Hace poco tiempo escribíamos aquí mismo un comentario sobre un texto de Moisés Naím a la luz de nuevas lecturas sobre el poder. Y no es casual. Cuando hablamos hoy de poder solemos pensar que nos movemos en coordenadas inéditas: Trump, Putin, los autoritarismos iliberales, o incluso las democracias formales europeas tensionadas desde dentro. Sin embargo, basta con un mínimo de perspectiva histórica para constatar que no hay nada radicalmente nuevo bajo el sol. Casi todo lo que conocemos ya tuvo su momento estelar —como diría Stefan Zweig— en figuras como Alejandro Magno, Julio César, Atila, Napoleón o Catalina la Grande. Maquiavelo primero, y después Mazarino y Fouché, no inventaron el poder: lo sistematizaron.
El sábado 3 de enero asistimos a un nuevo episodio de ejercicio arbitrario del poder. La supuesta “captura” de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos para ser juzgado por narcotráfico se suma a la larga lista de despropósitos a los que nos tiene acostumbrados Donald Trump. No solo por la flagrante vulneración del derecho internacional y el desprecio a la soberanía nacional, sino por un estilo político marcado por el desentendimiento sistemático de las normas básicas de la diplomacia, el abuso de la fuerza y una lógica de hechos consumados que refuerza —paradójicamente— las posiciones iliberales más duras.
Que Maduro sea un dictador corrupto y represivo no admite demasiada discusión. Pero en política, las formas no son un detalle menor: son parte sustantiva del fondo. Lo sabían bien Mazarino y Fouché, maestros en la gestión del poder sin escrúpulos, pero también conscientes de que la eficacia política exige cierta coherencia estratégica. Aquí no hay ni una cosa ni la otra. La acción se ejecuta sin marco legal sólido, sin alianzas claras y con una narrativa tan improvisada como contradictoria.
Resulta especialmente revelador que, en el mismo movimiento, la administración Trump se desentienda de los llamados “representantes legítimos” de la oposición venezolana —González y Machado—, vaciando de contenido el discurso democrático que decía defender. La escena recuerda más a una operación de policía imperial que a una acción orientada a restaurar derechos o instituciones.Y, como telón de fondo, reaparece una vieja alianza: la de los intereses económicos, particularmente petroleros, con la razón de Estado más descarnada.
En ese sentido, el episodio no debilita a los autoritarismos; los legitima. No corrige el abuso de poder: lo normaliza. Y confirma que, en este nuevo ciclo político, el poder ya no se disfraza siquiera de virtud. Como en tiempos de Fouché, la moral se invoca solo cuando resulta útil, y se descarta sin pudor cuando estorba.
Lo verdaderamente novedoso no reside tanto en las lógicas profundas del poder como en su recomposición actual. Asistimos a la formación de nuevas oligarquías, al aprovechamiento estratégico de las formalidades democráticas y al uso decidido de tecnologías disruptivas —desde la inteligencia artificial hasta la aplicación de algoritmos para influenciar en las redes sociales— que están transformando las formas de control, persuasión y dominación. El poder ya no necesita imponerse de manera visible: se infiltra, se automatiza y se normaliza.
En este sentido, el cardenal Mazarino fue un pionero. Gran arquitecto silencioso del Estado francés, gobernó sin épica ni carisma popular, apoyándose en la diplomacia, las finanzas y una comprensión fina de los equilibrios de poder. Su legado no fue un relato heroico, sino una maquinaria estatal más densa, centralizada y eficaz. Tony Judt habría visto en él una figura clave del tránsito europeo del heroísmo político hacia la administración racional, un proceso lleno de ambigüedades morales y costes democráticos.
Joseph Fouché encarna una versión aún más inquietantemente moderna del poder. Revolucionario, jacobino, termidoriano, ministro de Napoleón y servidor de la Restauración, su coherencia no fue ideológica sino funcional. Gobernó la información, la policía, los archivos y el miedo. Moisés Naím lo habría reconocido como un precursor del poder contemporáneo: fragmentado, indirecto, basado en redes, datos y capacidad de supervivencia más que en legitimidad formal. Michel Foucault entendió que la eficacia del poder no reside tanto en la violencia visible como en la administración cotidiana de la información, la vigilancia y la normalización de las conductas que, al analizar el paso del poder soberano al poder disciplinario y biopolítico, demuestra como el control se ejerce de forma difusa, continua y muchas veces invisible.
Pensadores como Naím llevan años analizando estas mutaciones del poder. Desde otras ópticas, Freud, Michel Foucault, Byung-Chul Han o Nancy Fraser han ido sistematizando nuevos resortes: el deseo, la vigilancia, la autoexplotación, el descrédito institucional, las nuevas formas de dominación simbólica y material. Por eso hoy es más necesario que nunca ser rigurosos. No basta con denunciar líderes autoritarios o derivas iliberales. Se requieren nuevas estrategias intelectuales y políticas para enfrentar un poder perverso que opera desde dentro de las instituciones, que se legitima formalmente y que amenaza con consolidar un nuevo orden autoritario sin necesidad de romper explícitamente la democracia.
Héctor Santcovsky