Betsabé Espinal

“No tenemos ahorros para sostener esta huelga, solo tenemos nuestro carácter, nuestro orgullo, nuestra voluntad, y nuestra energía”

La historia de las mujeres y del feminismo es muy amplia, no solamente se reduce a los últimos siglos, a unos países determinados y a unas acciones concretas.

Las mujeres han sufrido por su situación durante siglos, su trabajo era mal pagado y aún haciendo lo mismo que los hombres cobraban la mitad del salario de éstos.

Se han tenido que callar por muchos motivos ajenos a ella, no solamente no podían votar siendo seres de segunda, ya que en ocasiones ni eran ciudadanas, sino que se las ha juzgado además de por su sexo, por su origen, por su color de piel, por si se consideraba que tenían un “defecto” que no respondía al canon establecido en el momento.

Si eran madres solteras, si estaban casadas y no eran bien tratadas, si intentaban separarse del marido, si eran hijas naturales, como si hubiera hijos que no lo fuera.  Hay momentos de ejemplos en el que ellas han recibido un maltrato físico y psicológico, un maltrato continuo y admitido en la sociedad porque tanto las leyes como la religión como las normas sociales consideraban que ellas debían callar.

Pero hay mujeres que no se han callado a pesar de todos los obstáculos, una de ellas es nuestra mujer de hoy: Betsabé Espinal o Espinoza, no queda claro el apellido.

Betsabé nació en Bello (Colombia) en 1896, y falleció de manera trágica en Medellín en 1932.

Existe su partida de bautismo, hecho que se produjo a los ocho días de su nacimiento, y se remarca que era hija natural de Celsa Espinal.

El nombre de la población de su nacimiento, Bello, nos puede hacer pensar en un lugar paradisiaco, y, en cierto modo, así era para parte de la población.  Pero también era un lugar triste y amargo para otro sector, pobre, humilde, analfabeto.

Poco se sabe de la vida de Betsabé, pero siendo “hija natural” poco futuro tenía, y éste no se presentaba fácil.

Era hilandera en una de las empresas de la zona, la Fábrica de Tejidos de Bello. Y a los 23 años se convirtió en una líder sindical importantísima que lideró la primera huelga de obreras de Colombia. Huelga desde un 12 de febrero de hasta un 4 de marzo de 1920, y que fue la primera vez que las obreras colombianas se organizaron para reclamar sus derechos laborales.

Esta fábrica existía desde 1904 cuando don Emilio Restrepo Callejas, miembro de una familia notable de la zona y latifundista la fundó. Después de unos cuantos problemas inició su funcionamiento en 1908.

Como sucedía en Europa a raíz de la Revolución Industrial, en las fábricas se empleaba a mujeres solteras, a niños y niñas pequeños, siendo la edad de inicio laboral los 12 años oficialmente.

En el momento de inicio de la huelga trabajan en ella 400 mujeres y 110 hombres, ellas en una situación inferior a los varones.

Como hemos indicado un 12 de febrero de 1920 se inicia la huelga.  Serán un grupo de mujeres las que deciden parar el trabajo dadas las pésimas condiciones laborales que tenían. 

En ese momento las 400 mujeres deciden que ya han aguantado suficiente y que paran su trabajo, reclaman mejoras: iguales salarios, desaparición de las multas (multas por motivos absurdos como no avisar por estar enferma, distraerse o rechazar propuestas sexuales de un encargado), reducción de las horas de trabajo, y, curiosamente, el poder trabajar con zapatos ya que se les obligaba a hacerlo descalzas.

El acoso sexual era continuo, no se las respetaba, las leyes, la propia tradición, consideraba que la mujer tenía que acatar todo lo que el hombre propusiera.

En este momento aparece Betsabé, que, juntamente con otras compañeras, irá a Medellín a hablar con el gobernador y dispuestas a que la prensa de la época se haga eco de sus demandas.

Y, ciertamente, algunos periódicos se hicieron eco de este hecho inaudito, como El Espectador: “Honor a esos cientos de mujercitas que han tenido la locura galante y fértil de confrontar la resistencia y furia del capital, sin más equipaje que una buena porción de rebelión y dignidad… Cómo no secundarlas si son heraldos de una provechosa transformación social, si pueden ser las primeras víctimas ineludibles de toda revolución que se inicia”.

No fue una huelga fácil, fueron 21 días de lucha, de enfrentamiento a un poder que no las consideraba y las explotaba.

En la ciudad de Medellín se crea un Comité de Socorro para ayudar a las huelguistas, y, finalmente, un 4 de marzo se aprueban sus exigencias.

-Se acordó un aumento salarial del 40% 

-Se reguló el sistema de multas

-Se redujo a 9 horas diarias la jornada laboral

-Se aprobó la posibilidad de trabajar con calzado

-Se despidió a varios capataces que habían abusado de las trabajadoras.

“No tenemos ahorros para sostener esta huelga, solo tenemos nuestro carácter, nuestro orgullo, nuestra voluntad, y nuestra energía”, dijo Betsabé a la prensa.

Así, explicado brevemente, parece no fuera gran cosa.  Pero ¿cómo se desarrollaron los acontecimientos?

El día de inicio de la huelga, se plantan en la entrada Betsabé y otras compañeras, convenciendo a 400 que se declaren en huelga.

A las 8:00 a.m., cuando el personal iba a retornar a sus puestos de trabajo, Betsabé se trepó a un taburete e inició su proclama: “Compañeras muchachas, nos declaramos en huelga, porque nos oponemos a que siga existiendo acoso sexual, no estamos de acuerdo con seguir trabajando descalzas, necesitamos que nos permitan llegar calzadas, necesitamos que el oprobioso sistema de multas se suspenda y que se nos aumente tanto el ingreso económico de salarios, como los horarios de desayuno y almuerzo”.

Ninguna obrera entró. Los hombres se acobardaron y desacataron la orden. Uno a uno, algunos cabeza gacha, marcharon hacia sus puestos de trabajo.

Pronto se entera toda la ciudad del hecho y el tercer día van a Medellín, como ya hemos dicho, tanto a visitar al gobernador como la prensa local, explicando sus pésimas condiciones labores.

Cuando llevan una semana de huelga, el dueño, Emilio Restrepo, que no las había tomado en serio, comienza a darse cuenta de que no es así, y de que la determinación de las huelguistas con Betsabé a la cabeza, pueden causarle grandes perjuicios.

Cuando llevan un mes de huelga, que ninguno había imaginado, y tras una serie de intervenciones de empresarios y autoridades delante del dueño, Emilio Restrepo accede a aceptar alguno de los puntos:

  • un aumento salarial del 40% Dependiendo el oficio que realizaran, el salario de las obreras en la fábrica oscilaba entre $0.40 y $1.00 la semana; mientras los hombres, por hacer el mismo oficio, ganaban entre $1.00 y $2.70.
  •  regular la jornada laboral siendo de 10 horas. Una segunda exigencia era reducir la jornada de trabajo, que se extendía de 6 de la mañana a 6 de la tarde, con una hora para la comer.
  • despedir a los capataces y administradores que las acosan. Precisamente el cese del acoso sexual fue otro punto central del pliego; y en ese sentido el supervisor encarnaba el odio mayor de las obreras. Cinco de ellas lo acusaron de forzar su despido por no acceder a sus pretensiones, y de ser el culpable de que una de ellas estuviera interna en la “Casa de las arrepentidas”, que era donde expiaban su culpa las mujeres violadas y deshonradas.

Ha sido todo un triunfo, y cuando Betsabé sale de la reunión es ovacionada por la gente y festejan con ella el éxito.  Un éxito que marca un momento clave en la historia sindical del país, además de convertirse en un ejemplo a imitar.

Esta huelga no surgió de un día a otro, las obreras hacía tiempo que lo intentaban, habiendo fracasado en diversas ocasiones porque los administradores de los telares encontraban a quien las reemplazara.

Pero esta vez fue una estrategia diferente, el apostarse a la puerta de la fábrica a las seis de mañana y convencer al resto de las obreras, y también de los obreros, que no entraran, siendo el pleno de las mujeres el que apoyo la huelga, no así los hombres que en su mayoría entraron al trabajo.

Esta huelga marcó una ruptura en la actitud de las féminas de sumisión y silencio ante el acoso sexual, que era habitual en las fábricas, y la explotación laboral. Buscaban la dignificación de la obrera, pero también de las mujeres, y provocó una serie de reacciones legislativas, que, aunque fueron lentas, se demostró que las cosas ya no serían como antes.

De su vida tras la huelga se sabe poco, o nada, parece ser que del cementerio San Lorenzo (hoy Niquitao), en compañía de una amiga llamada Paulina González.

Betsabé era una mujer valiente, sin miedo, siempre dispuesta a ponerse la primera, y, por ese mismo motivo, y el desconocimiento, se produjo su trágica muerte.

Su muerte se produjo por electrocución, por una descarga eléctrica.  La noche anterior a su fallecimiento hubo una gran tormenta y un cable de luz de alto voltaje cayó justamente frente a su casa.  Por la mañana, un vecino alertó del peligro, pero Betsabé no hizo caso y quiso solucionarlo ella sola cogiendo el cable con sus manos cayendo electrocutada.  Llegó viva al hospital, pero falleció al poco de ingresar.

Algunos diarios de la época calificaron esta huelga como “huelga de señoritas”, dicho de esta manera parece que fuera una frivolidad suya y que la vida les fuera fácil, cuando era todo lo contrario. Pero se toparon con Betsabé que desafió a la sociedad conservadora y clerical que consideraba que la mujer no debía salir del hogar. Irónicamente eran abusadas y maltratadas en los trabajos.

Betsabé marcó ese punto de inflexión en un momento determinado, y aunque su objetivo no fuer lo que se podría considerar como feminismo en sentido estricto, lucho porque la mujer tuviera su lugar y fuera tratada con la dignidad que se merecía como mujer y como obrera.

“Esto no puede seguir muchachas. Tenemos que parar esa práctica que lastima nuestra intimidad; se nos está llenando la taza. No más, no más muchachas. Unámonos”. 

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