Europa vuelve a hablar de guerra, y lo hace ya sin eufemismos. No como un ejercicio retórico ni como memoria histórica, sino como hipótesis estratégica. La invasión de Ucrania ha quebrado la idea —confortable pero ingenua— de que la seguridad del continente podía seguir externalizada. El rearme, antes tabú, se ha instalado en el centro del debate político europeo.
En Bruselas, la Comisión plantea reforzar la industria de defensa, asegurar el suministro de munición y avanzar hacia una capacidad disuasiva propia. Alemania ha asumido que la arquitectura de seguridad surgida tras 1945 ya no basta. No se trata de reeditar la Guerra Fría, sino de reconocer que el orden internacional ha entrado en una fase más inestable, donde la autonomía estratégica deja de ser un concepto teórico para convertirse en necesidad material.
Sin embargo, este giro tiene implicaciones que apenas se discuten. Reforzar la defensa significa también reorganizar la economía. Los sistemas militares son intensivos en energía, materiales y tecnología: acero, aluminio, combustibles, semiconductores, logística avanzada. La defensa no es un sector cualquiera; es una de las formas más concentradas de consumo energético e industrial. En plena transición climática, Europa descubre que la seguridad también depende de su capacidad productiva.
La digitalización del conflicto no elimina esta realidad física. Los drones, presentados a menudo como instrumentos “ligeros”, requieren cadenas de suministro altamente sofisticadas, minerales críticos, electrónica compleja y centros de datos capaces de procesar información en tiempo real. La guerra se hace más algorítmica, pero no menos material. Cambia la forma de la energía que utiliza, no su magnitud.
Aquí entra en escena la inteligencia artificial. Los sistemas avanzados —y, en particular, la lógica de coordinación entre múltiples agentes autónomos— están transformando la manera de organizar operaciones, producción, mantenimiento, comunicaciones y gestión del campo de batalla. La superioridad ya no depende sólo del número de armas, sino de la capacidad de integrar datos, industria y energía en sistemas interconectados. La guerra empieza a parecerse a una cadena de valor automatizada.
Este desplazamiento obliga también a repensar el pacifismo europeo. No porque la aspiración a la paz haya perdido legitimidad, sino porque la idea de que bastaba con desearla ha quedado superada por los hechos. Oponer defensa y pacifismo como si fueran términos excluyentes conduce a una simplificación peligrosa. La cuestión ya no es si Europa debe defenderse, sino cómo hacerlo sin erosionar el modelo político y social que pretende proteger.
Existe una diferencia esencial entre un rearme reactivo, guiado por el miedo o la lógica de bloques, y una política de seguridad integrada en un proyecto democrático. El primero tiende a alimentar economías de guerra y tensiones acumulativas. El segundo exige combinar capacidad militar con política exterior, cooperación tecnológica, estabilidad energética y alianzas equilibradas con otras regiones, especialmente en África y el Mediterráneo, donde se dirimen buena parte de las crisis que impactan directamente en Europa.
El verdadero riesgo no es sólo la amenaza exterior, sino la tentación de sacrificar cohesión social en nombre de la seguridad. Si la nueva prioridad estratégica se financia debilitando el Estado del bienestar, Europa podría terminar erosionando desde dentro aquello que dice defender.
El continente se enfrenta así a un dilema histórico: asumir que la paz necesita respaldo material sin renunciar a la tradición política que convirtió la cooperación en su mayor innovación. Prepararse para defenderse será inevitable. Convertir esa preparación en el eje único del proyecto europeo sería, en cambio, una derrota anticipada.
La cuestión de fondo sigue siendo la misma, aunque en un contexto radicalmente distinto: cómo garantizar seguridad sin dejar de construir paz. Esa tensión —más que los presupuestos militares— definirá la Europa que está naciendo.
Héctor Santcovsky