En los años más duros de la sinrazón de ETA, Felipe González nombraría a Joan Reventós como embajador político en Francia con el fin de revertir la inconsciencia del gobierno francés ante la situación en aquella España democrática que se abría paso. Este ilustre catalán, hombre de diálogo y consensos, supo expresar todo ello con pasión y claridad en una reunión de vital importancia con el ministro francés de Justicia, que cambiaría el sino de la historia. «Cuando entré en su despacho, el ministro, dirigiéndose a su secretario, le manifestó en voz alta que en cinco minutos reanudarían la reunión. Luego, sin ni siquiera invitarme a tomar asiento, me dijo: “Señor embajador, ¿qué le trae por esta casa?”. Mi respuesta no se hizo esperar: “Señor ministro, solo me quedan cuatro minutos. Quiero decirle que, para todo demócrata, allí donde hablan las papeletas del sufragio universal, deben callar las metralletas y las bombas…”. Mis apasionadas y sentidas palabras hicieron rectificar al ministro, que rápidamente ordenó que no se le molestara y dijo: “¿Quiere hacer el favor de tomar asiento, señor embajador?”».
J. Ramón Martínez
Periodista

