“La gente quiere vivir bien, ya no quiere morir: quiere divertirse…Antes la política nos trajo soñar y eso nos trajo el desastre”. Gilles Lipovetsky
Las palabras del filósofo francés reflejan muy bien las sociedades de hoy. En este sentido, los nuevos discursos políticos cargados de utopía e idealismo, que buscan “asaltar los cielos” o el “viaje a Ítaca” han generado unas expectativas desmesuradas que llevan a la desilusión cuando no a la desafección. Al final, solo les queda capitalizar y explotar políticamente el negocio del malestar, cuando la política debería ser fundamentalmente el “aprendizaje de la decepción” como diría el ensayista Daniel Innerarity.
Ante estas nuevas realidades, se hace necesario un cambio no solo de mentalidad, sino también del ropaje ideológico y emocional en el que estamos asentados. Habría que dejar a un lado la política en su concepción más heroica y de fe para llevarla a terrenos más analíticos y pragmáticos. O lo que es lo mismo, menos ideología y más evidencias empíricas.
Tiempo para escucharse
Desde la realidad política actual, necesitamos nuevos relatos frescos que ayuden a conectar con la ciudadanía que ya no se siente identificada con la política tradicional y no copiar “estrategias agresivas propias de los extremismos”, en palabras de Antoni Gutiérrez.
Se debe abrir, por tanto, un tiempo de sosiego, la política está necesitada de ello, y no el de trifulcas, broncas y algaradas. Este discurso agresivo y maleducado que se vive en nuestro país y más allá de nuestras fronteras, con los Trump, Abascal y compañía tiene enormes peligros y fatales consecuencias como estamos viendo.
Los demócratas y los progresistas en general, debemos levantar la bandera de las buenas formas, del diálogo y la moderación, y también por supuesto de la crítica. Un nuevo relato capaz de enfrentarnos al miedo, al malestar, a las emocionalidades extremas, pues como se sabe al final o detrás de todo ello están los salvadores de la patria y los radicales de todo signo.
¿Andalucía o cambio de ciclo?
Las recientes elecciones en Andalucía deberían servir para madurar y asentar las nuevas estrategias políticas y comunicativas y más en la era de la desinformación que el universo digital construye. La inseguridad y el miedo que tanto publicitan es una de las causas del aumento del voto más radical, que casi pide manu militari.
En estos momentos me viene a la memoria la figura de Salvador Illa, uno de los políticos que ha sido capaz de cambiar la deriva política de tensión y zozobra que vivía la sociedad catalana. Su discurso es para enmarcar. Illa habla de rebelarse contra la resignación, de tender lazos, de buscar razones en el adversario, de comprenderlo. Illa se pregunta cuándo dejamos de hablarnos los catalanes; cuándo decidimos construir un “nosotros y un ellos”; cuando empezamos a repartir etiquetas; cuando llegaron los frentes y los bandos. ¡Aquí no sobra nadie!, dice, Cataluña somos todos. No renuncio a mi catalanidad, ni a mi españolidad y europeísmo.
Desde luego, hoy, estamos necesitados de líderes que orienten, que serenen, que dialoguen. Es el discurso del futuro, el discurso de la convivencia y no el de seguir hurgando en la fractura civil. Es la hora, dirían los ilustrados, de “re-pensar” España, más allá de las trincheras políticas y de los traumas históricos que parecen corsés anticuados que la inmovilizan.
J. Ramón Martínez
Periodista

