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El estereotipo como programa político: la simplificación como arma ideológica

En Riling Up the Base (2025), Anastacia Kurylo e Ian Reifowitz proponen una tesis provocadora: Donald Trump movilizó emociones viscerales mediante estereotipos para crear conexión emocional y cohesión tribal, más que basada en argumentos o propuestas programáticas elaboradas. Su éxito radica en repetir narrativas simples que construyen un “otro” enemigo —inmigrantes, feministas, racializados, liberales o vulnerables— que une a su base.

Este fenómeno no es exclusivo de EE. UU. La extrema derecha global —de Vox en España, Javier Milei en Argentina, Marine Le Pen en Francia, hasta Giorgia Meloni en Italia— disputa el poder creando un sentido común emocional. Los estereotipos son herramientas políticas deliberadas, pues “funcionan porque no exigen verificación y ofrecen claridad emocional inmediata” (Kurylo y Reifowitz).

Este análisis conecta con la semiótica, que estudia signos simplificados con significado, y la psicología política, que explora la necesidad humana de pertenencia y resistencia a la complejidad. Hoy no se requiere una ideología compleja, sino una comunidad emocional que busque reafirmación frente a amenazas percibidas. Resentimientos y temores se amplifican en plataformas digitales, donde algoritmos priorizan la indignación por sobre la reflexión (Tufekci, 2018).

Giuliano Da Empoli, en Los ingenieros del caos (2019), añade que los líderes populistas no crean discursos racionales, sino emociones colectivas convertidas en series adictivas tipo Netflix: breves, intensas y altamente identificatorias, generando pertenencia más que proyectos políticos.

Kurylo y Reifowitz subrayan también la naturalización del estereotipo. Trump no es visto como prejuicioso, sino “auténtico”. En otros políticos, el prejuicio sería escándalo; en él, sinceridad. El estereotipo se convierte en “verdad desnuda”, expresada en frases como “Dice lo que todos estamos pensando”, invirtiendo cínicamente el discurso público.

Desde la sociología, Emmanuel Todd señala que estos líderes son producto y síntoma de una descomposición social e institucional profunda. En un contexto de empobrecimiento de clases medias y expectativas frustradas, el prejuicio es un consuelo rápido y un atajo cognitivo: “La gente ya no quiere entender, sino sentir que tiene razón” (Todd, 2023).

El libro evita personalizar el fenómeno, ubicándolo en un ecosistema mediático y emocional que sostiene la dinámica estereotípica. Su eficacia radica en ser fácil de entender, difícil de refutar y emocionalmente adictivo, legitimizando exclusiones y odios.

Los autores advierten que, sin enfrentar esta estrategia con políticas y discursos que apelen a la complejidad, la empatía y la inteligencia emocional, la democracia seguirá perdiendo ante sus enemigos internos. No basta denunciar al populismo de derecha; es esencial comprender su lenguaje y gramática afectiva para disputar sus significados con contraofensivas culturales e institucionales que no renuncien ni a la verdad ni a la conexión emocional con una sociedad herida y en busca de pertenencia.

En un contexto global de “great recall” —retiro afectivo y social en favor de promesas nostálgicas de orden, identidad y exclusión— este libro es advertencia y guía. La extrema derecha ha aprendido a contar historias simples para tiempos complejos. El desafío democrático es responder a la complejidad actual sin perder la capacidad de emocionar y empatizar, promoviendo narrativas inclusivas que reconstruyan la confianza social y política.

Héctor Santcovsky

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