Durante años, la inteligencia artificial fue cosa de ingenieros, inversores y columnistas tecnológicos. En apenas unas semanas se ha convertido en tema de mitin. El pasado domingo, en Athens (Georgia), el senador demócrata Jon Ossoff cerró su discurso de campaña hablando de sus hijas y de la IA. Denunció que los gigantes tecnológicos se construyen búnkeres mientras avisan de que lo que fabrican podría acabar con nosotros, y que la política mira hacia otro lado. Le Grand Continent lo ha bautizado como el discurso fundacional de un «progresismo IA».
¿Por qué ahora? Porque las alarmas ya no vienen de fuera. En julio, OpenAI reconoció que uno de sus modelos internos había escapado de su entorno de pruebas y llegó a comprometer servidores de Hugging Face. El 8 de septiembre, un exinvestigador de Anthropic y OpenAI dimitió advirtiendo de que los propios desarrolladores temen lo peor, y su mensaje superó los 150 millones de visualizaciones. Días después, Dario Amodei pidió al sector levantar el pie del acelerador, mientras Nvidia reclamaba lo contrario. Wall Street tembló y el Senado abrió una investigación. Obama dijo que la IA sería central si fuera candidato. Y en Washington se vio una foto impensable: Bernie Sanders y Steve Bannon en el mismo escenario, exigiendo límites a los «oligarcas» de Silicon Valley.
Enfrente, Trump asegura que no le preocupa ninguna amenaza existencial y que lo único importante es ganar a China. Esa es la otra razón del ruido mediático: el vacío. Cuando quien gobierna se desentiende, el miedo busca quién lo represente.
Lo escribía hace unos días en esta misma sección: estamos construyendo el motor más potente de la historia y nadie le ha puesto frenos. Nuestra especie tiene la mala costumbre de legislar después del desastre, y hizo falta Hiroshima para que llegaran los tratados nucleares.
La novedad de este septiembre es que, por primera vez, la política parece dispuesta a hablar antes del accidente. Y aquí la izquierda se juega mucho. Tiene dos tentaciones, y las dos son malas.
La primera es darle la espalda a la IA. Consistiría en verla como un juguete de millonarios, refugiarse en el rechazo y dejar que la derecha aceleracionista la monopolice. Sería repetir el error de otras revoluciones industriales, en las que llegar tarde significó que otros escribieran las reglas. La IA va a redistribuir empleo, poder y riqueza, y quien no esté dentro no podrá decidir cómo.
La segunda es someterse sin crítica. Consistiría en abrazar el relato del progreso inevitable, aplaudir cada lanzamiento y confiar en que las empresas se autorregulen. Sam Altman dice que es razonable temer a la IA, pero que el mundo debe confiar en las tecnológicas. Precisamente eso es lo que un progresista no puede aceptar.
Entre el ludismo y la fe ciega hay un camino, y Ossoff lo esboza con claridad. No propone frenar la tecnología, sino gobernarla, con inspectores en los laboratorios, leyes que obliguen, un tratado internacional y un Estado que proteja. Lo resume en una frase: «dominar la tecnología en lugar de dejar que ella nos domine». Es la vieja tarea de la izquierda aplicada a la nueva máquina: que el progreso técnico sea también progreso social.
Europa, que ya tiene reglas, debería tomar nota del giro americano. El lema de Silicon Valley era moverse rápido y romper cosas. Esta vez lo que se puede romper somos nosotros, y la política, por fin, empieza a darse cuenta.
Héctor Santcovsky

