
Lina Gálvez es catedràtica de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla y entiende la economía como una ciencia que se autodenomina técnica, pero que en realidad está cargada de ideología. Una ideogía androcéntrica y racista que desvaloriza cualquier trabajo realizado por mujeres, de ahí las brechas salariales y, también, la falta de consideración como valioso del sector de los cuidados, del trabajo doméstico de cada día que recae mayoritáriamente sobre la mujer
En el libro de Gálvez, los cuidados se reconocen como una dimensión de la vida humana que también es económica, en la medida en que comporta el uso de recursos escasos, materiales e inmateriales, de energía y tiempo, con costes directos o indirectos evidentes, y la realización de un auténtico trabajo que satisface las necesidades humanas básicas, y no sólo. Igualmente, los cuidados se reconocen y analizan como parte esencial de los problemas sociales, las políticas públicas o el análisis económico.
La última crisis ha puesto de manifiesto el valor de los cuidados, especialmente en una sociedad que envejece a pasos de gigante. Los recortes se dirigen precisamente al gasto social, porque es ahí donde se producen las nuevas oportunidades de negocio, en un sector, que como recuerda Maria Freixenet, no puede deslocalizarse.
La crisis aparece en el debate. Y Núria Parlón nos recuerda que no fue nada más que un gran negocio que sirvió para socializar las pérdidas de las grandes corporaciones y optimizar sus beneficios, En definitiva, una estafa basada en un gran engaño.
Y el engaño sigue con las soluciones adoptadas, como las políticas de austeridad, que de entrada ya lo hacen con su denominación. No ponen en marcha una auténtica y necesaria austeridad sino que usan ese término para culpar indebidamente a quien no ha provocado lo males que sufrimos. En realidad, son una versión actualizada de las viejas políticas deflacionistas que vienen desarrollándose sobre todo desde los años ochenta como soporte de la respuesta neoliberal a la gran crisis estructural que se desencadenó en las economías capitalistas, incluso ya antes del comienzo de los años setenta del pasado siglo. Se trata de políticas que buscan la devaluación salarial, el fomento de las privatizaciones, y la reducción del gasto social pero que son todo lo contrario de austeras a la hora de ayudar y rescatar a la banca y a las grandes empresas.
Políticas de austeridad que dejan a grandes capas de la población excluidas del sistema, que dinamitan los posibles ascensores sociales como la educación pública, que frenan los avances en igualdad, y muy en particular la igualdad de género pues, al recortar principalmente el gasto social, las mujeres se ven especialmente perjudicadas como principales usuarias de estos servicios, como principales empleadas y sobre todo como sustitutas “naturales” al trasladarse a las familias la responsabilidad sobre la provisión de los servicios que ya no se proveen, o que se han encarecido o deteriorado. Son políticas incompatibles con el bienestar y la dignidad de las personas sino incluso con la vida a causa de los recortes en sanidad y el deterioro alimentario o habitacional que en muchas ocasiones lleva a la desesperación que acaba en suicidio.
Pero tanto la izquierda, como la derecha, como el poder en general, es masculino, y las mujeres que se cuelan le son muy útiles al sistema para mostrar que quien quiere y “vale” llega. Las mujeres siguen sin liderar la izquierda porque vivimos en una sociedad patriarcal que atribuye la autoridad a los hombres.
No obstante, cualquier propuesta y alternativa de transformación social hacia un mundo más justo e igualitario tiene que ser feminista ya que el feminismo es la apuesta teórica, social y personal que aboga claramente por una sociedad donde todas las personas, independientemente de su nacimiento, opciones vitales, tenga la oportunidad y las capacidades para vivir una vida que consideren digna de ser vivida. Porque el feminismo pone la vida en el centro y no la acumulación, porque el feminismo habla de respeto y tolerancia. Y porque desde el feminismo se tiene en cuenta no solo lo mercantil sino las actividades que son necesarias para el sostenimiento de la vida de las personas que deben ser abordadas de manera corresponsable y no tremendamente desigual como en la actualidad.
