«Metrópolis» (1927) de Fritz Lang.
Gustav Fröhlich, Brigitte Helm, Alfred Abel, Rudolf Klein-Rogge, Fritz Rasp, Theodor Loos.
Hace unos dias tuve la oportunidad de ver una versión restaurada y reconstruida a partir del maltratado original. Y he de expresar lo mucho que me maravilla que, hace casi 100 años, alguien fuese capaz de crear una genialidad como ésta.
Lang imaginó una polis del futuro en la que la división de clases es llevada hasta las últimas consecuencias. Y dicha división se halla marcada por la abismal diferencia entre una clase y otra tanto en la calidad de vida como en la separación física. Tanto es así, que la solvente clase pensante, dirigente e intelectual habita en la opulenta zona más elevada de la polis, mientras la clase obrera mísera y oprimida se ve relegada a la ratonera de la zona inferior. Una clase y otra no entablan el menor contacto entre sí, a no ser con el cometido de que los obreros reciban las órdenes de sus superiores. Y, aún así, siempre hay intermediarios para dicha función.
Fritz Lang no fue solo un director. Fue un profeta visual. Nacido en Viena en 1890, su vida es una novela de destierro, perspicacia y una obsesión por los límites de la humanidad. Sus experiencias en la Primera Guerra Mundial, su huida del nazismo (cuando, según contaba, Joseph Goebbels le ofreció dirigir la cinematografía del Tercer Reich) y su mirada siempre escéptica hacia el poder, moldearon una filmografía que es un diagnóstico del siglo XX.
Lang no contaba una historia; la construía. Los sets de Metropolis eran monumentales. La escena del cambio de turno, con los trabajadores marchando al unísono, se convirtió en el símbolo definitivo de la alienación industrial. Los efectos especiales, obra del genio de Eugen Schüfftan, siguen siendo sobrecogedores. La transformación de la máquina en el Moloch que devora a los obreros es una de las metáforas visuales más potentes jamás filmadas.
Joan Bibian

