Nos asustan de pequeños, nos cuentan horribles cuentos, usando el miedo como escudo protector porque para la prudencia y la conciencia creen que no estamos preparados. Y así nos educan y después nunca se es suficientemente grande para superar el miedo. Nos intimidan, y nos dicen que vendrá el coco y te comerá, si no te duermes, si no haces caso. No tendrás regalos, porque los reyes te están mirando. No te portes mal, porque Dios sabe lo que haces. Y así, las normas, se inculcan a fuego no por convencimiento sino por vencimiento.
Me quiero negar, en la medida de lo posible, a usar el miedo para explicar el absoluto horror en todos los sentidos que nos acecha como humanidad con el avance imparable de las derechas y las extremas derechas.
Quiero que al mundo le mueva el amor y no el pavor. Y que sea el orgullo de vivir en libertad y no la amenaza a perderla la que nos haga abrir los ojos y la boca para ver lo que nos acecha y gritar que no lo queremos.
Me gustaría, mucho, no tener que recordar que Hitler llegó al poder ganando unas elecciones, a través del odio profundo a los judíos y el uso de la demagogia y el marketing para convencer o dejar hacer con el dogma de que todo ese pueblo merecía ser exterminado.
Sería fantástico, que todo aquel que está comprando y asumiendo el discurso de la ultra derecha sobre la inmigración, pudiese valorar con criterio y en base a los datos si la percepción es real o impuesta. Hablar de separar delincuencia de inmigración sin que la generalización o el estigma imperen.
Pero no suele funcionar. En su lugar, las mentiras con nombre nos quitan el trabajo, nos roban, no pagan igual que nosotros, les ayudan más que a mí y viven en guetos sustituyen el espejo dónde no vemos nuestra propia intolerancia. Esa de la que acusamos al prójimo, solo por ser diferente.
Sus costumbres son las raras, no las nuestras. Sus formas las desordenadas, no las nuestras. Su integración la insuficiente, y no… nunca la nuestra.
Me encantaría, no tener que usar el van a venir. Van a aprovechar esta era de desinformación provocada por el exceso de la misma, para reducir tus derechos, para eliminar la igualdad, para reinstaurar los privilegios, para volver a premiar al que más tiene para que pueda seguir siendo más y más y más sobre el que menos. Van a volver a decirnos qué podemos leer y que no, y si les apuras volverán a discutir lo que podemos hablar y lo que no. Y no, no quiero tener que asustaros y usar este miedo que tengo a que otra vez las mujeres tengamos que hablar de violencia doméstica, como si pegarnos, ultrajarnos, matarnos fuera una cosa que pasa de puertas adentro y no de manera estructural. Y no como un problema social.
No quisiera deciros que si dicen que el feminismo ha ido demasiado lejos es solo porque el machismo no quiere perder posiciones y aprieta fuerte. Y que si le dejamos, nos podemos ver como el Cuento de la criada. Y no tan ficticio. Como una mujer, cualquiera, no pudiendo abrir una cuenta en un banco, no pudiendo estudiar, no pudiendo elegir. Y no es que pueda llegar a pasar, es que ya ha pasado y es que en algunos lugares del mundo aún pasa.
Y sí, confieso, no quiero usar el miedo pero lo tengo. El progreso, que a todas luces es un término positivo, se da de bruces cuando muchos lo tiñen de demasiado libertino, de excesivo. ¿Excesivo para quién?
¿De qué tenéis miedo?
Ojalá pudiese apelar a la responsabilidad de cada uno, al bien común, a la coherencia, el respeto y la empatía y desde esa torre desde la que puedes otearlo todo (como decían en la fantástica “LA Torre De Suso”, verlo todo desde arriba…) desde ahí decirnos que no podemos permitir que la derecha dé un solo paso más hacia un lugar en el que no todos valemos por igual, no todos tenemos las mismas oportunidades y por lo tanto no todos podremos disfrutar de los mismos derechos.
Porque hoy puedes ser tú el privilegiado, pero mañana pueden venir a por ti. ¿Ves? Vuelvo a usar el miedo.
Pero es que ten cuidado, porque están viniendo…
Irene Jezabel Sánchez

