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1 de Mayo anti ultraderecha

Cada año, cuando llega el 1 de Mayo, el movimiento sindical tiene la obligación de hacer dos cosas al mismo tiempo: mirar hacia atrás para recordar de dónde venimos, y mirar hacia adelante para saber a qué nos enfrentamos. Este año, ambas miradas nos llevan al mismo lugar: la calle. Y la calle, hoy más que nunca, debemos tener claro que debe ser nuestra, que tenemos que pelearla.

Un día que no es simbólico: es político. Esa política que nos quieren hacer creer que está denostada, que no sirve para nada. No lo hacen por casualidad, quieren instalar una desidia, acompañada de un odio a los partidos de izquierda y los sindicatos de clase para que los ciudadanos y ciudadanas confundidos crean que no sirve para nada y dejen en manos de estos políticos de la mentira, el engaño y el negacionismo el futuro de nuestras vidas.

Hay quienes quieren reducir el Día Internacional de los Trabajadores y las Trabajadoras a una fiesta folklórica, a un día festivo, sin trabajo y más este año que para desgracia de la convocatoria cae en viernes, así que muchos aprovechan para ir de excursión, hacer un puente a la casita rural de turno o simplemente aprovechar que ya está aquí el buen tiempo y hacer el aperitivo en familia. Desde los sindicatos de clase lo decimos con claridad: el 1 de Mayo no es un día de descanso, es un día de lucha. Es la memoria viva de los que murieron defendiendo los derechos y la lucha de clases, de las mujeres que murieron cosiendo en fábricas sin salida, de generaciones enteras que arrancaron con sus manos derechos que hoy algunos dan por sentados y otros directamente quieren eliminar.

La jornada de ocho horas, la negociación colectiva, las vacaciones pagadas, la baja por maternidad y paternidad, la protección frente al despido arbitrario: todo eso tiene nombre y apellidos. Se llama lucha sindical. Y se conquista en la calle, en la negociación y, cuando hace falta, en la huelga.

La ultraderecha ataca lo que no entiende, o lo que teme. En el contexto político actual, el sindicalismo enfrenta un enemigo que no es nuevo pero sí ha ganado altavoz y escaños: la ultraderecha. Su discurso es conocido. Nos llaman privilegiados, insultos como come gambas, que tenemos chiringuitos, nos acusan de defender a los que no quieren trabajar, presentan los convenios colectivos como trabas a la libertad empresarial y la huelga como un chantaje, un sabotaje a la economía, dominada cada vez más por una minoría.

Detrás de esa retórica hay una agenda muy concreta: desregular el mercado laboral, debilitar la negociación colectiva, criminalizar la protesta y devolver al trabajador/a a lo individual -solo, sin red, sin voz, sin ayuda- frente a la empresa. Es el modelo del “sálvese quien pueda” disfrazado de libertad.

Desde los sindicatos de clase lo nombramos sin rodeos: eso no es libertad. Es la libertad del pez grande para comerse al chico. La ultraderecha no defiende a los trabajadores/as; defiende a quienes los explotan, defienden sus intereses.

Frente a ese discurso, la respuesta sindical no puede ser la del silencio ni la de la queja resignada. Tiene que ser la organización, la movilización y la pedagogía. Cada afiliado/a, cada delegada sindical, cada persona que sale a la calle el 1 de Mayo, está respondiendo a ese ataque con la única herramienta que siempre ha funcionado: la unidad y la protesta.

Por otro lado tenemos otro gran problema que nos une este 1 de mayo: la vivienda,  el nuevo frente de la precariedad.

Si hay una cuestión que en los últimos años ha pasado de ser un problema de urbanismo a ser una emergencia social, esa es la vivienda. Y desde los sindicatos de clase tenemos que hablar de ella en este 1 de Mayo, porque la vivienda es una cuestión laboral. Es un problema de clase.

Los datos son devastadores. En las grandes ciudades y zonas turísticas, los alquileres han subido entre un 40% y un 70% en la última década. El salario medio de un trabajador/a joven en este país no alcanza para pagar el alquiler de un piso de dos habitaciones en Madrid, Barcelona, Málaga o San Sebastián sin dedicarle más del 50% de sus ingresos. Las familias trabajadoras están siendo expulsadas del centro de las ciudades hacia la periferia, hacia municipios cada vez más alejados de sus puestos de trabajo, asumiendo costes de transporte que se comen otra parte de ese salario ya maltratado.

Mientras tanto, los fondos de inversión, los grandes tenedores y las plataformas de alquiler turístico siguen vaciando el parque de vivienda asequible, convirtiendo lo que debería ser un derecho en un activo financiero. La especulación inmobiliaria no tiene patria ni escrúpulos: solo rentabilidad.

Esto tiene consecuencias directas sobre las condiciones de trabajo. Un trabajador/a que dedica el 60% de su salario al alquiler no puede permitirse rechazar un empleo precario. No puede negarse a hacer horas extra no pagadas. No puede sindicarse sin miedo y porque le cuesta llegar a fin de mes. La precariedad habitacional alimenta la precariedad laboral, y viceversa. Es un círculo vicioso que solo se rompe con políticas valientes y con un movimiento sindical fuerte.

Desde  exigimos un parque público de vivienda en alquiler asequible a escala real, no simbólica. Exigimos regulación efectiva de los precios del alquiler. Exigimos que los ayuntamientos y comunidades autónomas utilicen las herramientas que ya tienen -y que muchos no usan- para poner límites a la especulación. Y exigimos que el derecho a la vivienda deje de ser papel mojado en la Constitución para convertirse en una realidad.

La respuesta sindical es clara, organización y presencia. Ante este panorama, hay quienes se preguntan para qué sirve el sindicato hoy. La respuesta es sencilla: para exactamente lo mismo que siempre. Para estar al lado del trabajador/a cuando nadie más lo está. Para negociar lo que de otra manera se impondría. Para denunciar lo que el poder preferiría que calláramos. No renuncia a ninguno de sus frentes. Seguiremos en la mesa de negociación colectiva defendiendo salarios que no pierdan poder adquisitivo frente a la inflación. Seguiremos exigiendo la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas semanales como herramienta de reparto del trabajo y de conciliación real. Seguiremos apostando por una transición ecológica justa que no deje abandonados a los trabajadores/as de los sectores en transformación. Y seguiremos en la calle.

El 1 de Mayo no termina el 2 de mayo. La lucha sindical no tiene fecha de caducidad sin todos los días, es una lucha de fondo que nunca acaba.

A quienes dudan: aquí seguimos

A los trabajadores y trabajadoras que se preguntan si merece la pena organizarse, les decimos: sí. Ahora más que nunca. Precisamente cuando las condiciones son más duras, cuando el discurso antisindical tiene más altavoces, cuando la precariedad se normaliza y el cinismo se disfraza de realismo. A más agresividad más respuesta, a más insulto más movilización.

Los derechos que hoy tenemos no cayeron del cielo. Los arrancaron quienes nos precedieron a base de organización y sacrificio. Y si queremos que las próximas generaciones tengan más derechos -no menos-, la responsabilidad es nuestra.

Este 1 de Mayo, a la calle.

¡Viva el 1 de Mayo! ¡Viva la clase trabajadora!

Victoria Corbacho

Sindicalista de UGT-SP

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