Estados Unidos camina hacia elecciones de medio mandato. Sus resultados pueden condicionar muchos aspectos de la política no solo en EE.UU. sino también en todo el mundo por la actitud disruptiva, errática, megalómana, disfuncional, antimultilateral y autoritaria de Trump. Su propuesta busca el declive de la democracia y cuenta con importantes seguidores o imitadores allá donde vaya.
Es por eso que lo que ha demostrado la situación de las democracias iliberales es que el declive de la democracia no tiene por qué anunciarse con tanques en las calles o papeletas que desaparecen. El camino más encubierto es otro: las elecciones se celebran como de costumbre, el parlamento sesiona como de costumbre, pero los gobernantes utilizan los recursos públicos para hostigar a los adversarios, presionan a la prensa y erosionan los controles sobre el Ejecutivo.
Steven Levitsky, Lucan Way y Daniel Ziblatt señalaron con claridad a finales de 2025 en Foreign Affairs que Estados Unidos bajo el segundo mandato de Trump ya ha entrado en el «autoritarismo competitivo»: «los partidos compiten en elecciones, pero los gobernantes abusan sistemáticamente del poder para castigar a los críticos y hacer que las reglas del juego perjudiquen a la oposición». Al mismo tiempo, subrayan que esto no significa que el declive sea irreversible, pero el peligro radica en que la gente demócrata y de progreso se deje llevar por «la complacencia y el fatalismo»: creer que «de todas formas ya está todo perdido» y por eso no votar, no litigar, no salir a la calle.
Tres informes independientes, un mismo diagnóstico
El Instituto V-Dem de Suecia, en su Informe sobre la Democracia 2026, anunció que Estados Unidos pierde por primera vez en sesenta años su estatus de «democracia liberal» y desciende a la categoría de «democracia electoral». El índice de democracia liberal cayó de 0,75 a 0,57, una caída del 24%, la mayor en la historia del país. Su ranking mundial pasó del puesto 20 al 51.
Cinco puntos resumen el modelo: concentración del poder ejecutivo, abdicación del Congreso de su papel de control constitucional, desacato a las decisiones judiciales, ataques directos a la prensa y purgas políticas en la administración pública. El informe señala además que la velocidad de «autocratización» de Estados Unidos es la más rápida del mundo en los últimos veinticinco años: Trump logró en un año lo que a Orbán le llevó cuatro en Hungría y a Erdogan diez en Turquía.
El Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (International IDEA), en su informe El estado global de la democracia 2026, concluye que los indicadores clave de la democracia estadounidense han caído a su nivel más bajo en cincuenta años.
Freedom House, en su Informe sobre la Libertad en el Mundo 2026, otorgó a Estados Unidos 81/100 puntos, la puntuación más baja desde la creación del índice en 2002. El informe lo atribuye a tres factores: disfunción legislativa y predominio del poder ejecutivo, presión creciente sobre la libertad de expresión y debilitamiento de las garantías anticorrupción.
Estos tres informes provienen de tradiciones metodológicas diferentes. No obstante, idéntica conclusión: la erosión de la democracia no ocurre el día de las elecciones, sino cada día entre elecciones.
El juicio de Levitsky y sus coautores tiene criterios claros: el «autoritarismo competitivo» no depende de si se celebran elecciones, sino de si se cumplen simultáneamente tres condiciones: que las elecciones, aunque competitivas, no sean justas; que los gobernantes abusen sistemáticamente de la maquinaria estatal para reprimir a la oposición; y que el espacio para la organización y la campaña de la oposición esté severamente reducido. Lo que busca Trump.
No es un final inevitable
El concepto de «autoritarismo competitivo» fue precisamente formulado de manera sistemática por Levitsky y Way en 2004 en el Journal of Democracy. Veinte años después, ese mismo concepto se utiliza para diagnosticar su propio país.
Pero estos académicos insisten en un punto: esto no es irreversible. Levitsky señala que «Estados Unidos está en una posición muy buena para resistir, la sociedad civil es muy fuerte». La salida pasa por combatir en tres frentes simultáneos: las elecciones, los tribunales y la calle. El enemigo más peligroso no es la represión en sí, sino el fatalismo de «creer que todo está ya decidido».
Ese es el reto de las democracias delante del autoritarismo de los iliberales, ciertos populismos y la extrema derecha. Ese es el reto que debe proponerse la movilización para evitar el ascenso de los modelos iliberales y autoritarios.
Héctor Santcovsky

