aplaudir y muy probablemente el modelo de repique en otras autonomías.
De los 27 estados miembros de la Unión Europea, solo cinco tienen gobiernos de izquierda o centro izquierda. Es un dato preocupante que demuestra el retroceso de las posiciones progresistas ante el embate de la extrema derecha, de la que a veces nos salvamos por muy poco (como recientemente en Alemania). Pienso que la izquierda anda más preocupada en la construcción de cinturones sanitarios y en el “tú más” que en la construcción de un discursos claro, coherente y estimulante, sobre todo para las generaciones jóvenes, sorprendentemente atraídas en algunos casos por la parafernalia fascista.
Sobra discurso falso de la derecha, falta discurso sólido de la izquierda. Así nos va.

Ferran Vallespinós
Doctor en Biologia i Investigador del CSIC
Alcalde de Tiana (1995’2007)
